Para el mundo, Ada Medina de 35 años es una ingeniera en sistema muy exitosa en un campo dominado por hombres, pero para su familia, es solo la hermana que nunca superó a su amor de la infancia Sebastián Hernández, sin embargo, bajo la sombra de la etiqueta de “pagafantas” que su hermana Victoria con malicia se encargó de difundir, la realidad es que Ada guarda un secreto.
Desde hace años Ada vive un romance clandestino con Damián Hernández un valiente bombero de 37 años, y hermano mayor de Sebastián.
Al ser ambos los eternos postergados y los “segundos” de sus respectivas familias, han preferido mantener en secreto su “vínculo” bajo la imagen de una simple amistad para evitar el estallido de conflictos muy dolorosos.
Pero el silencio tiene un límite y Ada está a punto de demostrar que no es el plan B de nadie, y que el amor de su vida siempre estuvo ahí, esperando el momento adecuado para salir a la luz.
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Capítulo VII: Justicia en blanco y negro
En una exclusiva residencia de ancianos el aire se volvió denso, Don Aurelio Medina, un abogado de la vieja escuela el cual aún conservaba toda su lucidez, observaba a su hijo Gerardo y a su nuera Mónica con severidad.
No le importaba la visita de su hijo, al cual apenas si soportaba, pero a “esa mujer” no quería verla ni en pintura; porque para él, ella era solo el ruido molesto que había roto la paz de su familia.
—Papá, necesitamos hablar sobre el fideicomiso —soltó Gerardo, yendo directo al grano.
—Sí, papá —secundó Mónica—No es justo que Ada tenga todo ese dinero mientras los otros niños no tienen nada.
Don Aurelio desde su cómodo asiento soltó una carcajada seca, cargada de una burla que desarmó a la pareja, porque el altivo anciano disfrutaba de toda la situación, ya que conocía una verdad que ellos intentaban ignorar.
Él se había mudado a aquella casa de retiro no por necesidad, sino por un acto de rebeldía para no convivir con la toxicidad de Gerardo y su nueva familia y para proteger a su nieta de la única forma que podía sin destruirlo todo a su paso.
Don Aurelio enviudó siendo un hombre joven, pero nunca se volvió a casar, sino que había criado a su hijo con mucho esfuerzo, solo para verlo convertido en un pusilánime y eso lo hizo rechazar toda esta situación inmoral de inmediato.
—No hay nada que hablar —sentenció el anciano—Nidia dejó un testamento en blanco y negro, y en cuanto a la "justicia", no era responsabilidad de ella velar por los hijos de la mujer que destruyó su hogar.
Gerardo sintió un atisbo de vergüenza, Nidia fue su amiga de la infancia con la cual se casó para complacer a su padre, aunque su corazón siempre perteneció a la vibrante Mónica.
—Pero papá… —intentó protestar Gerardo.
—Escúchame bien Gerardo, soy un jubilado, pero sigo siendo un abogado —lo cortó Don Aurelio con voz de mando—El plazo se venció en el momento en que Ada cumplió la mayoría de edad, y si quieren dinero para sus hijos, es su responsabilidad proporcionárselo.
Gerardo palideció, porque no esperaba que su padre hubiera dispuesto de esos fondos con tanta prisa.
—¡Ellos también son tus nietos! —gritó Gerardo— ¡Si Nidia estuviera viva, estaría de acuerdo!
—Si Nidia estuviera viva, Gerardo, te habría dado una paliza antes de quitarte hasta el último centavo en el divorcio —replicó el abuelo sin inmutarse—No olvides que ese dinero está manchado de su sangre; porque una parte corresponde al seguro de vida de Nidia, y ella no confiaba en ti, así como yo tampoco lo hago.
Don Aurelio explicó, con una cínica sonrisa en su rostro, que el contrato estaba redactado para que los fondos fueran directamente a la universidad de Ada; y que ella solo recibiría un rendimiento mensual para sus gastos personales, nadie, ni siquiera la misma Ada, podía malgastar ese capital, porque solo era para su educación.
—Sin embargo, para que no digas que soy injusto con mi propia sangre, he creado un fondo universitario para Mateo —añadió el anciano— Pero no tengo intención de financiar "leche ajena" con los recursos que tanto esfuerzo me costó ganar.
Con los años Don Aurelio había establecido una buena relación con Mateo, además notaba que era bueno con Ada y que ella también lo quería mucho, así que decidió protegerlo porque después de todo también era su sangre.
Si Victoria fuera una buena persona no la atacaría de esa manera, incluso la apoyaría, pero por desgracia, era igual a su madre y por eso la odiaba con cada fibra de su ser.
—¿Qué pasa con Victoria?, ella es también su nieta —preguntó Mónica, sintiéndose muy indignada.
Don Aurelio la miró por primera vez desde que llegaron, dejando ver su completo desprecio hacia su nuera, había amado a Nidia como a la hija que nunca tuvo y sus últimos días estuvieron marcados por una profunda amargura, debido a que Mónica la llamaba, y la acosaba en todo momento.
