Luke Easton lo perdió todo al volver a casa. La mujer que amaba, el futuro que imaginó... todo esfumado en una traición que lo dejó vacío.
En las calles ardientes de Los Ángeles, buscando un nuevo comienzo, el destino le ofrece una oportunidad inesperada: convertirse en guardaespaldas.
Pero, ¿será esta nueva vida la redención que busca, o el destino tiene otros planes para él? El juego apenas comienza...
Novela extensa...
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Trabajo...
...5...
El sol de la mañana se filtraba a través de las hojas del árbol en el patio trasero, proyectando un patrón danzante sobre el periódico extendido. Luke Easton, sentado en una silla desvencijada, trazaba círculos rojos alrededor de anuncios de empleo, cada marca una posibilidad, cada posibilidad un desafío. La hospitalidad de James y su familia era un bálsamo, pero Luke sabía que no podía prolongar esa dependencia indefinida. La sombra de la responsabilidad personal se cernía sobre él, exigiendo acción, exigiendo un plan.
La hielera junto a él ofrecía un respiro líquido, una cerveza fría que mitigaba el calor y el peso de la incertidumbre. Cada sorbo era un momento de pausa, una oportunidad para meditar sobre las opciones que se desplegaban ante él, tan escasas como los espacios vacíos en el periódico.
—¿Ya te aburriste?
La voz de James, familiar y reconfortante, rompió el silencio. Luke levantó la vista, sus ojos encontrándose con los de su amigo, quien se encontraba en el umbral de la puerta trasera, con la chaqueta al hombro y las mangas de la camisa remangadas, listo para enfrentar el día.
—Solo busco opciones —respondió Luke, volviendo la mirada al periódico, las palabras y los números bailando ante sus ojos—. Mis opciones son contadas.
—No te estamos corriendo, Luke. Todos estamos cómodos con tenerte aquí —insistió James, su tono sincero, libre de cualquier atisbo de artificio.
—James, tienes una familia —replicó Luke, la preocupación genuina en su voz—. No puedo permitirme invadir su espacio por más tiempo.
James se acercó, sentándose junto a Luke, la silla crujiendo bajo su peso. Tomó una cerveza de la hielera, su gesto tan natural como si estuviera en su propia casa.
—Amigo, acabas de llegar ayer y ya hablas como si llevaras meses viviendo aquí —dijo James, una leve sonrisa jugando en sus labios—. Dime, si es por Sarah, puedo hablar con ella, lo sabes.
Luke se levantó de un salto, su cabello castaño y rebelde se despeinó al pasarse la mano por la nuca. Respiró hondo, el aire cargado de la humedad del jardín y la complejidad de la situación.
—James, en verdad te agradezco tu hospitalidad, pero no puedo seguir así mucho tiempo. No puedo sentirme cómodo viviendo a tu costa sabiendo que yo también puedo tener un trabajo y, aun que sea, un lugar en el cual vivir.
James asintió, la comprensión grabada en su rostro. Tomó el periódico, sus ojos escaneando los círculos rojos que Luke había marcado. La cruda realidad del mercado laboral de Los Ángeles se desplegaba ante ellos, implacable y desoladora.
—Bien, veamos tus posibilidades —murmuró, inclinándose hacia adelante, sus codos apoyados en las rodillas—. A ver… —sus ojos recorrieron las líneas—. Construcción, turnos dobles, salario decente… pero mira esto —golpeó suavemente el papel con el dedo—. “Se requiere vehículo propio”.
Luke soltó una exhalación casi imperceptible.
—La mayoría pide lo mismo.
—Sí, porque todo está lejos —respondió James sin rodeos—. Aquí no es como antes, Luke. No puedes caminar a todos lados y esperar que funcione.
Pasó a otro anuncio.
—Almacén… turnos nocturnos… —hizo una pausa, sus ojos fijos en los detalles—. Este no pide carro.
Luke alzó la mirada, apenas un gesto.
—¿Ubicación?
James leyó la dirección y negó con la cabeza de inmediato.
—A más de una hora… y eso en coche. En transporte público… —ladeó el gesto, una mueca de desaprobación—. Te vas a echar fácil dos horas o más por trayecto.
Un silencio pesado, real, cayó entre ellos. Luke tomó la cerveza nuevamente, pero esta vez no bebió. La idea de un viaje diario de cuatro horas era un desgaste insostenible.
—No es viable —dijo al final, su voz firme.
—No —confirmó James—. Te va a agotar antes de que puedas estabilizarte.
Pasó otra página, el papel crujiendo bajo sus dedos.
—Mesero… medio tiempo… —alzó una ceja—. Esto podría funcionar.
Luke negó levemente, la esperanza desvaneciéndose.
—No tengo experiencia reciente.
—A nadie le importa eso si trabajas bien —replicó James—. Pero… —volvió a leer—. “Horario flexible”… eso significa mal pagado.
