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No Soy La Debilidad De Nadie.

No Soy La Debilidad De Nadie.

Status: En proceso
Genre:Mafia / Aventura Urbana / Amor-odio
Popularitas:2.3k
Nilai: 5
nombre de autor: Elsa Manuel Luis Seudónimo Sissy

Dentro de la Mafia Rusa, existen pactos, lealdades y acuerdos, es por eso que las hijas son monedas de cambios para el ascenso de los jefes de las familia, es un modo facil modo de obtener más poder..
La familia Lombardi resultado de la unión del hijo de un capo de la Cosa znostra Italiana con la unica hija del lugarteniente y mano derecha de la Mafia Rusa. Su decendencua fue su primogeniro Alexander y kas gemelas Laura y Lorena.
El hijo y futuro jefe de la mafia rusa elvfrio y cruel Dimitri Volkov, siente una pasión descontrolada por una de las gemelas, mientras es el mejor amigo de sus hermanos, es que Lorena es un espiritu libre que odia la vida de la mafia y sueña con escapar de eze mundo, no quiere ser como.su madre, una mujer triste que se refugia en frivolidades y alcohol para olvidar su triste vida.
Dimitri logra casarse con Lorena, pero ella no quiere ser su debilidad, ni la de nadie, es por eso que aprendio defenza personal, yvparticipa en peleas clandestinas

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Roma entre el mármol y el fuego

Roma, entre el mármol y el fuego

El aterrizaje del jet privado en el aeropuerto Ciampino de Roma fue suave como un suspiro, pero lo que aguardaba en tierra era pura adrenalina. Una caravana de cinco vehículos blindados con vidrios polarizados los esperaba sobre la pista, custodiados por hombres de traje oscuro y ojos ocultos tras gafas de sol. Dimitri ayudó a Lorena a descender con una delicadeza impropia de sus manos acostumbradas a empuñar armas, y la introdujo en el tercer coche, un Mercedes Maybach blindado que parecía una caja fuerte sobre ruedas. Durante el trayecto hacia el centro de la ciudad eterna, Lorena miró por la ventana sin ver mucho más que el reflejo de su propia emoción, mientras la caravana avanzaba en perfecta sincronía, cortando el tráfico romano con la autoridad silenciosa del poder. Llegaron al Hotel de Russie, un cinco estrellas ubicado entre la Plaza del Pueblo y la Via del Babuino, cuyos jardines secretos han alojado a artistas y reyes.

El personal, advertido de la llegada de los Volkov, los recibió con una reverencia casi teatral. Dimitri, sin mediar palabra, tomó a Lorena en brazos, ella protestó con una risa débil, sosteniendo su pequeña barriga y cruzó el vestíbulo de mármol rosa directo al ascensor privado que ascendía a la suite presidencial. Al abrirse la puerta, Lorena jadeó: era un palacio dentro de otro palacio, con techos pintados al fresco, un jacuzzi de ónice negro frente a ventanales que asomaban a los jardines secretos de la Villa Borghese, y una cama monumental cubierta de pétalos rojos. Dimitri la depositó suavemente sobre el edredón de seda y, por un instante, solo la miró. «Bienvenida a nuestra luna de miel, Mrs. Volkov», dijo con su voz grave, y Lorena supo que esa noche el jefe de la mafia rusa iba a desaparecer para dejar paso a algo mucho más íntimo.

La primera noche de luna de miel fue una explosión contenida de romance y deseo, un equilibrio perfecto entre la ternura de dos amantes que aún se descubren y la urgencia de un marido que ha esperado demasiado. Dimitri, despojado de su traje y de su coraza, resultó ser un hombre de gestos inesperadamente suaves: encendió velas por toda la suite con paciencia de monje, eligió personalmente una botella de Barolo del 2006 de la bodega del hotel, sin alcohol para ella, claro, acompañada de un zumo de granada recién exprimido y le leyó en voz baja un soneto de Petrarca en italiano antiguo, pronunciando cada palabra con un cuidado que delataba horas de ensayo.

