En la ciudad prohibida, las reglas no solo están escritas en piedra, sino también en el corazón de un hombre que juró nunca amar.
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Capítulo 18: Un Riesgo Necesario
El amanecer en el apartamento de Mei Ling no tenía la frialdad del acero de las oficinas de Li Corp, sino la calidez de lo que se construye con las manos. Los rayos de sol, cargados de partículas de polvo que danzaban en el aire, iluminaban los planos extendidos sobre la mesa y a las dos personas que, agotadas pero serenas, habían pasado la noche rediseñando no solo un edificio, sino las bases de su propia relación.
Li Wei se despertó en el pequeño sofá de la sala, con una manta de lana sobre las piernas que Mei Ling le había colocado a mitad de la noche. Se incorporó, sintiendo una rigidez en la espalda que nunca experimentaba en su colchón de seda de tres mil hilos, pero por primera vez en años, no se sintió vacío al despertar. La cafetera borboteaba en la cocina y el aroma a grano tostado llenaba el espacio.
Mei Ling apareció por el pasillo, ya vestida con unos pantalones de lino y una camisa blanca impecable. Se veía radiante a pesar de las ojeras.
—He preparado café —dijo ella, con una sonrisa tímida—. Y he revisado los cálculos de las cargas laterales. El diseño original puede absorber el peso de los paneles solares de Lin Shao si usamos un contrapeso dinámico en la cúspide. No tenemos que renunciar a la eficiencia energética, pero tampoco a la estética.
Li Wei se levantó y se acercó a ella. La tomó por la cintura, ignorando el café, y la atrajo hacia sí.
—¿Te das cuenta de que eres increíble? —susurró él—. Has pasado la noche resolviendo un problema de ingeniería que a mi departamento técnico le habría llevado semanas, solo para demostrar que tenías razón.
—Tenía razón —replicó ella, rodeándole el cuello con los brazos—. Pero ahora el problema no es la ingeniería, Wei. Es lo que va a pasar cuando crucemos esa puerta.
Li Wei se puso serio. Sabía a lo que se refería. Hasta ahora, lo suyo había sido un secreto a voces, una tensión eléctrica en los pasillos y una noche de pasión en una villa aislada. Pero decidir intentar "algo real" significaba salir del armario corporativo. Significaba que los enemigos de Li Wei buscarían en ella su punto débil, y que los críticos de Mei Ling dirían que su éxito se debía a su cercanía con el CEO.
—Es un riesgo —admitió él, besando su frente—. Un riesgo necesario. Si seguimos escondiéndonos, Lin Shao y gente como Chen Hui siempre encontrarán una grieta por donde colarse. Quiero que el mundo sepa que eres mi socia, en todos los sentidos. No solo porque sea lo que siento, sino porque es la única forma de proteger lo que tenemos.
—¿Estás seguro? —preguntó ella, buscando sinceridad en sus ojos—. Tu junta directiva es conservadora. Tu familia espera que te cases con alguien como Lin Shao. Salir conmigo... podría afectar el valor de las acciones.
Li Wei soltó una carcajada seca, llena de una determinación que Mei Ling nunca le había visto.
—Mei, he pasado toda mi vida aumentando el valor de esas acciones para que otros puedan vivir cómodamente. Si el precio de mi felicidad personal es una caída de dos puntos en la bolsa de Hong Kong, que así sea. Prefiero ser un hombre con una mujer de verdad a su lado que un símbolo de éxito solitario en una torre de marfil.
Desayunaron en silencio, un silencio cómodo y cargado de una nueva complicidad. Después, se prepararon para lo que ambos sabían que sería un día histórico. Li Wei insistió en que fueran juntos en su coche oficial.
Cuando el Bentley negro se detuvo frente a la entrada principal de Li Corp, los fotógrafos que siempre merodeaban la zona en busca de noticias financieras empezaron a disparar sus cámaras. No era habitual que Li Wei llegara con alguien, y menos con la arquitecta jefa del proyecto más ambicioso del país.