Luke soltó una risa seca, un sonido amargo.
—Entonces tampoco sirve.
James dejó caer el periódico sobre sus piernas, echándose hacia atrás en la silla, una expresión de resignación en su rostro.
—Bienvenido a Los Ángeles —dijo con un tono irónico—. Todo cuesta, todo está lejos y nada es sencillo.
Luke se mantuvo de pie, mirando hacia el patio, hacia la sombra que el árbol proyectaba sobre el suelo, un refugio efímero en la implacable luz del sol. Su mandíbula se tensó apenas, como si estuviera masticando cada posibilidad, cada limitación.
—Necesito un auto —dijo finalmente, la necesidad palpable en su voz.
—Sí —respondió James sin dudar—. Eso es lo primero.
—Pero para tener un auto, necesito trabajo.
—Y para el trabajo, necesitas el auto —completó James, soltando una risa breve, cargada de ironía—. Hermoso círculo, ¿no?
Luke guardó silencio. Porque no había nada gracioso en esa trampa.
James volvió a inclinarse hacia adelante, esta vez con una expresión distinta, más seria, más calculadora.
—Mira, hay opciones —dijo, su voz bajando un tono—. No son bonitas, pero existen.
Luke giró apenas el rostro hacia él, sus ojos fijos en los de su amigo.
—Habla.
—Uno —levantó un dedo, su voz clara y concisa—. Consigues algo cercano, aunque paguen poco. Caminable. Te mantienes con eso un tiempo, ahorras lo mínimo y luego subes.
—Lento —respondió Luke, la palabra cargada de impaciencia.
—Muy lento.
—Siguiente.
—Dos —continuó James, enumerando—. Te consigo algo donde yo trabajo. No es glamuroso, pero es estable… el problema es que los turnos son pesados y… —hizo una pausa, la mirada de Luke incisiva—. No sé si quieras meterte ahí.
Luke sostuvo su mirada, la pregunta en sus ojos era clara.
—¿Qué tan pesado?
James sostuvo su mirada un segundo, la honestidad brillando en sus ojos.
—Lo suficiente como para que termines odiándolo… pero con dinero seguro.
Luke no respondió de inmediato. La promesa de seguridad era tentadora, pero el precio parecía alto.
—Siguiente.
James respiró hondo, preparándose para la última opción, la más difícil.
—Tres… —dijo, esta vez más despacio, cada sílaba cargada de peso—. Consigues algo rápido, lo que sea… aunque esté lejos. Aguantas el transporte, el desgaste… y en uno o dos meses te compras un auto usado. No bueno… pero funcional.
Luke frunció ligeramente el ceño. La idea de dos horas de viaje diario era desalentadora.
—Eso me va a consumir.
—Sí —respondió James con honestidad—. Pero es la forma más rápida de salir del estancamiento.
El silencio volvió a caer entre ellos, pero esta vez, era diferente. Era el silencio donde se toman las decisiones, donde se forjan los caminos.
Luke pasó una mano por su cabello, echándolo hacia atrás una vez más, aunque los mechones rebeldes volvieron a caer, negándose a obedecer.
—No puedo quedarme aquí dependiendo de ustedes —dijo finalmente, su voz más baja, cargada de una determinación férrea—. No es lo que vine a hacer.
James lo observó con detenimiento, cada fibra de su ser captando la resolución en el rostro de su amigo.
—No estás dependiendo —corrigió suavemente—. Te estás levantando.
Luke negó apenas.
—No de esta forma.
James suspiró, volviendo a tomar la cerveza y dándole un largo trago.
—Siempre has sido así… —murmuró, una leve sonrisa melancólica en sus labios—. Orgulloso hasta el cansancio.
—No es orgullo.
—Claro que lo es.
Luke lo miró, su expresión seria.
—Es necesidad.
Esa palabra, cargada de significado, cambió el aire en el patio. James asintió lentamente.
—Entonces hazlo bien —dijo, su tono ahora firme, de nuevo práctico—. No rápido… no desesperado… bien.
Se inclinó hacia adelante, tomando nuevamente el periódico y separando un anuncio. Lo señaló con el dedo.
—Este —dijo—. Está a treinta minutos caminando. No pagan mucho… pero es un inicio.
Luke observó el anuncio en silencio, sus ojos recorriendo las palabras, sopesando la oferta.
—Empieza por ahí —añadió James—. Mañana mismo. Yo te llevo si quieres.
Luke sostuvo la mirada en el papel unos segundos más, la decisión cristalizándose en su interior.
—Mañana —asintió.
James sonrió apenas, levantándose de la silla.
—Eso ya suena más a ti.
Luke no respondió. Pero esta vez, su mirada ya no recorrió todas las opciones. Solo se aferró a esa. Un punto de partida, una luz tenue en la vasta oscuridad de su futuro.