Lorena, atónita, descubrió que el hombre capaz de ordenar ejecuciones con un susurro también podía recitar poesía del Renacimiento y nombrar cada estrella que se asomaba por el tragaluz de la suite. La noche se volvió ardiente cuando él, con una lentitud deliberada, comenzó a desabrochar el delicado camisón de encaje que ella había empacado a escondidas. Sus manos, que ella imaginaba frías, estaban abrasadoras; sus besos, que podían ser órdenes, fueron ruegos susurrados contra su cuello. Respetaron el embarazo con una delicadeza casi reverencial almohadas estratégicas, movimientos pausados, pero la pasión no necesitó de brusquedades para incendiar la habitación. Lorena se durmió después contra su pecho, sintiendo las caricias distraídas de Dimitri en su cabello, mientras él permanecía despierto mirando el techo, atrapado en un insólito sentimiento de paz que ni él mismo sabía cómo nombrar.

Los días siguientes fueron un torbellino de paseos por los lugares más emblemáticos de Roma, una ciudad que se desplegaba ante ellos como un libro de historia viviente. Comenzaron en el Coliseo, donde Dimitri, ignorando por completo a los turistas y a los guardias de seguridad que los seguían a discreción, mantuvo una mano permanentemente posada en la zona baja de la espalda de Lorena, un gesto posesivo que decía «es mía» sin necesidad de palabras. Mientras recorrían las gradas donde rugieron leones y gladiadores, él le explicó con lujo de detalles cómo funcionaban los ascensores subterráneos que elevaban a las fieras a la arena, datos que ni siquiera el audioguía mencionaba. Lorena lo miró con curiosidad y él, encogiéndose de hombros, admitió: «Leí mucho cuando estuve encerrado en un sótano durante tres meses, a los diecinueve años.

Era eso o volverme loco». Esa pequeña confesión, lanzada al aire como quien no quiere la cosa, abrió una grieta en la fachada del jefe mafioso. Más tarde, en la Fontana di Trevi, mientras la multitud se apartaba instintivamente al paso de los hombres de negro, Dimitri tomó una moneda, la giró entre sus dedos y le susurró a Lorena la leyenda completa de la fuente, incluyendo el nombre del arquitecto y la disputa política que la rodeó durante su construcción. Ella, fascinada, comenzó a preguntar cada vez más, y él a responder, demostrando una erudición que abarcaba desde la arquitectura del Panteón —señalando con precisión la óptica de su óculo— hasta la química detrás del mármol del Ara Pacis.

El cuarto día lo dedicaron al Foro Romano y a la Colina del Palatino, y fue allí donde Lorena comprendió la magnitud de la inteligencia que Dimitri guardaba bajo su silencio habitual. Mientras caminaban entre ruinas milenarias, él no solo recitaba fechas y nombres; hilaba historias completas, conectaba a Julio César con los Césares bizantinos y de ahí con los zares rusos, estableciendo paralelismos de poder y traición que solo alguien que hubiera vivido en carne propia las entrañas de la conspiración podía entender. «Roma no cayó por los bárbaros», dijo en un momento, deteniéndose frente al arco de Tito. «Cayó por dentro, por la corrupción de sus propias élites. El enemigo más letal siempre está en casa».

Lorena sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío de febrero. Su posesividad se manifestaba en gestos pequeños , pero constantes: apartaba a cualquier hombre que se acercara demasiado a ella, pedía que los camarógrafos callejeros no la enfocaran, y cada vez que ella se detenía a mirar un puesto de recuerdos, él compraba todo el puesto sin preguntar el precio. Pero cuando, al atardecer, sentados en las escalinatas de la Plaza de España, él le tomó la mano y le dijo con total naturalidad: «El mármol de esta plaza viene de las mismas canteras que usaron Miguel Ángel y los papas. Cada paso que damos aquí lo han dado emperadores, artistas y pecadores. Pero ninguno de ellos tuvo lo que yo tengo ahora»,

Lorena supo que se había casado no solo con el jefe de la mafia rusa, sino con un hombre cuya profundidad apenas comenzaba a descubrir. Esa noche, al regresar al hotel, con el cansancio dulce de las piernas y los pies hinchados por el embarazo, Dimitri le preparó un baño de sales él mismo, y mientras la ayudaba a entrar en el agua tibia, ella apoyó la cabeza en su hombro y pensó que el viaje les quedaba pequeño. Aún quedaban días, y Roma era inmensa, pero ella ya había encontrado su tesoro más valioso: las grietas en la armadura de su oso ruso.

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