En un mundo donde la luna es testigo de secretos oscuros y los demonios acechan en las sombras, un amor prohibido desafiará el destino.
NovelToon tiene autorización de Leydis Ochoa para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 17
Un antiguo enemigo regresa para vengarse.
El aire en el Gran Salón de los Alarcón se había vuelto irrespirable. La presencia de Arilsa, la Vidente que todos creían muerta o convertida en un mito de advertencia, actuaba como un catalizador para el odio que había fermentado durante décadas. Pero mientras los líderes de los clanes se gritaban insultos y acusaciones, un frío mucho más antiguo y personal comenzó a filtrarse por las grietas de las paredes de piedra.
—¿Sientes eso? —susurró Arilsa, sus ojos rojos fijándose en la entrada del salón—. No es el Rey de las Sombras. Es algo... familiar. Algo que ayudaste a crear, Tibor.
Tibor Alarcón, que apenas podía mantenerse en pie, levantó la vista. Su rostro, ya marcado por el cansancio y la culpa, se tornó de un color ceniciento.
—No... él no. Él murió en la Gran Purga —balbuceó Tibor.
De repente, las antorchas del salón no solo vacilaron, sino que sus llamas se volvieron verdes, una luz espectral que proyectaba sombras alargadas y deformes en las paredes. El pesado portón de roble, que había resistido el embate de los devoradores días atrás, se astilló hacia adentro como si fuera papel.
De entre la bruma esmeralda emergió una figura que hizo que incluso Bartolomé Alcalá diera un paso atrás. Era un hombre alto, envuelto en una armadura que parecía hecha de obsidiana y huesos humanos. Su rostro era una máscara de cicatrices, y un ojo faltante había sido reemplazado por una gema que brillaba con una luz maligna.
—¿Boris? —preguntó Arturo, su voz temblando por el peso de los años—. ¿Boris Borja?
—El mismo que dejasteis morir en los pantanos del sur cuando decidisteis que los Alarcón debían ser los únicos señores de Eloria —la voz de Boris Borja era como el sonido de piedras chocando entre sí—. El mismo que Tibor vendió para asegurar su pacto con las sombras.
Boris Borja había sido el líder de un clan rival, una rama guerrera que se oponía a la hegemonía de los Alarcón antes de la traición de Tibor. Se decía que Boris había buscado aliados prohibidos para derrocar a Tibor, pero fue traicionado por sus propios lugartenientes y entregado a las entidades del Abismo. Ahora, regresaba no como un hombre, sino como un Caballero del Vacío, un heraldo de la venganza.
—Vengo por mi herencia —rugió Boris, y con un gesto de su mano, un grupo de guerreros no-muertos, con las armaduras de los Borja y los Ampuero de antaño, entraron en el salón—. Vengo por la cabeza del traidor Tibor y por el poder que su hija ha robado del Reino Olvidado.
Emara dio un paso adelante, su armadura de luz plateada reaccionando instintivamente ante la presencia de la magia negra. Sentía la furia de Boris como un ácido quemando su piel.
—No hay herencia en las cenizas, Boris —dijo Emara, su voz resonando con la autoridad de la Vidente—. Mi padre pagará por sus crímenes, pero no ante un sirviente del Abismo. Retírate o serás desintegrado.
Boris soltó una carcajada que provocó náuseas en los presentes.
—¿Tú me amenazas? ¿Tú, que llevas el sello de un demonio en tu pecho? Eres la misma suciedad que tu padre, solo que más brillante. El Rey de las Sombras me ha prometido el dominio de Eloria si te entrego a él. Y créeme, niña, lo que te hará será mucho peor que la muerte.
La batalla estalló antes de que Emara pudiera responder. Los guerreros no-muertos de Boris se lanzaron contra los líderes de los clanes. El Gran Salón se convirtió en un matadero. Bartolomé Alcalá, movido por un instinto de supervivencia más que por lealtad, blandió su hacha de guerra contra un caballero espectral, pero su arma simplemente atravesó el humo antes de ser golpeada por una espada de energía verde.
Emara intentó usar su nueva luz para proteger a su gente, pero Boris era inteligente. Sabía que la luz de Emara estaba ligada a sus emociones.
—¡Mira a tu alrededor, Emara! —gritaba Boris mientras se abría paso hacia Tibor—. ¡Mira cómo mueren por tu arrogancia! Si te hubieras entregado en el Aethelgard, Sergio estaría vivo. Si no hubieras traído a esta ramera del Abismo —señaló a Arilsa—, tu pueblo no estaría siendo juzgado hoy.
El dolor de la mención de Sergio volvió a abrirse paso en el corazón de Emara. Su luz vaciló, volviéndose errática. Boris aprovechó el momento para lanzar un rayo de energía necrótica que la golpeó de lleno, lanzándola contra el altar de piedra.
