✅️Tras ser traicionado y reducido a una sombra, el brillo de Ian se apagó. Pero Ronen, un alfa de fuerza serena, llega para ser su escudo. Entre acordes rotos y traumas del pasado, su amor incondicional será la melodía que cure al omega, devolviéndole su voz y su lugar bajo el sol.
Esto puro amor😍✅️
NovelToon tiene autorización de Skay P. para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
No necesito un héroe
La puerta de madera se sentía como una muralla infranqueable, pero el aroma que se filtraba por las rendijas era como una caricia al corazón. Ian, sentado en el suelo frío de su habitación, sentía cómo sus sentidos, atrofiados por meses de depresión y supresores, despertaban a golpes. El eucalipto era penetrante, limpiaba el aire viciado de la estancia, pero era esa nota a sol de primavera lo que lo perturbaba. Era un olor cálido, como el de la ropa recién lavada que ha sido secada bajo el cielo abierto, un olor que Ian no creía merecer.
Con las manos temblorosas, Ian se apoyó en el pomo de la puerta. Sus dedos estaban fríos, casi azulados por la mala circulación y el descuido. Escuchó un suspiro del otro lado, no un suspiro de impaciencia, sino uno de espera tranquila.
-Sé que estás ahí, Ian.- Dijo la voz de Ronen. Era una voz que no vibraba en los oídos, sino en el pecho -No voy a entrar si no quieres. Pero el aire aquí afuera está mejor que el de ahí adentro. Déjame compartir un poco contigo.-
Ian cerró los ojos. Por un segundo, la imagen de él cruzó su mente. El alfa que olía a tierra mojada y cedro, aquel que le había prometido amor mientras le robaba el alma y los ahorros. Ese aroma solía asfixiarlo, recordándole el lodo, la lluvia que arruina las flores. Pero esto… esto era diferente.
Haciendo un esfuerzo sobrehumano, Ian giró la llave. El sonido del cerrojo resonó en el silencio del pasillo como un disparo.
La puerta se abrió apenas unos centímetros. La luz del pasillo hirió los ojos de Ian, obligándolo a parpadear con fuerza. Lo primero que vio no fue un rostro, sino una silueta imponente. Ronen era alto, de hombros anchos y una postura relajada pero alerta. Vestía una camiseta negra sencilla que dejaba ver unos brazos fuertes, marcados por algunas venas que denotaban su naturaleza de alfa dominante. Sin embargo, sus ojos no tenían el brillo agresivo que Ian tanto temía. Eran de un marrón profundo, casi como la madera de los árboles que su aroma evocaba.
-Vaya...- Susurró Ronen, y su voz bajó un poquito -Estás muy pálido, pequeño.-
El corazón de Ian dio un vuelco. "Pequeño". Nadie lo llamaba así sin que sonara condescendiente, pero en la boca de Ronen, de 30 años, sonaba como una observación técnica, casi protectora.
Ian intentó retroceder, pero sus piernas fallaron. El mareo lo golpeó de repente. No había comido nada sólido en casi dos días. Antes de que sus rodillas tocaran el suelo, sintió unas manos grandes y cálidas sujetándolo por los antebrazos. El contacto físico fue como una descarga eléctrica. La piel de Ronen estaba ardiendo en comparación con la suya.
-Suéltame…- Susurró Ian, aunque no hizo ningún esfuerzo por zafarse.
-No te voy a soltar para que te estrelles contra el piso.- Respondió el alfa con firmeza, pero sin brusquedad -Estás temblando, Ian. Tu aroma… apenas puedo oler la lavanda. Está oculta bajo tanto miedo.-
El guardaespaldas lo ayudó a sentarse en la orilla de la cama. Al estar tan cerca, Ian fue envuelto completamente por el campo de feromonas del alfa. No era una presión violenta que lo obligaba a someterse, como dictaban los libros de biología sobre los alfas dominantes. Era como una manta pesada y tibia en una noche de invierno. Sin darse cuenta, Ian soltó un suspiro largo, y sus hombros, que siempre estaban tensos hasta las orejas, bajaron por primera vez en semanas.
-¿Qué quieres de mí?- Preguntó el omega, mirando sus propios pies descalzos -Si vienes por el dinero de la agencia, pierdes el tiempo. No puedo cantar. Mi lobo está… dormido. O muerto. No lo sé.-
Ronen se puso de cuclillas frente a él para no quedar por encima de su altura, un gesto de respeto que Ian no pasó por alto. El alfa sacó un pequeño frasco de su bolsillo y lo dejó sobre la mesa de noche.
-Es una infusión de mi madre omega.- Explicó el alfa -Tiene un poco de miel orgánica y hierbas que ayudan a estabilizar el pulso. No quiero tu música, Ian. Ni siquiera me gusta el trap. Mi trabajo es asegurarme de que nadie entre aquí a recordarte lo que debes o no debes hacer. Incluida tu familia.-
Ian levantó la vista de golpe. La mención de su familia fue como un latigazo.
-¿Sabes lo de mi padre?-
-Sé lo que un parásito le hace a su anfitrión.- Dijo el alfa con una seriedad que helaba la sangre -He visto a muchos alfas y omegas ser devorados por personas que deberían amarlos. En mi casa las cosas son distintas. Mi madre alfa dice que el honor no está en cuánto ganas, sino en a cuántos proteges.-
Ian sintió un nudo en la garganta. El aroma a miel en su cuello, ese que antes era tan dulce, intentó brotar tímidamente ante la mención de la palabra "protección", pero se marchitó rápido. El trauma era una raíz demasiado profunda.
-No necesito un héroe, Ronen.- Dijo Ian, recuperando un poco de su veneno habitual -Solo necesito que me dejen en paz hasta que me convierta en polvo.-
-Pues vas a tener que esforzarte más para convertirte en polvo, porque voy a estar sentado en ese pasillo las veinticuatro horas del día.- Ronen se levantó, llenando la habitación con su presencia -Y mañana, vas a desayunar algo real. No esas pastillas de supresores que tienes en la basura.-
Ronen caminó hacia la puerta, pero antes de salir, se detuvo y miró de reojo hacia el rincón oscuro donde Ian se escondía.
-Por cierto...- Añadió el alfa -la lavanda es mi flor favorita. Sería una lástima que dejaras que se secara del todo.-
Cuando la puerta se cerró de nuevo, Ian se quedó solo en el silencio. Pero ya no era el mismo silencio de antes. El aire todavía olía a eucalipto. El frío de la habitación parecía menos agresivo. Ian extendió la mano y tocó el frasco que Ronen había dejado. Estaba caliente.
Por primera vez en mucho tiempo, Ian no se miró al espejo para buscar sus defectos. Solo se quedó mirando la puerta, preguntándose si el sol de primavera realmente podía brillar dentro de un sótano tan oscuro como su vida.