Natalie, una princesa destinada a un matrimonio político para sellar una paz falsa, huye la noche de su compromiso disfrazada de soldado. Bajo el nombre de Derek, se une a la frontera en guerra contra Ylirion, buscando escapar de una vida enjaulada y elegir su propio destino. Descubierta casi de inmediato por la dureza del frente y la desconfianza de sus superiores, deberá demostrar con sangre y acero que no es una impostora, sino alguien dispuesto a perderlo todo por la libertad.
NovelToon tiene autorización de CrisCastillo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
05
La compasión de Derek por Bastian no pasó desapercibida. Aunque algunos soldados la veían con un respeto renovado, otros, como Boris, el gigante de barba y cicatrices, la consideraban un signo de debilidad. Durante la distribución de la comida de esa noche, mientras Derek servía una ración extra a Bastian, que todavía estaba pálido y tembloroso, Boris se acercó, con su taza extendida y su mirada desafiante.
—Primero perdona a un traidor, ahora lo trata como a un bebé —murmuró lo suficientemente alto para que varios soldados a su alrededor pudieran oír—. ¿Cómo vamos a confiar en alguien que deja que sus sentimientos nublen su juicio en el campo de batalla? Si el muchacho hubiera sido un yliriano, ya estaríamos todos muertos.
Derek se detuvo, con la cuchara en la mano. Levantó la vista y se encontró con los ojos de Boris, no con ira, sino con una calma gélida.
—Si tienes algo que decir, Boris, dilo en voz alta. O guarda tu opinión para cuando te sea útil.
Boris resopló, pero no replicó. Sin embargo, la semilla de la discordia ya había sido plantada. La tensión en el aire era tan densa que se podía cortar.
La prueba de fuego llegó una semana después. El Capitán Tomás asignó a la patrulla de cenizas una misión crucial: escoltar a un grupo de tres ingenieros civiles que debían reparar el puente de Piedra Partida, un paso estratégico sobre el cañón del Río Gris. Era un trabajo peligroso y aburrido, propenso a emboscadas, y nadie quería hacerlo. Derek aceptó sin dudar, asignando a su equipo.
Durante el viaje, el ambiente era tenso. Boris se mantenía al margen, pero sus miradas acusatorias eran constantes. Bastian, por su parte, trabajaba con una determinación silenciosa, como si cada paso que daba fuera una penitencia. Al segundo día, mientras exploraban una zona boscosa densa, uno de los perros de los ingenieros comenzó a ladrar y a correr hacia un matorral. Kaelen hizo una señal a Derek, y ambos se movieron sigilosamente para investigar.
Encontraron a un explorador yliriano joven, con una flecha clavada en el muslo, intentando arrastrarse hacia el bosque. Estaba asustado, herido y claramente solo. Kaelen lo inmovilizó con el pie sobre el pecho, desenvainando su daga.
—Hablemos —dijo Kaelen, su voz sin emoción—. ¿Cuántos más? ¿Dónde están?
El muchacho temblaba, negando con la cabeza.
—No... no sé nada. Solo exploraba.
—Déjame —dijo Kaelen, mirando a Derek—. En cinco minutos, me dirá todo lo que quiero saber.
Pero Derek, recordando el rostro pálido de Bastian y la frialdad con la que casi lo habían dejado morir, intervino.
—No. Trátalo bien. Queda la pierna rota. No puede ir a ninguna parte. Le daremos agua, le vendaremos la herida. Le daremos comida. Cuando vea que no lo vamos a matar, hablará. El miedo no es la única herramienta que tenemos.
La decisión de Derek fue recibida con incredulidad. Kaelen la miró como si hubiera perdido la cabeza.
—¿Comida? ¿Agua? Es un enemigo, Derek. No un invitado.
—Es un niño —replicó Derek, su voz firme—. Y un niño asustado es más propenso a mentir por miedo que uno bien tratado. Esta es mi orden.
La decisión casi le cuesta la vida a un miembro de su equipo. Pasaron horas tratando al prisionero. Le dieron agua, intentaron reducir su fiebre y Kaelen, a regañadientes, le vendó la herida. Fue solo cuando el sol se ponía, cuando el muchacho, calmado por la extinción del dolor, reveló la información crucial: no era una patrulla, sino un solo explorador que había sido abandonado por su unidad, que se había movido hacia el norte, mucho más lejos de donde estaban ellos. La información era inútil, ya demasiado antigua para ser de valor.
