Gael Eryx Valcázar lo tiene todo: poder, dinero y control absoluto sobre su mundo… hasta que ella aparece.
Naelith Corvane, una chica recién graduada con grandes sueños, entra a trabajar en la empresa equivocada… o tal vez en la correcta.
Lo que empieza como una simple oportunidad se convierte en un juego peligroso de secretos, ambición y emociones que ninguno puede controlar.
Porque en un mundo donde todo tiene un precio… enamorarse puede ser el error más caro.
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Capítulo 5: La primera caída
El error no siempre llega como un golpe evidente.
A veces se presenta disfrazado de rutina, escondido entre tareas simples, camuflado en la confianza que uno empieza a construir demasiado pronto en un entorno que no perdona.
Naelith Corvane lo entendió demasiado tarde.
La mañana había comenzado como cualquier otra desde que había puesto un pie en ese lugar: silenciosa, precisa, cargada de una tensión que ya empezaba a resultarle familiar. Había aprendido a moverse con cuidado, a observar más de lo que hablaba y a responder solo cuando era necesario. Cada decisión era medida, cada acción tenía un propósito. No había margen para improvisaciones.
O eso creía.
El informe le llegó a media mañana.
No directamente de Gael, lo cual ya era inusual, sino a través de otra asistente del área, quien lo dejó sobre su escritorio con una sonrisa breve, demasiado breve como para ser natural. Naelith no lo cuestionó en ese momento. No tenía razones claras para hacerlo, más allá de esa intuición persistente que había comenzado a desarrollarse desde el día anterior, esa sensación de que no todo lo que ocurría en ese lugar era tan transparente como aparentaba.
Aun así, abrió el archivo.
Lo revisó.
Y, en apariencia, todo estaba en orden.
Los datos eran coherentes, la estructura lógica, las cifras alineadas con los reportes anteriores. No había inconsistencias visibles, ni errores evidentes. Era un informe sencillo, casi básico en comparación con otros que había manejado.
Y eso, sin saberlo, era el primer indicio de que algo no estaba bien.
Trabajó sobre él durante más de una hora, ajustando detalles, reorganizando información, puliendo cada sección hasta que estuvo segura de que cumplía con los estándares que había aprendido a reconocer en tan poco tiempo. No era perfecto, pero era sólido.
O al menos eso pensaba.
Cuando finalmente lo envió, lo hizo sin dudar.
Sin saber que ese momento marcaría un antes y un después.
La reunión fue convocada sin previo aviso.
Algo que, dentro de ese entorno, solo significaba una cosa: importancia.
Naelith fue llamada al área de conferencias junto con otros miembros del equipo. No era habitual que ella estuviera presente en ese tipo de encuentros, lo cual hizo que una ligera tensión se instalara en su pecho desde el instante en que cruzó la puerta.
El ambiente era distinto ahí dentro.
Más rígido.
Más controlado.
Y, sobre todo, más expuesto.
Gael Eryx Valcázar ya estaba ahí.
De pie, como siempre, con esa presencia que no necesitaba imponerse porque simplemente… existía. Su mirada recorrió brevemente la sala antes de detenerse en los documentos que se proyectaban en la pantalla.
El informe.
El suyo.
Naelith sintió cómo su pulso se aceleraba apenas.
No por nervios.
Sino por una inquietud que no lograba justificar del todo.
La reunión comenzó sin introducciones innecesarias.
Los datos fueron expuestos con precisión, los números analizados con rapidez. Todo parecía seguir un curso normal… hasta que dejó de hacerlo.
Fue un comentario.
Pequeño.
Casi insignificante.
Pero suficiente.
Una de las personas presentes señaló una discrepancia en una de las cifras proyectadas. Nada alarmante a simple vista, pero suficiente para detener el flujo de la presentación.
El silencio que siguió no fue inmediato.
Fue progresivo.
Como una tensión que se expandía lentamente.
Naelith frunció el ceño apenas, revisando mentalmente los datos.
No recordaba ese error.
No podía.
Y sin embargo…
Ahí estaba.
Visible.
Innegable.
La mirada de Gael se levantó lentamente.
No hacia la pantalla.
Sino hacia ella.
Y en ese instante, todo el peso de la situación cayó sobre Naelith.
