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Dinastía De Reinas: Aralisse

Dinastía De Reinas: Aralisse

Status: En proceso
Genre:Amor-odio / Mundo de fantasía
Popularitas:561
Nilai: 5
nombre de autor: EllyaG

Dinastía de Reinas: Aralisse.
Narra la historia de una princesa obligada a heredar una corona rodeada de traiciones. Tras la misteriosa muerte de sus padres, Aralisse queda sola dentro de una corte donde todos parecen querer manipularla o verla caer.
Alejada por obligación de su reino, deberá aprender a gobernar mientras intenta descubrir qué ocurrió realmente la noche en que los reyes murieron. Entre conspiraciones, secretos y enemigos ocultos, conoce a Rydan, el príncipe de Orvenah, el reino rival.
Lo que comienza como una tregua forzada pronto se convierte en algo mucho más peligroso. Porque detrás de la frialdad de Rydan y de la guerra entre ambos reinos, Aralisse descubre que el hombre que más debería temer… es también el único dispuesto a ensuciarse las manos por ella.

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Lord regente

El Gran Salón del castillo estaba iluminado por cientos de antorchas. Las paredes de piedra reflejaban la luz cálida mientras los estandartes negros con bordes dorados ondeaban suavemente sobre las alturas.

La nobleza, el consejo y los funcionarios más importantes de Lysirah permanecían reunidos en absoluto silencio.

Al frente, sobre un estrado ligeramente elevado, el sumo sacerdote sostenía el sello real entre sus manos.

La ceremonia había comenzado.

—Por la autoridad del reino de Lysirah y el mandato de la diosa Lyriah —anunció con voz profunda—, otorgo el sello real a Alaric Evan Mikiells para que gobierne como regente hasta que la princesa Aralisse esté preparada para ascender al trono.

Alaric se arrodilló frente al estrado con la espalda recta y la mirada firme.

Su corazón latía con fuerza.

Tomó el anillo real entre ambas manos y lo sostuvo unos segundos, como si necesitara verlo para sentir que ahora, el reino era suyo.

—Acepto esta responsabilidad y prometo proteger al reino y a su pueblo —declaró.

Después se incorporó lentamente y mostró el sello ante todos los presentes.

Un aplauso unisono llenó el salón.

Algunos nobles parecían sinceramente complacidos.

Otros, como Lord Mikiells, observaban la escena con sonrisas discretas y calculadoras, evaluando cada movimiento del nuevo regente y las oportunidades que aquella situación podía ofrecer a su familia.

Cuando la ceremonia terminó, los asistentes comenzaron a trasladarse hacia los salones contiguos, donde los sirvientes habían preparado un banquete en honor del nuevo regente.

Las largas mesas estaban cubiertas de frutas, panes, carnes y vinos costosos. La música suave llenaba el ambiente, aunque detrás de cada brindis y conversación seguía existiendo tensión.

Alaric caminaba entre los nobles aceptando felicitaciones y regalos con aparente tranquilidad.

Pero permanecía alerta.

—Mi señor —murmuró Lord Mikiells inclinándose apenas hacia él—, oportunidades como esta no se presentan dos veces.

Alaric sostuvo la mirada de su tío.

—La estabilidad del reino está en sus manos —continuó el lord—. Y estoy seguro de que sabrá aprovecharla.

—Haré lo mejor para Lysirah —respondió Alaric con convicción.

Lord Mikiells sonrió apenas.

—Y cuando la princesa regrese sin estar preparada para gobernar… usted será la mejor opción para el reino.

Aquellas palabras hicieron que Alaric guardara silencio unos segundos.

Lord Mikiells pareció interpretar aquello como aprobación y terminó alejándose lentamente para dejar al regente rodeado nuevamente de nobles ansiosos por acercarse a él.

Alaric aprovechó el momento para apartarse discretamente del salón principal.

Sus dedos rozaron el sello real que descansaba sobre su mano.

Su poder era temporal.

Pero la responsabilidad que cargaba no lo era.

Y mientras las risas, la música y los brindis continuaban llenando el castillo, comprendió que cada decisión que tomara a partir de ese momento tendría el poder de cambiar el destino de Lysirah.

El verdadero desafío apenas comenzaba.

La luz de las velas apenas iluminaba el pequeño salón privado donde Alaric había mandado llamar a su hermana.

Thalindra entró con curiosidad evidente.

Resultaba extraño que su hermano la buscara en medio de la celebración.

Alaric la esperaba junto a la chimenea, con la expresión seria y la mirada cargada de intensidad.

—Thalindra —dijo en voz baja— El momento finalmente ha llegado.

Ella frunció ligeramente el ceño.