Pero mientras estaban distraídos, una unidad de élite de Ylirion, que había seguido al explorador herido como cebo, los rodeó. El ataque fue rápido y brutal. Uno de los ingenieros cayó en el primer asalto, una flecha en el cuello. La patrulla de cenizas apenas logró contenerlos y formar un círculo defensivo, luchando por sus vidas. Fue la ferocidad de Boris, rugiendo como un oso herido, lo que les permitió abrirse paso y escapar, no la estrategia de Derek.
De vuelta al campamento, el ambiente era de un silencio sepulcral. El ingeniero muerto fue envuelto en una lona. Derek se paró frente a su equipo, con el rostro manchado de barro y sangre. Boris se acercó a ella, su pecho aún jadeante por el esfuerzo de la batalla, pero sus ojos ardían de una furia fría.
—¿Lo ves ahora, "comandante"? —escupió la palabra como si fuera veneno—. Tu compasión nos ha costado una vida. Podríamos haberlo sabido todo horas antes y haber evitado esa emboscada. Tu debilidad ha manchado tus manos con su sangre.
—Mi decisión fue basada en la humanidad —replicó Derek, su voz temblando de rabia y culpa—. No en la crueldad.
—La humanidad no te protege de una flecha, "princesa" —dijo Boris, dándose la vuelta y alejándose—. La próxima vez que te sientas generosa, recuerda el rostro del hombre que no volverá a casa.
Derek se quedó sola, el peso de la decisión aplastándola. Tenía razón. Su compasión, su intento de ser diferente, había llevado a la muerte. Ahora, se enfrentaba a la disensión interna. ¿Debía endurecerse de nuevo, volverse tan fría y pragmática como Kaelen, y perder la humanidad que acababa de redescubrir? ¿O había una manera de ser una líder fuerte y compasiva sin poner en riesgo a sus hombres? La guerra no solo se libraba afuera, contra el enemigo. Se libraba aquí, dentro de ella, entre la soldado y la mujer. Y por primera vez, no estaba segura de quién ganaría.
La noche transcurrió en un silencio cargado de recriminaciones no dichas. Derek no durmió. Cada vez que cerraba los ojos, veía el rostro del ingeniero caído, oía el eco de la acusación de Boris. La culpa era un ácido que le corroía el estómago. Había elegido el camino de la compasión y ese camino había llevado directamente a la tumba de un hombre inocente.
Al amanecer, convocó a la patrulla de cenizas. Se reunieron en un círculo tenso alrededor de la hoguera moribunda. Bastian estaba allí, de pie, con la espalda recta y la mirada baja, como si la culpa del muerto recayera también sobre él. Kaelen la observaba con su expresión habitual de piedra, pero sus ojos tenían una nueva capa de evaluación, de duda. Y Boris, con los brazos cruzados, la desafiaba abiertamente, esperando ver cómo se desmoronaba.
—Ayer, un hombre murió bajo mi mando —empezó Derek, su voz clara y firme, sin rastro de la vacilación que sentía por dentro—. Su nombre era Elias. Era un constructor de puentes, un padre de tres hijos. Y su muerte es mi responsabilidad. Mía y solo mía.
Un murmullo recorrió el grupo. Esperaban excusas, racionalizaciones. No una confesión tan cruda.
—Boris tiene razón —continuó Derek, mirando directamente al gigante barbudo, cuyos ojos la miraban con sorpresa—. Mi decisión de tratar al prisionero con compasión fue un error estratégico. Fue una decisión de comandante, y fue equivocada. Fue debilidad.
El silencio era ahora absoluto. Derek estaba desarmándose ante ellos, admitiendo su falla. Era una move de una audacia que nadie esperaba.
—Pero —dijo, y su voz se endureció, adquiriendo un filo que cortó el aire como el acero—. Aprender de los errores es lo que separa a un líder de un simple soldado con suerte. Y hoy, vamos a aprender.
Se giró hacia Kaelen.
—Quiero que me entregues todos los informes de emboscadas y prisioneros de los últimos seis meses. Quiero cada detalle. Quiero saber qué funcionó y qué no. Quiero estudiar a nuestros enemigos como un erudito estudia un libro.