Li Wei bajó del coche, rodeó el vehículo y abrió la puerta para Mei Ling. Le ofreció la mano, un gesto de caballerosidad pública que en el contexto de Beijing era una declaración de intenciones. Ella la tomó, sintiendo la firmeza de sus dedos.
Caminaron por el vestíbulo de mármol. El murmullo de los empleados cesó a su paso. Las secretarias se quedaron con los teléfonos a medio levantar, y los ejecutivos de rango medio intercambiaron miradas de asombro. No se soltaron de la mano hasta llegar al ascensor privado.
—Ya no hay marcha atrás —dijo Mei Ling cuando las puertas se cerraron.
—Nunca la hubo desde que entraste en mi oficina con ese plano imposible —respondió él.
Al llegar a la planta ejecutiva, Lin Shao los estaba esperando en la zona de descanso, con un café en la mano y una expresión de triunfo que se desmoronó en el momento en que vio sus manos entrelazadas. Su rostro, antes una máscara de elegancia, se contrajo en una mueca de incredulidad y rabia.
—Wei —dijo ella, su voz aguda como un cristal rompiéndose—. Supongo que esto es una broma de mal gusto. Tenemos una reunión con los inversores en diez minutos.
Li Wei no se detuvo, pero se volvió hacia ella con una calma gélida.
—La reunión sigue en pie, Lin. Pero antes de empezar, quiero dejar algo claro. La señorita Mei Ling no solo es la arquitecta jefa con autoridad total sobre el diseño. También es la mujer con la que he decidido compartir mi vida. Espero que en esta oficina se la trate con el respeto que ambos títulos merecen.
Lin Shao palideció. Miró a Mei Ling, buscando alguna debilidad, pero solo encontró a una mujer que la miraba con una mezcla de compasión y firmeza.
—Te estás suicidando profesionalmente, Wei. Mi padre no aceptará esto. El contrato de financiación tiene cláusulas de reputación...
—Entonces que las ejecute —cortó Li Wei—. Mei Ling ha encontrado la forma de integrar vuestra tecnología suiza sin alterar el diseño original. Si el Grupo Shao quiere retirarse por motivos personales, adelante. Hay otros fondos en Singapur esperando entrar en este proyecto. Pero no volverás a faltarle al respeto a Mei en mi presencia. Ni fuera de ella.
Lin Shao se dio la vuelta y se marchó, sus tacones resonando con furia contra el suelo.
Mei Ling soltó un suspiro largo.
—Eso ha sido... intenso.
—Eso ha sido el principio —dijo Li Wei, llevándola hacia su oficina—. Pero ahora, tenemos un edificio que construir. Y esta vez, lo haremos a nuestra manera.
Durante el resto del día, la oficina fue un hervidero. Zhang Bo entró en la sala de planos poco después, con una sonrisa que le llegaba de oreja a oreja.
—¡Por fin! —exclamó Bo, dándole un abrazo a Mei Ling—. El ambiente ahí fuera es una locura. Los de marketing están intentando decidir si esto es un desastre de relaciones públicas o la mejor historia de amor desde la construcción de la Gran Muralla.
—Espero que sea lo segundo —dijo Mei Ling, volviendo a enfocarse en los planos—. Porque tenemos mucho trabajo.
Esa noche, decidieron dar un paso más. No volvieron a la villa ni al apartamento. Li Wei la llevó a un restaurante pequeño, de esos que no aparecen en las guías de lujo, situado en una terraza con vistas a la Ciudad Prohibida. No hubo guardaespaldas a la vista, solo ellos dos.
—¿Cómo se siente ser una persona normal por una noche? —preguntó Mei Ling, probando un poco de pato laqueado.
—Se siente como un riesgo necesario —respondió él, brindando con su copa de vino—. Durante años, pensé que el poder era tener el control absoluto sobre los demás. Ahora me doy cuenta de que el verdadero poder es tener el valor de ser vulnerable frente a la persona correcta.
Se besaron bajo las estrellas de Beijing, un beso que no sabía a oficina, ni a contratos, ni a cemento. Sabía a futuro. Habían decidido intentar algo real, y aunque sabían que el mundo intentaría separarlos, por esa noche, el riesgo parecía la inversión más segura que jamás hubieran hecho.