Raeliana fue despojada de la mansión murió sabiendo que fue utilizada.. despierta en el pasado, con todos sus recuerdos intactos y una sola meta: no volver a casarse con el conde que la llevó a la muerte. Esta vez, antes de que el palacio la destruya, ella cambiará el destino…
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Boda
Vio a una joven que estaba siendo entregada.
—Sonría un poco —pidió su madre al entrar, radiante de orgullo—. Hoy es el día más importante de tu vida.
Raeliana intentó… pero no pudo.
—Estoy lista —dijo en voz baja.
La capilla de piedra estaba adornada con flores blancas y candelabros dorados. Nobles de distintos territorios ocupaban los bancos. Murmullos elegantes llenaban el aire.
Cuando Raeliana entró del brazo de su padre, todas las miradas se posaron sobre ella.
Buscó al conde.
Él ya estaba frente al altar.
Recto. Impecable. Sin emoción.
La esperaba como se espera la llegada de un documento para firmar.
—Respira —susurró su padre.
—No puedo con este vestido.
Él casi sonríe. Casi.
La música cesó.
El sacerdote comenzó a hablar.
Palabras sobre unión. Sobre compañía. Sobre bendición.
Raeliana escuchaba como si todo ocurriera muy lejos.
—¿Acepta usted…?
—Acepto.
Su voz sonó firme.
Por dentro, sintió que algo se apagaba.
—¿Acepta usted…?
—Acepto —respondió el conde con la misma serenidad.
El regreso a la mansión fue silencioso.
Las ruedas del carruaje sonaban sobre la grava como un conteo lento.
Raeliana miraba por la ventana.
Ya no soy invitada aquí.
Ahora pertenezco a este lugar.
Esa noche, las sirvientas la ayudaron a quitar el vestido con sumo cuidado. Deshicieron su peinado. La bañaron con agua tibia y esencias suaves. Le colocaron un camisón fino y la dejaron sola en la habitación principal.
Cuando el conde entró en la habitación, Raeliana ya estaba en la cama, sentada, con las manos apretadas sobre el camisón.
El corazón le latía tan fuerte que temía que él pudiera escucharlo.
Nunca había estado en una habitación a sola con un hombre .
Se dijo a su misma calma es tu esposo.
Él cerró la puerta y apagó la lámpara. La habitación quedó en penumbra.
Se acercó despacio.
Raeliana no sabía dónde mirar. Sentía el cuerpo rígido, los hombros tensos, la respiración corta.
El conde se detuvo frente a ella. Sin decir una palabra, comenzó a quitarle el camisón con movimientos decididos. Sus manos eran firmes. Rápidamente, él se deshizo de sus pantalones y la tomó por sorpresa.
Ella soltó un grito ahogado, cerrando los ojos con fuerza mientras sus dedos se hundían en las sábanas buscando apoyo. Él no se detuvo; empezó a moverse con un ritmo constante y pesado. No había romance en sus gestos.
Raeliana cerró los ojos apretó las sábanas con fuerza, tratando de soportar la tensión del momento, esperando que terminara pronto.
Y terminó pronto.
El conde se levantó sin decir nada. Se vistió con la misma calma con la que había llegado.
Ni siquiera la miró.
Salió de la habitación.
La puerta se cerró.
Raeliana quedó acostada, mirando la oscuridad del techo, con una sensación extraña en el pecho.
Un pensamiento se formó claro en su mente:
Ni siquiera me besó…
¿Cómo pude casarme con un hombre así?
El cansancio la venció poco a poco.
Y se quedó dormida con la sensación de que su matrimonio acababa de empezar… y ya se sentía vacío.