Luego, se volvió hacia el resto de la patrulla.
—A partir de hoy, las reglas cambian. La compasión por el enemigo termina cuando nuestras vidas están en juego. Nuestra primera lealtad es con el hombre que tenemos a nuestro lado. Nuestra única misión es asegurar de que todos volvamos al campamento. La lealtad ya no se gana con palabras, sino con hechos.
Finalmente, se acercó a Bastian. Él no se movió, preparándose para el peor castigo.
—Tú —dijo Derek, su voz neutra—. Tú tienes la deuda más grande. No solo conmigo, sino con Elias. Tú serás mis ojos y mis oídos. Serás el encargado de la seguridad de los prisioneros. Serás el primero en interrogar y el último en dejar de vigilar. Aprenderás a ser tan duro como la piedra que queremos proteger, porque es la única manera de que tu bondad no vuelva a costarnos una vida.
La orden fue un shock. En lugar de un castigo humillante, le estaba dando una responsabilidad inmensa, una forma de redimir su error a través de la extrema dureza. Bastian levantó la vista, sus ojos llenos de una comprensión profunda. Asintió, una vez, con la cabeza. No había lágrimas. Solo resolución.
Por último, Derek se enfrentó a Boris. Se paró frente a él, pequeña en comparación, pero con una autoridad que llenaba el espacio entre ellos.
—Y tú, Boris. Tienes razón al desconfiar de mí. Tu lealtad es con tus hermanos, y ayer la fallé. Te necesito. Necesito tu fuerza, tu experiencia, tu instinto. No quiero un soldado que obedezca ciegamente. Quiero un lobo que me grite cuando esté a punto de llevar a la manada al abismo. Eres mi sargento de campo. A partir de hoy, tus dudas son mi primera línea de defensa.
Boris se quedó sin palabras. La ira en sus ojos se desvaneció, reemplazada por un respeto inmenso y, sorprendentemente, por un poco de vergüenza. No había esperado que asumiera la culpa, y mucho menos que le diera a él más poder. Bajó la cabeza, no en sumisión, sino en asentimiento.
—Entendido, comandante.
Derek no se había vuelto más suave ni más dura. Se había vuelto más sabia. Había tomado su debilidad, la había expuesto al aire libre y la había forjado en una nueva forma de fuerza. La patrulla de cenizas ya no era solo un grupo de soldados. Se había convertido en su responsabilidad, su carga y su arma. Y por primera vez desde que había huido del castillo, Natalie sintió que no estaba jugando un papel. Ella era Derek. Y Derek estaba lista para liderarlos a través del fuego, sin importar el costo personal. La guerra por su alma estaba ganada.
Las semanas siguientes transformaron la patrulla de cenizas. Bajo el liderazgo de Derek, se convirtieron en una máquina de guerra eficiente y despiadada. Las sesiones de estudio de informes se volvieron tan rutinarias como el entrenamiento con espadas. Analizaban cada fallo, cada éxito, extrayendo lecciones de la sangre y el barro de las batallas pasadas. Derek enseñó a sus hombres a pensar como sus enemigos, a anticipar movimientos, a ver el campo de batalla no como un lugar de lucha, sino como un rompecabezas con una solución letal.
Boris se convirtió en su leal pero crítico sargento. Era una voz constante de cautela.
—¿Y si es una trampa, comandante? —preguntaba una y otra vez, forzando a Derek a justificar cada decisión, a encontrar y tapar cada agujero en sus planes. Su escepticismo se había convertido en el arma más valiosa de la unidad.
Y Bastian... Bastian se transformó por completo. La bondad de sus ojos avellanos fue reemplazada por una dureza vigilante. Se convirtió en el maestro de los interrogatorios, no con tortura, sino con una paciencia gélida y una comprensión de la psicología del miedo que aterrorizaba a los prisioneros. Había internalizado la lección de Derek: la bondad es un lujo, la seguridad es una necesidad. Ya no sonreía. Se limitaba a cumplir su deber con una eficiencia silenciosa y sombría, pagando su deuda con el sudor y la desconfianza.