Emara debe tomar una decisión crucial.
Aturdida y sangrando luz azul, Emara vio cómo Boris levantaba a su padre, Tibor, por el cuello con una sola mano.
—Diles la verdad antes de morir, Tibor —siseó Boris—. Diles que no solo vendiste a la Vidente. Diles que el pacto incluía el alma de cada primogénito de los clanes. Diles que todos estos líderes están condenados por tu culpa.
Un silencio sepulcral cayó sobre los guerreros que aún luchaban. Los ojos de Erika Amador y de los otros líderes se fijaron en Tibor con un odio nuevo, un odio que superaba el miedo a Boris.
—Es cierto —susurró Tibor, su voz apenas audible—. Quería... quería que fuéramos eternos. El Abismo prometió que nuestros hijos nunca morirían en batalla... que siempre seríamos los señores de estas tierras...
—¡Nos vendiste a todos! —rugió Bartolomé, bajando su arma, su voluntad de luchar por los Alarcón completamente rota—. ¡Boris tiene razón! ¡Que el Abismo se lleve a los Alarcón!
Los guerreros de los otros clanes comenzaron a retroceder, dejando a Emara y a su padre solos frente a Boris y su ejército de sombras. La unidad que Emara había intentado construir se había desmoronado en un instante de verdad amarga.
Arilsa se acercó a Emara, ayudándola a levantarse.
—Escúchame, pequeña loba. El tiempo se agota. Boris es solo una distracción. El Rey de las Sombras está usando su odio para anclar su presencia física aquí. Si Boris mata a tu padre en este altar, el sacrificio final se completará y la grieta se abrirá para siempre. No solo en Eloria, sino en todos los mundos.
—¿Qué tengo que hacer? —preguntó Emara, limpiándose la sangre de la boca.
—Tienes dos caminos —dijo Arilsa con una gravedad absoluta—. Puedes luchar contra Boris y salvar a tu padre, pero eso consumirá tu energía y permitirá que el Rey de las Sombras se manifieste. O puedes usar el nexo que aún tienes con mi hijo, Kellan, para abrir un portal inverso.
—¿Un portal inverso?
—Puedes atraer al Rey de las Sombras a un terreno neutral... el Vacío entre mundos. Pero para hacerlo, debes renunciar a tu forma humana y a tu vida en Eloria. Deberás convertirte en la Guardiana del Umbral. Te quedarás atrapada allí con él, y quizás con Kellan, por toda la eternidad. Eloria se salvará, pero tú... tú dejarás de existir para este mundo.
Emara miró a su padre, que lloraba bajo el puño de Boris. Miró a los líderes de los clanes, que la observaban con desconfianza y asco. Y luego pensó en Sergio, cuyo sacrificio le había dado esta oportunidad.
—Si me voy... ¿Eloria estará a salvo del Abismo? —preguntó Emara.
—Estará a salvo de las sombras, pero deberá sanar sus propias heridas —respondió Arilsa—. La decisión es tuya. ¿Salvas al hombre que te traicionó y te quedas en un mundo que te teme, o te conviertes en el sacrificio que lo salva todo a costa de tu propio futuro?
Boris comenzó a cantar una letanía oscura, y el Altar de los Eones comenzó a brillar con una luz negra. El suelo tembló. Emara sintió la llamada de Kellan desde el otro lado, un eco de amor y desesperación que tiraba de su alma.
—Padre —dijo Emara, caminando hacia Boris con una calma que heló la sangre del Caballero del Vacío—. Te perdono por lo que nos hiciste. Pero no voy a dejar que tu pecado destruya lo que queda de nosotros.
Emara no atacó a Boris. En lugar de eso, cerró los ojos y se concentró en la marca de su pecho. No buscó la luz plateada, ni la sombra negra. Buscó el equilibrio, el punto exacto donde el amor por su amigo muerto y el amor por su enemigo demoníaco se cruzaban.
—¡Kellan! —gritó en su mente—. ¡Ahora!
Una explosión de energía pura, una mezcla de plata y violeta, envolvió a Emara. La realidad comenzó a plegarse a su alrededor. Boris intentó golpearla, pero su espada de hueso se deshizo al tocar el aura de la joven.
—¡No! ¡Este poder me pertenece! —gritó Boris, viendo cómo su venganza se le escapaba de las manos.
Emara miró a su padre por última vez.
—Cuida lo que queda, Tibor. Sé el líder que Eloria merece, no el que el miedo creó.
Con un estallido que derrumbó las paredes del Gran Salón, Emara desapareció en un torbellino de luz y sombra, llevándose consigo la esencia del sacrificio que Boris intentaba realizar. El Caballero del Vacío, privado de su fuente de poder, se desintegró en cenizas grises, dejando a los líderes de los clanes en un silencio absoluto, bajo la luz de una luna que parecía llorar lágrimas de plata.