Despues de ser humillada Lucciana decide hacer un viejo ritual para cobrarse las penas.
Vende su alma a Lucifer a cambio de castigar a quien se atrevió a dañarla pero en el instante en que firma el pacto de sangre, algo que jamás contempló ocurre...
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La Primera Letra de Cambio
La luz del amanecer sobre el Ponte Vecchio no calentaba. Era un reflejo de mercurio que se fragmentaba en las aguas turbias del Arno, tiñendo las fachadas de los viejos talleres de joyería de un tono rosa pálido y mortecino. Lucciana Bianchi caminaba a paso lento pero firme, con el bastón de ébano marcando un ritmo monocorde sobre el pavés. El viento matutino le agitaba los jirones del abrigo de terciopelo negro, y el olor a ceniza e iglesia quemada que aún se desprendía de su cabello se disolvía lentamente en el aire salobre de la mañana florentina.
En su bolso de mano, el frasco de plata de los Vance guardaba un silencio absoluto. La pulsación dorada se había estabilizado en un latido tenue, casi imperceptible, como el susurro de un durmiente en una habitación sellada. Matteo estaba a salvo de las garras de la Hermandad, pero seguía siendo un prisionero del metal. Y ella, una prisionera del trato.
—París es hermosa en esta época del año —dijo la voz de Luca Ferro, rompiendo la quietud del puente.
El Diablo se incorporó a su marcha desde la sombra de un arco de piedra. Esta mañana vestía un abrigo largo de lana de alpaca de un color gris niebla y un sombrero de copa baja que le daba el aspecto de un diplomático extranjero en viaje de negocios secretos. No mostraba el menor signo de fatiga tras las horas pasadas en las catacumbas; al contrario, emanaba una vitalidad eléctrica, como la de un depredador que acaba de descubrir un nuevo coto de caza.
—No tengo intenciones de dejar Florencia, Luca —respondió Lucciana, sin detener el paso ni mirarlo. Sus ojos oscuros seguían fijos en la silueta de la Galería Uffizi al fondo del corredor—. Mi taller está aquí. Mi vida... lo que queda de ella, está aquí.
—Tu taller es un nido de polvo y recuerdos de una mujer que ya no existe, Lucciana —Luca Ferro soltó una risa suave, un sonido que imitaba el tintineo de monedas de oro sobre una mesa de juego—. Ayer eras una restauradora que limpiaba el barniz rancio del orgullo ajeno. Hoy eres el brazo ejecutor del Infierno. Los contratos no se confinan a una sola provincia. Mi jurisdicción es el mundo, y por extensión, la tuya también.
Lucciana se detuvo en seco en mitad del puente, apoyando ambas manos sobre la barandilla de piedra para mirar el río. La herida de su palma izquierda, la marca del pacto, tiraba de sus tendones con un frío seco cada vez que cerraba el puño.
—Me prometiste que discutiríamos la devolución de su alma —dijo, y su voz sonó tan afilada como el bisturí que llevaba oculto—. La Hermandad de la Ceniza está destruida. El mapa de carne es ceniza bajo la Santa Croce. He limpiado tu monopolio en Toscana, tal como querías. ¿Cuál es el precio exacto de su libertad?
Luca Ferro se colocó a su lado, imitando su postura sobre la barandilla. Su perfil aristocrático parecía esculpido por un cincel helado. Miró las aguas del Arno con una fijeza milenaria antes de responder.
—El precio es la balanza, mi querida cobradora. En las leyes del Abismo, un alma robada no se devuelve por cortesía profesional; se intercambia por un valor equivalente o superior. El alma de Matteo Vance está saldada en su deuda con la Hermandad, sí... pero tu contrato por su destrucción sigue abierto en los libros. Para mantenerlo en este limbo donde puede oírte y donde su esencia no es devorada, necesito que recuérdese los saldos vencidos de otros deudores.
El Diablo metió la mano en el bolsillo interior de su abrigo y extrajo un pergamino doblado en tres partes. No era cuero antiguo, ni papel común; era una vitela de un color amarillento y aceitoso que desprendía un sutil olor a tinta fresca y almizcle. Se lo extendió a Lucciana.
