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Los Que No Huelen

Los Que No Huelen

Status: Terminada
Genre:Omegaverse / Mundo de fantasía / Héroes / Completas
Popularitas:1.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Melisa Britos

historia de Alfas, omegas y betas

NovelToon tiene autorización de Melisa Britos para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 22 — Barro

La nota salió a las siete de la tarde. No en tapa —en sección “Sociedad”, abajo de un informe sobre el subte. Título: “Yo archivaba a los que no existían”: la historia de tres desertores del Centro de Censos. Nombres reales. Damián Torres (beta), Facundo Valenti (alfa, ex Pretoriano), Elián Ríos (omega). Foto: la que nos sacó Ramiro en El Federal sin que nos diéramos cuenta, los tres en la mesa, Valenti con el brazo en el respaldo detrás mío, Elián mirando la taza. No se veían brazaletes. Se veían personas.

A las siete y diez Mariela llamó desde Porto Alegre.

—Dos millones de visitas en una hora —dijo—. Y el Ministerio ya pidió “aclaración” al portal.

A las ocho el portal lo bajó. “Mantenimiento”. A las ocho y cuarto estaba en diez sitios distintos. En Telegram, en grupos de enfermería, en una cuenta de Instagram de estudiantes de Derecho que lo subió en historias con el texto: mi tío está en la lista.

A las nueve y media sonó el teléfono de Ramiro. Nosotros seguíamos en el departamento que nos prestó —monoambiente en Balvanera, segundo piso, sin ascensor.

—No atiendas —dijo Valenti.

Ramiro atendió igual. Habló dos minutos. Cortó.

—Era el abogado —dijo—. Dice que ya hay pedido de captura por “divulgación de información reservada” y “asociación ilícita”. Para los tres.

Elián se quedó quieto en la silla. No preguntó nada. Se le puso la cara blanca, pero no tembló.

—¿Cuánto tiempo? —pregunté.

—Horas —contestó Ramiro—. Si se quedan acá, los levantan esta noche.

Valenti se paró.

—Nos vamos.

—A dónde —dijo Elián. No fue pregunta.

—Montevideo —contestó Ramiro—. Tengo contacto. Sale lancha de Tigre a las dos. No pregunten.

Beta no pregunta cuando ya dijo que va. Agarré el libro de Lía. Valenti agarró la mochila. Elián se puso la campera de Mariela.

Bajamos por la escalera de servicio. En la calle Balvanera estaba vacía pero había un patrullero parado en la esquina con las luces apagadas. No nos vieron. O nos vieron y esperaban.

Caminamos tres cuadras hasta Corrientes y paramos un taxi.

—Tigre —dijo Valenti.

El taxista no preguntó. Puso primera.

En la autopista Elián iba en el medio otra vez, con la cabeza apoyada en mi hombro. Yo tenía la mano en su rodilla. Valenti del otro lado, con la mano en la mía por debajo de la campera de Elián. Nadie hablaba. No hacía falta.

Llegamos a Tigre a la una y veinte. El contacto era un tipo beta, sesenta, cara de puerto. No dio nombre.

—Suben ya —dijo—. Sin luces.

La lancha era chica, de madera, con motor que tosía. Subimos los tres y dos más: una omega de unos cincuenta con bolso chico y un beta flaco que no levantaba la vista.

A las dos salimos. El río estaba planchado, negro. Buenos Aires quedaba atrás como manchas de luz.

A la mitad del cruce se escuchó motor. No el nuestro. Reflector.

—¡Prefectura! ¡Apaguen motor!

El lanchero no apagó. Aceleró.

Valenti me agarró del brazo. Yo agarré a Elián.

—Si nos paran —dijo Valenti, bajo, rápido—, vos y Elián dicen que los obligué. Que soy Pretoriano desertor. Que ustedes no sabían.

—No —dije.

—Damián —dijo, y era orden y no era.

—No —repetí—. No nos separan.

Elián nos apretó la mano a los dos.

—Juntos —dijo.

El reflector nos pasó por encima y siguió. No eran a nosotros. Buscaban otra lancha más adelante. El motor se alejó.

Llegamos a Carmelo a las cuatro. Barro, frío, olor a río y a leña. El contacto nos metió en una camioneta sin hablar.

A las siete estábamos en Montevideo, en una casa de Cordón con la puerta verde y una mujer beta en la puerta.

—Pasen —dijo—. Acá no hay brazaletes.

Nos dejó una pieza con dos camas y una frazada de más. Nos sentamos los tres en el piso, espalda contra la pared, sin poder dormir todavía.

Elián rompió el silencio.

—En el Centro me decían que omega sin alfa se muere. Que beta no siente.

—Mentira —dije.

—Mentira —repitió Valenti.

Elián nos miró.

—Y ustedes dos… ¿esto qué es?

Valenti me miró a mí. Yo lo miré a él.

—No sé —dije—. No está en el folleto.

—No —dijo Valenti—. Mejor.

Se inclinó y me besó, corto, sin esconderlo. Después le pasó el pulgar por la mejilla a Elián, como para asegurarse que seguía caliente.

Elián cerró los ojos y apoyó la cabeza en mi hombro otra vez.

—Juntos —dijo.

—Juntos —contesté.

Afuera Montevideo empezaba a sonar. Adentro, tres sin brazalete, sin folleto, sin país. Pero con 158 nombres ya leídos y la nota que aunque la bajaron, ya no se borraba.

Beta archiva. Alfa cuida. Omega elige. Y esta vez, elegimos no soltarnos.

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luma
🥰🥰😈
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