Con su nueva estructura, la patrulla se volvió letal. Destruyeron dos puestos de avanzada ylirianos, cortaron sus líneas de suministro y capturaron a un teniente de alto rango, del que extrajeron información crucial sobre las defensas de la frontera. Se convirtieron en una leyenda, no solo entre los suyos, sino también entre los ylirianos, que empezaron a llamarlos "Los Fantasmas de Ceniza" por su capacidad para aparecer y desaparecer sin dejar rastro.
Pero el éxito tenía un precio. Una noche, mientras estaban acampados, Derek se despertó de un sueño febril. No soñaba con la batalla, sino con el salón de baile del castillo. Veía el rostro de su padre, no con orgullo, sino con una profunda decepción. Se despertó sobresaltada, con el corazón martilleándole en el pecho. Se dio cuenta de que, en su esfuerzo por convertirse en Derek, había enterrado a Natalie tan profundamente que casi había olvidado por qué había comenzado todo. No solo para luchar, sino para ganar. Y ganar no solo significaba sobrevivir en la frontera; significaba salvar a su hogar.
La respuesta llegó de la forma más brutal. Un explorador herido llegó al campamento, no de su patrulla, sino de un convoy de refugiados que había sido atacado a treinta millas de allí. Entre los moribundos, una mujer le entregó a Derek un pequeño objeto envuelto en paño de lana. Era un broche de plata, una flor de lis silvestre idéntico al que su madre le había dado. La mujer, antes de morir, le susurró:
—Su madre... la Reina Madre... nos dio esto para que se lo entregáramos a la "princesa de las cenizas". Dijo que sabía que usted lo entendería.
Derek se retiró a su tienda, con el broche temblando en su mano. Sabía lo que significaba. No era un simple recuerdo. La flor de lis silvestre era el símbolo secreto de su casa. Su madre le había enseñado que, en momentos de extrema necesidad, el símbolo no solo representaba a la familia, sino que contenía un secreto. Con cuidado, examinó el broche. En la parte posterior, casi invisible bajo la pátina de la edad, había una pequeña inscripción. No eran letras, sino una serie de marcas diminutas: un trazo, dos trazos, un punto, otro trazo. Era un código. Un código que solo ella y su madre conocían.
Mientras descifraba el mensaje, su sangre se heló. No era un saludo ni una simple petición de ayuda. El mensaje decía: "Padre envenenado. Consejeros traidores. Boda en un mes. Trama para usurpar. Ven a casa. O el reino cae."
La noticia la golpeó como una tormenta. La guerra en la frontera era una distracción, una cortina de humo. El verdadero ataque estaba teniendo lugar en el corazón del reino, en los salones dorados que había dejado atrás. Su padre moría y los mismos hombres que habían vendido el reino a Ylirion estaban a punto de tomar el poder.
Se quedó sola en su tienda, con el broche de plata en la mano, sintiendo el peso de dos mundos sobre sus hombros. Afuera estaba el campamento, los hombres que confiaban en ella, la guerra que estaba ganando. Adentro, en su memoria, estaba el castillo, su padre moribundo y el destino de todo un pueblo.
Había jurado ser Derek, la soldado. Pero el mensaje de su madre era un recordatorio de que también era Natalie, la última esperanza de un reino. No podía elegir. Tenía que ser ambas.
Salió de la tienda, el broche apretado en su puño. Buscó a Boris y a Kaelen, cuyas caras se ensombrecieron al ver su expresión.
—La guerra ha cambiado —dijo Derek, su voz conteniendo una urgencia que nunca habían oído—. La batalla real no está aquí. Está en la capital. Y tengo que ir allí.
Boris frunció el ceño.
—¿Ir? ¿Qué significa eso? ¿Dejarnos?
—No —dijo Derek, su mirada recorriendo a sus hombres, su familia—. Significa que vamos a llevar la guerra a ellos. La frontera ya no es suficiente. Vamos a la capital. No como refugiados. Como la punta de lanza de la verdadera rebelión.
La idea era descabellada, casi suicida. Pero al mirar los ojos de sus hombres, vio algo más que lealtad. Vieron la misma fe que había puesto en ella desde el primer día. No estaban siguiendo a una princesa fugitiva. Estaban siguiendo a su comandante, a la mujer que los había llevado de la derrota a la victoria. Y estaban listos para seguirla al infierno si ella se lo pedía. La guerra por la frontera había terminado. La guerra por el reino estaba a punto de comenzar.