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El Precio De Tu Silencio

El Precio De Tu Silencio

Status: En proceso
Genre:Amor prohibido / Traiciones y engaños
Popularitas:647
Nilai: 5
nombre de autor: analysi

Adrián y Valentina son una pareja perfecta ante los demás. Él es un abogado exitoso; ella, una restauradora de arte. Pero todo se quiebra cuando Valentina descubre que su mejor amiga, Daniela, y su propio esposo la engañan desde hace años. Lo que Valentina no sabe es que Adrián planeó todo para quedarse con su herencia. El tercero en discordia es Leonardo, un socio de Adrián que guarda un secreto: está enamorado de Valentina desde la universidad y ha esperado una década para destruir a Adrián desde dentro

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Capítulo 5 – La confesión de Leonardo

La galería del Ángel estaba vacía cuando Valentina llegó. Era un espacio amplio de paredes blancas y suelo de madera envejecida, con cuadros abstractos colgados en formación irregular. El único sonido era el de sus propios pasos resonando en el silencio. Y la respiración de Leonardo, que la esperaba sentado en un banco de hierro forjado, con las manos entrelazadas sobre las rodillas.

—Gracias por venir —dijo él, sin levantarse.

Valentina se sentó a su lado. No demasiado cerca. Aún no confiaba del todo en él, aunque algo en su mirada le decía que podía hacerlo. Leonardo tenía los ojos de un color verde pálido que parecían ver más allá de las apariencias. Llevaba una barba de dos días y un jersey de lana gris que lo hacía ver menos abogado y más humano.

—Dijiste que tenías que decirme algo —empezó ella—. Algo sobre Adrián.

Leonardo asintió. Se llevó una mano al bolsillo interior de su chaqueta y sacó un teléfono móvil viejo, de esos de pantalla pequeña y teclas físicas. Lo encendió. La luz azulada iluminó sus facciones.

—Llevo guardando esto tres años —dijo—. No sabía si algún día tendría el valor de mostrarlo.

—No entiendo.

—Vas a entenderlo ahora.

Leonardo pulsó un botón y puso el teléfono sobre el banco, entre ellos. Una grabación comenzó a sonar. La calidad no era buena, pero las voces se distinguían con claridad. La primera era inconfundible: Adrián. La segunda también: Daniela.

—¿Estás segura de que ella no sospecha nada? —preguntó la voz de Adrián.

—Para nada. Está convencida de que soy su mejor amiga. Ayer lloró en mi hombro porque tú andabas distraído últimamente. Se siente culpable. Cree que ella hace algo mal.

—Perfecto. Así se mantiene. Cuanto más insegura, más se aferra a mí. Y más fácil será cuando llegue el momento.

—¿El momento del accidente?

—No digas esa palabra en voz alta, idiota. Nunca se sabe quién puede estar escuchando.

La grabación terminó. Valentina no se movió. No parpadeó. Tenía la mirada fija en un punto difuso en la pared blanca, como si estuviera mirando el interior de su propio corazón destrozado.

—¿Dónde conseguiste esto? —preguntó al fin.

—Un amigo fontanero puso micrófonos en el despacho de Adrián hace años. No por ti. Por otro caso. Pero cuando Adrián empezó a hablar de ti como de un objetivo, mi amigo me avisó.

—¿Y tú no hiciste nada? —Su voz se quebró apenas un milímetro—. ¿Durante tres años escuchaste esto y no hiciste nada?

Leonardo cerró los ojos. Cuando volvió a abrirlos, había algo en ellos que Valentina no esperaba. Lágrimas.

—Porque yo también soy un cobarde —susurró—. Y porque estaba enamorado de ti desde antes de que supieras que Adrián existía.

Valentina se quedó en blanco. El ruido del tráfico en la calle pareció desvanecerse. El mundo entero se redujo a las palabras que acababa de escuchar.

—¿Qué?

—Te vi por primera vez en la universidad. En una exposición de arte. Tú estabas frente a un cuadro de Remedios Varo y sonreías como si el cuadro te hubiera contado un secreto. Yo estaba detrás de ti. Quería hablarte, pero no tuve valor. Al día siguiente supe quién eras. Y al otro día también. Te seguí desde lejos durante semanas. Como un idiota. Como un acosador. No sé cómo llamarlo.

—Como un enfermo —dijo ella, y su voz sonó más fría de lo que pretendía.

—Sí. Como un enfermo. Por eso no me atreví a acercarme. Y un día, cuando por fin reuní el valor para hacerlo, ya era tarde. Estabas con él. Con Adrián. Y yo lo conocía. Sabía lo que era. Había visto cómo destruía a sus competidores, cómo manipulaba a sus clientes. Te habría advertido, pero pensé que no me creerías. Pensé que me odiarías.

—Y ahora me lo dices.

—Ahora no tengo nada que perder. Porque él te va a matar, Valentina. No es una metáfora. Va a matarte. He visto los planes. El accidente en las escaleras. La fuga de gas. El seguro de vida a su nombre. Va a hacer que parezca un accidente y va a cobrar cada maldito peso.

Valentina se levantó del banco. Dio tres pasos hacia un cuadro y se quedó mirándolo sin verlo. Sus manos temblaban, pero su voz salió firme.

—Ya lo sé.

—¿Qué?

—He visto los documentos. El sótano. Una caja negra con mi nombre. Adrián guarda todo allí. Los planes, las cartas, las fotos. Incluso un testamento falsificado.

—¿Y no has ido a la policía?

—¿Con qué pruebas? ¿Unas fotos que saqué con mi teléfono? Él es abogado. Tiene amigos en todas partes. Si voy ahora, me adelanto y pierdo. Necesito algo más grande. Algo que lo destruya del todo.

—Yo puedo ayudarte —dijo Leonardo, levantándose también—. Tengo más grabaciones. Tengo correos. Tengo cuentas bancarias donde él esconde dinero que te robó. Llevo años recopilando todo porque… porque quería tener el poder de hundirlo si algún día se atrevía a hacerte daño.

—¿Y por qué no lo hiciste antes?

—Porque no sabía cómo decírtelo sin que pensaras que era un loco obsesionado. Y porque una parte de mí todavía esperaba que no fuera cierto. Que Adrián te quisiera de verdad, aunque yo muriera de celos cada vez que te veía con él.

El silencio se instaló entre ellos. Largo. Pesado. Valentina dio la vuelta y miró a Leonardo a los ojos. Vio miedo. Vio culpa. Vio un amor tan inmenso que había preferido callar durante una década para no hacerle daño.

—No sé si puedo confiar en ti —dijo ella al fin.

—No te pido que confíes. Te pido que me uses. Usa todo lo que sé. Usa mis grabaciones. Usa mis celos. Usa mi culpa. Solo no dejes que te mate.

Valentina respiró hondo. Por primera vez en días, sus pulmones se llenaron de verdad.

—Bien —dijo—. Hablemos de estrategia.

Leonardo asintió. Se sentaron en el banco otra vez, pero esta vez más cerca. Y mientras la noche caía sobre la ciudad, empezaron a tejer la red que atraparía a Adrián. Una red hecha de mentiras, de grabaciones ocultas, de cuentas bancarias desviadas y de una alianza nacida de los escombros de una traición.

Valentina no sabía si Leonardo era héroe o villano. Pero sabía una cosa: ya no estaba sola.

Y eso, pensó mientras salía de la galería, era más de lo que había tenido en años.

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Teresa Orellana
perro maldito
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