Mi vida nunca fue mía. Primero fueron los golpes de mi padre y sus gritos recordándome que no valía nada, hasta que finalmente decidió ponerme un precio. Me vendió como si fuera un objeto para pagar su maldita deuda.
Ahora mi dueño es Dante.
Él es frío, letal y no tiene piedad con nadie, pero me necesita para llevar las cuentas de su imperio. Pensé que pasaría de un infierno a otro, pero en sus ojos oscuros encuentro algo que nunca conocí. Ahora estoy atrapada entre los números de la mafia y el deseo por el hombre que me compró.
¿Se puede amar a quien te posee?
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Capítulo 1: El Umbral del Dolor
POV: Alessia
El sabor metálico de la sangre en mi labio es un recordatorio familiar. Es el cronómetro que marca el final de otro día en esta casa que huele a humedad y a fracaso. Me quedo inmóvil en el suelo de la cocina, contando las baldosas de cerámica desconchada mientras escucho los pasos pesados de mi padre alejarse hacia el salón. Uno, dos, tres... el crujido del sofá viejo me indica que ya se ha desplomado, probablemente para abrir otra botella y olvidar que acaba de golpear a la única persona que mantiene el techo sobre su cabeza.
Me levanto despacio. Cada movimiento es un cálculo de dolor. Me duele la costilla derecha, pero mi mente, esa parte de mí que funciona como una hoja de cálculo perfecta, ya está procesando el balance del día. Soy Alessia, la mujer que puede encontrar un centavo perdido en un mar de facturas de un millón de dólares, pero que no puede encontrar la salida de su propia cocina.
Camino hacia el pequeño espejo del pasillo. Mi reflejo me devuelve una extraña mezcla de fragilidad y acero. A mis 22 años, mis ojos han visto demasiadas sombras. Tengo el título de contadora colgado en la pared, un papel que mi padre ve como una licencia para exigirme más dinero para sus apuestas. Él no ve mi talento; ve una caja registradora que puede sacudir cuando se queda sin fondos.
—Alessia... —su voz llega desde el salón, pastosa, cargada de esa falsa culpa que viene antes de la próxima explosión—. Trae los libros. Los hombres vendrán pronto. Necesito que... que hagas que las cuentas parezcan mejores de lo que son.
Siento una náusea fría. Ya no se trata de deudas con el banco. Mi padre se ha metido con la gente que no envía cartas de embargo, sino hombres con palas.
Abro mi computadora. Mis dedos vuelan sobre el teclado. Es mi único refugio. En el mundo de los números, todo es lógico. Si restas, algo desaparece. Si sumas, algo crece. Ojalá la vida fuera así de sencilla. Ojalá pudiera simplemente borrarme de esta ecuación. El trauma no es solo el golpe en la cara; es la espera. Es vivir en el "mientras tanto", esperando el próximo grito, la próxima caída. Por eso acepto trabajos extras, por eso paso noches en vela auditando empresas de dudosa procedencia. Porque mientras mi cerebro esté ocupado con cifras, no tiene tiempo para recordar el sonido del cinturón de mi padre chocando contra la pared.
Llaman a la puerta. No es un toque normal. Es un golpe seco, con autoridad. Mi padre salta del sofá, arreglándose la camisa manchada.
—Ya están aquí —susurra, y por primera vez, veo un miedo real en sus ojos. Un miedo que supera al mío.
Cuando la puerta se abre, el aire de la habitación parece ser succionado. Entran tres hombres, pero solo uno importa. Es un muro de elegancia oscura. Su traje es de una lana tan fina que parece absorber la luz de nuestra lámpara barata. Se mueve con la parsimonia de un depredador que sabe que la presa no tiene a dónde ir.
POV: Dante
Entrar en esta casa es como descender a un círculo de miseria que detesto. El olor a alcohol barato y a desesperación me irrita los sentidos. Mi nombre es Dante Vitale, y mi tiempo vale más que toda esta propiedad, pero el hombre que tengo delante, Ricardo, me debe algo que no se paga con ladrillos: lealtad y tres millones que se "evaporaron" de mis rutas de carga.
Mis ojos viajan por la habitación y se detienen en ella.
Está sentada en una mesa de madera vieja, con una laptop que parece ser lo único limpio en este lugar. Es pálida, con el cabello castaño recogido en una trenza desordenada. Pero lo que me detiene es la mancha púrpura que empieza a florecer en su labio y la forma en que protege su costado derecho al respirar.
Miro a Ricardo. El cobarde está sudando.
—¿Ella es la contadora? —mi voz suena como el filo de un cuchillo sobre seda.