—Considera esto tu primera asignación oficial fuera de la Toscana. Tu primera letra de cambio.
Lucciana tomó el documento con su mano enguantada. Al desdoblarlo, las letras escritas en un francés elegante y cursivo brillaron con un tenue Matiz violáceo antes de fijarse en la página. El nombre del deudor encabezaba la Cláusula: Jean-Luc Beaumont.
—¿Un banquero? —preguntó Lucciana, leyendo las notas al margen que detallaban las posesiones del hombre en el distrito de Le Marais, en París.
—Un coleccionista de arte, para ser precisos. Un hombre que comparte tus antiguos intereses, Lucciana, lo que te facilitará el acceso a su círculo íntimo —explicó Luca Ferro, y una chispa de malicia iluminó sus ojos pálidos—. Hace veinte años, el señor Beaumont estaba a punto de ir a la bancarrota y perder su galería. Me llamó una noche de invierno y me ofreció la cordura de su primogénito a cambio de convertirse en el marchante de arte más influyente de Francia. El trato se cerró. Los veinte años han expirado esta medianoche.
Lucciana sintió el latido helado de su pecho acelerarse sutilmente. La lógica del Diablo era implacable, pero la crueldad de los mortales seguía sorprendiéndola.
—¿Y qué pasó con el hijo? —preguntó.
—Oh, el chico pasa los días pintando círculos negros en las paredes de un manicomio en las afueras de Versalles —dijo Luca con total indiferencia—. Pero ese no es el problema. El problema es que Jean-Luc Beaumont ha encontrado un vacío legal. Ha contratado a un grupo de ocultistas locales para transferir su deuda a una reliquia: un cuadro maldito atribuido a un discípulo rebelde de Caravaggio. Si la pintura cruza la frontera hacia España la próxima semana, el hilo de su alma se disolverá en una tierra consagrada por un antiguo ritual que escapa a mis inspectores.
Lucciana cerró el pergamino con un chasquido seco. Entendía el juego. El arte no solo ocultaba la belleza; también era el contenedor perfecto para las mayores bajezas de la humanidad. Su entrenamiento como restauradora, su capacidad para ver las capas ocultas bajo el pigmento y la fuerza mística que ahora habitaba en sus venas la convertían en la única persona capaz de desmantelar esa trampa.
—Si recupero esa pintura y aseguro el cobro de Beaumont... ¿qué obtengo a cambio? —preguntó, clavando sus ojos oscuros en el Diablo.
—Por cada deudor de alto rango que metas en mi red, la esfera de Matteo ganará un año de luz dorada en este mundo —respondió Luca Ferro, acercándose tanto que su susurro pareció vibrar directamente dentro de la mente de Lucciana—. Trabaja para mí lo suficiente, junta las almas suficientes para llenar mis arcas, y llegará el día en que puedas usar esa misma balanza para comprar un cuerpo nuevo para tu prometido. Un cuerpo que la muerte no pueda reclamar.
Lucciana miró el frasco de plata a través de la tela de su bolso. Sabía que el Diablo podía estar mintiendo, que la esperanza era la cuerda con la que el Infierno solía ahorcar a los ingenuos. Pero también sabía que ya no tenía nada más por qué luchar. Florencia ya no era su hogar; era el cementerio de su inocencia. París, con sus galerías oscuras y sus secretos burgueses, la esperaba.
—Prepara los billetes de tren, Luca —dijo Lucciana Bianchi, ajustándose el velo negro sobre el rostro—. Tengo una pintura que restaurar y un alma que cobrar.
Luca Ferro hizo una inclinación de cabeza perfecta, su silueta comenzando a difuminarse entre la niebla dorada que el sol levantaba sobre el Arno.
—El expreso hacia el norte sale a la medianoche, Signorina Bianchi. Procure no llegar tarde... a los deudores franceses les molesta la impuntualidad italiana.
gracias autora por esta joya 👏👏👏