—¿De qué hablas?

Alaric dio un paso hacia ella.

—Del consejo. De los nobles que nos despreciaron durante años por ser bastardos. Del reino que jamás nos aceptó realmente.

La mirada de Thalindra cambió apenas.

—Y también de los Mikiells —continuó él—. El momento de reclamar lo que nos corresponde ha llegado.

Thalindra contuvo la respiración.

Porque, en el fondo, llevaba años esperando escuchar algo así.

—No puedo hacerlo solo —dijo Alaric con calma—Necesito que estés a mi lado.

La joven lo observó atentamente.

—Desde ahora, serás quien controle lo que ocurre dentro de este castillo. Supervisarás a los sirvientes, manejarás los asuntos internos y tomarás decisiones en mi ausencia.

Un estremecimiento recorrió lentamente la espalda de Thalindra.

—¿Hablas en serio?

Alaric asintió.

—Yo gobernaré el reino desde afuera. Buscaré aliados, nobles y hombres que estén dispuestos a apoyarnos cuando llegue el momento adecuado.

Sus ojos se endurecieron ligeramente.

—Y cuando ese día llegue… nadie podrá arrebatarnos el poder.

Thalindra sonrió con emoción.

Por primera vez en mucho tiempo…

se sentía importante.

—No habrá marcha atrás —susurró.

Alaric sostuvo su mirada. —No.

Thalindra asintió lentamente.

—Estoy contigo.

El silencio entre ambos se rompió cuando un sirviente abrió la puerta con cautela e hizo una rápida reverencia.

—Señor —anunció en voz baja—. La duquesa Valery solicita hablar con usted inmediatamente.

Alaric frunció ligeramente el ceño antes de asentir.

—Perfecto. Mi hermana y yo ya hemos terminado.

Afuera, la celebración continuaba.

La música llenaba los salones mientras los nobles reían, bailaban y conversaban entre sí.

Cuando Alaric regresó al banquete, varias personas inclinaron ligeramente la cabeza al verlo pasar.

—¿Me buscaba, duquesa? —preguntó con calma al acercarse a Valery.

La mujer lo observó con una pequeña sonrisa elegante.

—Sí, lord regente. Quería felicitarlo.

Alaric sostuvo su mirada, percibiendo inmediatamente el doble significado detrás de aquellas palabras.

—Hoy ha asumido una responsabilidad importante para Lysirah —continuó ella—. Tenemos suerte de contar con alguien tan responsable como usted.

—Gracias, duquesa —respondió él con cautela—. Aprecio su… apoyo.

Valery extendió entonces una pequeña caja cubierta de terciopelo azul oscuro.

La luz de las antorchas hacía brillar delicadamente los bordes dorados.

—Esto es para usted —dijo con suavidad—. Un recuerdo de este día tan importante.

Alaric abrió la caja con cuidado.

Dentro descansaba un broche de cristal y oro adornado con delicadas filigranas que reflejaban la luz de forma casi hipnótica.

—Es hermoso —murmuró mientras lo observaba.

La duquesa dio un pequeño paso hacia él.

—Sí —respondió con una leve sonrisa—. Usted como regente merece al menos un broche, solo recuerde que las joyas más importantes, están en la corona. —Alaric comprendió el mensaje de inmediato.

Valery no estaba reconociendo únicamente su posición. También le estaba recordando que su poder seguía siendo secundario frente al de la heredera legítima.

El silencio entre ambos se tensó apenas.

—Que lo disfrute, lord regente —murmuró finalmente la duquesa—. Espero que le recuerde este magnífico día.

Alaric cerró lentamente la caja y guardó el broche dentro de su chaleco.

Después levantó la vista hacia ella.

—Gracias, duquesa —respondió con tranquilidad—. Como dije… es precioso.

Hizo una breve pausa antes de continuar:

—Aunque, a veces, las joyas de utilería resultan más resistentes que las de la corona.

Valery sostuvo su mirada sin perder la compostura.

—Las de la corona suelen romperse con facilidad —continuó Alaric en voz baja—. En cambio, las otras sobreviven al fuego, al polvo y al maltrato.

La sonrisa de la duquesa permaneció intacta.

Pero algo en sus ojos se endureció apenas.

Alaric inclinó ligeramente la cabeza.

Educado.

Frío.

—Mientras ocupe el lugar de regente —susurró—, procuraré no romper demasiadas joyas reales.

Valery sostuvo el silencio unos segundos antes de responder:

—Supongo que descubriremos qué tan frágiles son realmente.

Y, después de eso, ambos continuaron sonriendo como si aquella conversación hubiera sido completamente cordial.

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