No hubo acusaciones directas.
No hizo falta.
El ambiente lo decía todo.
Naelith sintió cómo la presión se acumulaba en su pecho, cómo cada segundo se volvía más denso, más difícil de sostener. Podía escuchar su propio pulso, sentir la expectativa silenciosa de todos los presentes esperando una reacción, una explicación, un error.
Porque eso era lo que esperaban.
Que fallara.
Pero algo no encajaba.
No era un error suyo.
Lo supo.
No por orgullo.
Sino por certeza.
Respiró.
Lento.
Controlado.
Y dio un paso al frente.
Sin pedir permiso.
Sus ojos se dirigieron a la pantalla.
Luego a los documentos.
Luego otra vez a la cifra.
Y entonces lo vio.
No era un error.
Era una alteración.
Sutil.
Precisa.
Pero intencional.
El silencio se volvió más profundo mientras Naelith procesaba la información en cuestión de segundos.
Y entonces habló.
No para defenderse.
Sino para corregir.
Explicó con claridad la inconsistencia, señaló la diferencia entre los datos originales y los presentados, y sin elevar la voz, sin perder la compostura, desmontó el error frente a todos.
No fue rápido.
Fue exacto.
—
El ambiente cambió.
No de inmediato.
Pero sí lo suficiente.
Las miradas dejaron de ser de juicio… y se volvieron de atención.
Naelith no miró a nadie mientras hablaba.
Ni siquiera a él.
Pero cuando terminó…
El silencio volvió.
Y esta vez…
Era distinto.
Gael la observaba.
No con molestia.
No con desaprobación.
Sino con algo más.
Algo que no había estado ahí antes.
Interés.
Un interés más marcado.
Más consciente.
No dijo nada de inmediato.
Pero no apartó la mirada.
Y eso fue suficiente.
La reunión continuó.
Pero ya no era igual.
Naelith regresó a su lugar con la misma calma que había mostrado al inicio.
Pero por dentro…
Todo había cambiado.
Había cruzado una línea.
Y lo sabía.
Horas después, cuando el edificio comenzaba a vaciarse y el silencio volvía a tomar su lugar habitual, Naelith permanecía en su escritorio revisando documentos, asegurándose de que no hubiera otro “error” escondido entre las cifras.
—Corvane.
La voz la alcanzó sin aviso.
Levantó la mirada.
Gael estaba ahí.
Más cerca de lo habitual.
—
—Mi oficina.
No fue una invitación.
Naelith se puso de pie sin dudar.
El trayecto hasta el interior fue corto.
Pero suficiente para que la tensión regresara.
Gael cerró la puerta detrás de ella.
El sonido fue suave.
Pero definitivo.
El silencio que siguió fue distinto.
Más privado.
Más peligroso.
—No fue un error tuyo.
La afirmación la tomó por sorpresa.
Naelith lo miró.
Lo sé.
La respuesta salió firme.
Sin titubeos.
Gael la observó unos segundos.
Evaluando.
—
Aun así lo enviaste.
Porque no había razón para dudar.
Otra pausa.
Ahora sí la hay.
Naelith sostuvo su mirada.
—Entonces no volverá a pasar.
Silencio.
Y entonces…
Eso.
Ese leve cambio.
Esa aprobación que no era evidente…
Pero estaba.
Aprendes rápido.
No fue un elogio.
Pero tampoco fue indiferente.
Naelith no respondió.
No hacía falta.
Porque ambos entendían lo que había pasado.
No había sido una caída.
Había sido una prueba.
Y ella…
No se había roto.
Gael se acercó un paso.
La distancia volvió a reducirse.
Ten cuidado.
Su voz fue más baja esta vez.
Más personal.
No todos aquí juegan limpio.
El aire se tensó.
Naelith lo miró.
Nunca lo asumí.
Silencio.
Y otra vez…
Esa conexión.
Más fuerte ahora.
Más clara.
Vuelve al trabajo.
Orden.
Naelith asintió.
Y salió.
—
Pero esta vez…
No era la misma.
Porque ahora sabía algo importante.
Ese lugar no solo la estaba observando.
También la estaba poniendo a prueba.
Y alguien…
Ya había decidido que era un problema.