Ella era la única testigo. Él, la sentencia de muerte que terminó convirtiéndose en su dueño.
Elena Thomas vivía entre archivos y sombras, convencida de que su invisibilidad era su mayor escudo. Pero una noche, en un callejón donde el aire sabía a hierro y pólvora, vio lo que nadie debía ver: a Viktor Volkov, el heredero más despiadado de la Bratva, ejecutando a sangre fría.
Ella esperaba una bala. En su lugar, recibió unas manos de acero que la arrancaron del suelo y una voz que le prometió un infierno personal. "No te mataré, pequeña", le susurró él al oído, mientras el calor de su cuerpo la envolvía como una trampa de seda. "Pero a partir de hoy, tu nombre, tu cuerpo y hasta tu último suspiro me pertenecen".
Ahora, Elena es la prisionera de oro en una fortaleza de cristal. Viktor es un monstruo que no sabe amar, solo poseer; un hombre que la mira con una mezcla de odio y un deseo que amenaza con quemarlos a ambos.
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capítulo 5
El corazón de Elena golpeó contra sus costillas con tanta fuerza que pensó que Marco Lombardi podría escucharlo a través del metal del conducto. Al otro lado de la radio, el silencio de la operación se rompió con el estruendo de los hombres de Viktor irrumpiendo en la planta baja, pero para Elena, el mundo se había reducido a ese cañón oscuro que apuntaba directamente a su rostro desde abajo.
— ¡Viktor! —susurró ella, apenas un aliento en el micrófono—. Marco está en el salón central... sabe que estoy aquí. ¡Va a disparar!
En el piso de abajo, la respuesta de Viktor no llegó por la radio, sino a través de las paredes. Fue un rugido de rabia pura. El sonido de una puerta de roble macizo siendo arrancada de sus bisagras resonó por todo el edificio.
— ¡Atrévete a apretar ese gatillo, Lombardi, y te juro que desearás no haber nacido! —la voz de Viktor tronó, acercándose a una velocidad sobrehumana.
Marco sonrió de forma retorcida, con el dedo rozando el disparador.
— Es demasiado tarde, Volkov. Tu debilidad está atrapada como una rata.
¡PAM! ¡PAM!
Dos disparos impactaron en la rejilla de metal justo al lado de la cabeza de Elena. El impacto la lanzó hacia atrás, y trozos de metal y polvo cegaron sus ojos café. Ella gritó, no de dolor, sino por la vibración ensordecedora en el espacio cerrado.
De repente, el techo del salón cedió, pero no por los disparos. Viktor había embestido la pared de carga del salón contiguo con la fuerza de un rinoceronte, lanzando una granada cegadora al centro de la habitación.
— ¡ABAJO, ELENA! —rugió Viktor.
Elena se pegó al fondo del conducto mientras la explosión de luz distraía a Marco. En un parpadeo, la mole de casi dos metros que era Viktor Volkov entró en el salón. No disparó; su furia era tan grande que quería sentir el contacto. Se lanzó sobre Marco, derribándolo contra una mesa de cristal que estalló en mil pedazos.
Viktor golpeaba con una brutalidad animal. Cada puñetazo era por el miedo que había sentido al saberla en peligro, por cada segundo que ella había pasado en ese túnel oscuro.
— ¡Es una mujer! —gritaba Marco, escupiendo sangre—. ¡Es solo una chica pequeña! ¡No vale esta guerra!
Viktor lo levantó por el cuello, despegándolo del suelo con una sola mano, mientras con la otra sacaba su cuchillo táctico.
— Ella es más valiente que todos tus soldados juntos —gruñó Viktor—. Y tú cometiste el error de intentar cazar en mi cielo.
Desde el conducto, Elena logró abrir la siguiente rejilla y saltó. Viktor, incluso en medio de su frenesí asesino, la vio caer de reojo. Soltó a un Marco medio inconsciente y se movió con una agilidad sorprendente para atrapar a Elena en el aire antes de que sus pies tocaran el suelo lleno de cristales.