—Mi hija, Alessia —dice él, tratando de sonreír—. Es la mejor. Ha limpiado mis libros durante años. Puede encontrar cualquier agujero, señor Vitale. Ella... ella puede trabajar para usted hasta que yo recupere el dinero.
Camino hacia ella. Alessia no baja la mirada. Me observa con una intensidad analítica que me resulta fascinante. No hay súplica en sus ojos, solo una resignación gélida. Me inclino sobre su mesa, invadiendo su espacio personal. Huele a jabón neutro y a algo metálico... sangre.
—¿Tu padre te hizo esto, Alessia? —pregunto, señalando su labio con un gesto mínimo.
Ella parpadea. Su pulso en el cuello es rápido, pero su voz es firme cuando responde:
—Los números no sangran, señor Vitale. Si ha venido por las cuentas, están aquí. Si ha venido por otra cosa, pierda el tiempo con mi padre, no conmigo.
Me enderezo, intrigado. Esta mujer no es una víctima común. Es un arma que ha sido golpeada hasta convertirse en diamante. Necesito a alguien que audite las cuentas de mi familia en Sicilia, alguien que no pueda ser sobornado y que no tenga miedo de mirar al diablo a los ojos. Ella ya vive con uno; yo seré, al menos, un diablo con mejores modales.
—Tu padre me ha ofrecido tu vida a cambio de la suya —digo, observando cómo Ricardo retrocede—. Dice que eres capaz de desenterrar secretos financieros que mis hombres no ven. Te propongo un trato diferente al de él.
Me acerco más, bajando la voz para que solo ella me escuche.
—Ven conmigo a Italia. Deja que este hombre se pudra en su propia miseria. Trabaja para mí bajo un contrato de exclusividad. Tendrás seguridad, silencio y todo el dinero que necesites, pero pertenecerás a mi organización hasta que yo diga que tu deuda está saldada.
Alessia mira a su padre. Él ni siquiera la defiende; está ocupado contando los segundos que le quedan de vida. Ella vuelve a mirarme a mí. Veo el momento exacto en que toma la decisión. No lo hace por amor a él. Lo hace porque cualquier infierno que yo pueda ofrecerle en Sicilia es mejor que el que vive en esta cocina.
—Acepto —dice ella, cerrando su computadora con un golpe seco—. Pero con una condición, señor Vitale.
—¿Cuál?
—Si me voy, él no recibe ni un centavo más de mi trabajo. Quiero que lo deje exactamente como está: en la nada.
Sonrío. Me gusta su veneno.
—Hecho. Empaca lo que puedas cargar en cinco minutos. No volverás a ver este lugar.
POV: Alessia
Cinco minutos. Es lo que tardo en meter mi vida en una mochila: mi título, un par de libros de contabilidad avanzada y la foto de mi madre, la única persona que me amó antes de que este mundo se volviera oscuro.
Mientras camino hacia la puerta, pasando por delante de mi padre, él intenta agarrarme del brazo.
—¡Alessia, no puedes dejarme así! ¡Soy tu padre!
No lo miro. No siento nada. El vacío es una herramienta poderosa. Dante Vitale pone una mano en el pecho de mi padre, deteniéndolo con una fuerza que hace que los huesos de mi progenitor crujan levemente. Es una advertencia silenciosa.
Salimos a la noche fría. Un coche negro, blindado y reluciente, nos espera. El chófer abre la puerta y Dante me indica que entre. Al sentarme en el cuero costoso, me doy cuenta de que acabo de vender mi libertad a un monstruo para escapar de uno peor.
Dante se sienta a mi lado. El espacio es reducido y su presencia es abrumadora. El coche arranca, dejando atrás la casa de mi infancia. No lloro. Las lágrimas son un desperdicio de recursos hídricos.
—Bienvenida a la familia Vitale, Alessia —dice él, sin mirarme, mientras saca un teléfono encriptado—. Espero que seas tan buena con los números como eres para sobrevivir. Porque en mi mundo, un error en la columna de gastos se paga con la vida.
—Entonces nos llevaremos bien —respondo, mirando por la ventana cómo las luces de la ciudad se borran—. He estado pagando por los errores de otros toda mi vida. Al menos ahora sabré el precio de antemano.
Dante me observa de reojo. Hay algo en su mirada que no es solo frialdad profesional. Es curiosidad. Y por primera vez en años, mientras el coche nos lleva hacia el aeropuerto privado, no siento el dolor de mis costillas. Solo siento la adrenalina de saber que, aunque sea en una jaula de oro, finalmente estoy fuera de esa cocina.