En su fuero interno, el abogado no dejaba de pensar que de no estar en un estado de alteración extrema por culpa de esa intrigante mujer, ese accidente fatal nunca habría ocurrido, porque Nidia era una conductora muy prudente.
—Victoria es tan hija de Gerardo como yo soy un cirujano —soltó el anciano— Gerardo, hazme un favor y mírate al espejo, observa a Ada y a Mateo… y luego mira a Victoria, es la única que no posee ni un solo rasgo tuyo, ¿No te resulta, como mínimo, curioso?
Las palabras de Don Aurelio fueron como un balde de agua fría, extinguiendo cualquier rastro de esperanza de convencerlo de darles acceso al fideicomiso de Ada, y la pareja abandonó la residencia sintiéndose muy enojados porque contaban con ese dinero para no sacrificar su propio nivel de vida.
—¡Ese viejo está loco! —estalló Mónica en cuanto salieron de la habitación de Don Aurelio—¿Cómo se atreve a sugerir que Victoria no es tu hija?, Gerardo no puedes hacerle caso y permitir que la hija de esa mujer que nos separó se quede con todo.
Gerardo no respondió de inmediato, solo guardó silencio y apretó los puños, desde que Nidia le contó a su padre de su infidelidad con Mónica su relación con Don Aurelio se rompió, y luego de la muerte de ella fue como si una parte de su padre lo odiara, por eso Gerardo apenas soportaba a Ada; porque para él, ella era el vivo recordatorio de la mujer que, a su juicio, le había arruinado la vida.
Aunque había algo que no podía negar y es que las sospechas sobre la paternidad de Victoria era algo que comenzaba a carcomerlo, sin embargo, lo que más le dolía era la humillación legal porque su padre lo había dejado claro: no podían tocar el dinero de Nidia y lo que era peor a los ojos de su propio padre, ya no era digno de confianza.
—Mónica, no llames así a mi padre—dijo con el poco respeto que sentía hacia Don Aurelio—Además de que esperábamos, es abogado y tacaño así que todo está blindado.
—¡Entonces tendremos que pagar la universidad de Victoria nosotros mismos! —chilló ella, dándose cuenta de que sus vacaciones de lujo y sus caprichos estaban en peligro— ¡Y todo por culpa de los delirios de grandeza de Ada!
Entonces mientras caminaban hacia el auto, la mente de Mónica ya estaba trazando un nuevo plan para drenar los recursos de Ada, y como estaban seguro de que ella no aprobaría el examen de admisión, y se vería obligada a estudiar en una universidad local, se les presentaba una oportunidad de oro para aprovecharse de la ingenua chica.
—Igual terminará estudiando en una facultad de la ciudad —sugirió Mónica con una sonrisa maliciosa—Así que podemos cobrarle renta, ahora que es mayor de edad, ya no tienes la obligación legal de mantenerla.
Gerardo se detuvo, asintiendo lentamente mientras la idea cobraba fuerza en su cabeza, recordando el plan de Victoria para sabotear el examen de admisión de Ada.
Su negativa a dejarla marchar era más un tema financiero que el hecho que escogiera una “carrera dominada por hombres”, así que decidió hacerle caso a Mónica porque era más una mezcla de su necesidad de control y avaricia que cualquier rastro de su afecto paternal hacia su hija mayor.
—Tienes razón —concluyó Gerardo con frialdad—A partir de ahora, Ada tiene que pagar renta si quiere seguir viviendo en nuestra casa.
Lo que Gerardo convenientemente había olvidado debido a su arrogancia era la advertencia de Don Aurelio de que él vivía allí por su benevolencia, y que al intentar extorsionar a su hija cobrándole una renta, estaba a punto de invocar la furia de su padre, el cual no dudaría en recordarle quién era el verdadero dueño de la casa si se atrevía a tocar un solo centavo del dinero de Ada.
Mientras tanto, el abuelo no paraba de reír porque su "retirada para avanzar" había funcionado; Ada estaba protegida y eso era lo único que importaba, cuando el enfermero, un joven muy conversador le trajo sus medicinas se detuvo a observar al anciano.
—¿No teme que le hagan daño a su nieta por esto? —preguntó el joven con genuina curiosidad.
—No se atreverían —respondió Aurelio, llevándose las pastillas a la boca—Les encanta vivir en esa casa, y saben perfectamente que, si me hacen enojar, puedo venderla o traspasarla a mis nietos en un parpadeo.
—Su nieta tiene suerte de tenerlo, señor —dijo el enfermero con un deje de tristeza.
El rostro del anciano abogado se ensombreció por un momento, dejando ver la vulnerabilidad que ocultaba tras su ironía.
—Desde que murió su madre, soy lo único que le queda —susurró con preocupación—Solo espero que la vida le ponga frente a alguien que la trate como realmente se merece.
hermosa me encantó 💕
en ningún momento ella se dejó almedendrar x esos atorrantes poca cosa , dejan mucho q desear como personas especialmente el padre