La rodeó con sus brazos, ocultándola contra su pecho, como si quisiera fusionarla con su propia armadura de acero. Ella se aferró a su cuello, hundiendo su rostro en el hueco de su hombro, temblando pero a salvo.
— Te tengo, pequeña. Te tengo —susurró él, y por primera vez, su voz no era de piedra, sino que temblaba de alivio.
Sus hombres terminaron de asegurar el área, pero Viktor no se movió. Se quedó allí, en medio del caos y la sangre, sosteniendo a su chica como si fuera lo único sólido en un mundo que se caía a pedazos.
(...)
De regreso en la mansión, el silencio era más denso que el humo del campo de batalla. Viktor no dejó que Elena caminara por sí misma desde el auto hasta la habitación; la llevó en brazos, ignorando las miradas de respeto y temor de sus hombres. Una vez dentro de sus aposentos, la depositó con una delicadeza extrema sobre la cama, como si temiera que pudiera romperse después de haber sobrevivido a un infierno.
Él se alejó un par de pasos, dándole la espalda. Sus hombros anchos subían y bajaban con una respiración pesada. Se quitó el chaleco táctico y lo lanzó al suelo con violencia, haciendo que el metal de las hebillas resonara.
— No debí dejarte entrar ahí —dijo al fin. Su voz era un rugido contenido, bajo y peligroso.
Elena se sentó en el borde de la inmensa cama. Sus pies ni siquiera rozaban el suelo, y se veía diminuta rodeada de tanto lujo y violencia. Se pasó una mano por su pelo castaño y lacio, que ahora estaba revuelto y grisáceo por el polvo del conducto.
— Fue mi plan, Viktor. Funcionó. Estamos vivos —respondió ella con calma, aunque sus manos aún temblaban un poco.
Viktor se giró bruscamente. Sus ojos, que siempre parecían dos pedazos de hielo, estaban inyectados en sangre. Caminó hacia ella y se detuvo a escasos centímetros, obligándola a levantar la mirada una vez más.
— ¡Casi mueres! —gritó él, golpeando con el puño el poste de madera de la cama—. Cuando escuché esos disparos por la radio... cuando supe que Lombardi te tenía en su mira y yo estaba a una pared de distancia... —Se interrumpió, apretando los dientes con tanta fuerza que su mandíbula se marcó—. Sentí algo que no sentía desde hace veinte años. Sentí que el mundo se quedaba sin aire.
Elena se puso de pie sobre la cama para poder estar más cerca de su nivel. Sus ojos café brillaban con una comprensión profunda. No le tenía miedo a su furia; le tenía miedo a su dolor.
— Sentiste miedo, Viktor. Es humano —susurró ella, acercando sus manos al rostro de él.
Él la dejó hacer. Sus manos pequeñas encajaban perfectamente en las mejillas curtidas y marcadas de él. Viktor cerró los ojos y dejó escapar un suspiro que pareció un sollozo ahogado. Se inclinó hacia adelante, apoyando su frente contra el hombro de ella.
— No puedo permitirme ser humano en este negocio, Elena. El miedo te hace débil. Y tú... tú eres mi miedo más grande ahora —confesó él contra su piel—. Si te pierdo, no habrá nada que me impida quemar esta ciudad hasta las cenizas. Pero tampoco habrá nada que me importe lo suficiente como para seguir vivo.
Elena sintió el peso de esa confesión. No era solo el mafioso protegiendo a su chica; era un hombre desesperado por una luz que creía perdida. Se abrazó a su cuello, ocultando su rostro en su cabello oscuro.
— Entonces no me pierdas —le dijo ella al oído—. Pero no me encierres. El acero es fuerte, Viktor, pero si no dejas que respire, se vuelve frágil. Déjame estar a tu lado, no debajo de ti.
Viktor se separó apenas unos centímetros. La miró con una devoción casi religiosa. En ese momento, la diferencia de tamaño desapareció; solo eran dos almas intentando sobrevivir a una guerra que apenas estaba empezando.
— Está bien —susurró él, tomando su mano y besando sus nudillos—. Pero de ahora en adelante, donde yo vaya, tú vas. Y si tengo que comprar una división entera de tanques para escoltarte a la biblioteca, lo haré.