Sin saber que él cayó primero en esa trampa de seda y misterio, Alicia guarda silencio. Ahora, el destino prepara su propia jugada: un encuentro casual en una cafetería a plena luz del día. ¿Bastará el eco de una voz o el calor de una mirada para reconocer al amor que juraron mantener en la oscuridad?
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capitulo 19
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Me quito el traje. La camisa blanca termina en el suelo, un despojo de mi vida oficial. Me pongo la máscara de cuero. Al ajustarla tras mi nuca, siento que por fin puedo respirar. El sándalo es mi única señal de identidad. Ya no soy el heredero de un imperio; soy el hombre que espera a la mujer de rojo.
La puerta se abre. El sonido del pestillo es el único disparo que me hace bajar la guardia.
Ella entra. Su peluca roja brilla bajo la luz tenue, un faro de desobediencia en mi mundo calculado. Hoy no se detiene a dejar el bolso. Camina directo hacia mí, y noto en su paso una urgencia que me hace eco en las entrañas.
—Te he sentido toda la semana —dice ella, y su voz es un susurro que me corta la piel.
La tomo por la cintura y la atraigo hacia mí con una brusquedad que no es violencia, sino hambre pura. Mis manos se hunden en su espalda, buscando el calor que me ha faltado durante seis días de hielo corporativo. Ella rodea mi cuello con sus brazos y, por un momento, solo existimos en ese abrazo, dos náufragos que han encontrado tierra firme en mitad de la oscuridad.
—Me estoy volviendo loco —le confieso contra su cuello—. Miro a la gente a la cara y solo veo máscaras de cartón. Escucho sus voces y solo oigo ruido. Solo tu voz me suena real. Solo tu tacto me devuelve el pulso.
La guío hacia la cama con una lentitud que me quema los dedos. No quiero que esto termine rápido; quiero que cada segundo sea un registro en mi memoria para sobrevivir a la próxima semana. La tumbo sobre las sábanas de seda y me sitúo sobre ella, apoyando mi peso en mis antebrazos. Sus manos buscan las mías, entrelazando nuestros dedos con una fuerza que me hace sentir vivo.
Le beso la palma de la mano, justo en el centro, donde puedo sentir su latido. Es un latido rápido, errático, una confesión biológica que ninguna de nuestras reglas de anonimato puede silenciar.
—Dime que me necesitas —le pido, mientras mis labios viajan por su muñeca.
—Más de lo que puedo admitir —responde ella, y siento su cuerpo arquearse bajo el mío—. Te busco en cada hombre que cruzo en la calle. Busco tus manos en cada sombra. He dejado de ser yo para ser solo tuya los viernes.
La sensualidad de la noche se vuelve espesa, casi tangible. Mis manos empiezan a explorar su cuerpo con una devoción religiosa. Deslizo el tirante de su vestido, revelando el hombro que tantas veces he besado, pero que cada vez se siente como un territorio nuevo y prohibido. Mis dedos recorren su piel, deteniéndose en cada pequeña vibración de sus músculos. El lenguaje de mis manos hoy no es de dominio, es de súplica. Le estoy pidiendo que no se vaya, que este momento sea eterno.
Cuando nuestras pieles finalmente se encuentran sin barreras, el contacto es eléctrico. Sus uñas se entierran en mis hombros y yo hundo mi rostro en su pelo rojo, ese color que se ha convertido en mi única religión. Nos movemos en una danza de sombras y suspiros, donde cada roce es una palabra que no nos atrevemos a decir. El placer es intenso, pero la conexión emocional es lo que realmente me está destruyendo por dentro.
—No sé quién eres —susurro entre besos—, pero te amo más en este anonimato de lo que he amado a nadie con nombre y rostro.
Ella se tensa un segundo, pero luego me abraza con más fuerza, pegando su pecho al mío. En el clímax, cuando el mundo exterior es una galaxia lejana y lo único real es el aroma de su piel y el ritmo de nuestros corazones, me doy cuenta de que la grieta en mi máscara es total.
Ya no me basta con el viernes. Ya no me basta con la habitación 402. Pero el miedo a que ella sea alguien que no encaje en mi mundo, o peor, que yo sea alguien que ella desprecie en su "vida real", me mantiene encadenado a este silencio.
Nos quedamos abrazados, con el sudor secándose en nuestra piel y el silencio de la noche envolviéndonos. Le acaricio la mano, fijándome en la finura de sus dedos. Ella es mi refugio, mi adicción y mi mayor temor.
El aire acondicionado del bufete zumba con una monotonía que hoy me resulta insoportable. Son las once de la mañana de un martes y tengo frente a mí tres tomos de jurisprudencia sobre delitos societarios. Las palabras se mezclan ante mis ojos; los artículos del código penal se confunden con el recuerdo de unos dedos largos trazando el contorno de mi mandíbula.
Me doy cuenta de que he empezado a cometer errores. El lunes olvidé adjuntar un anexo a una demanda de divorcio. Yo, Alicia Vázquez, la mujer que nunca deja un cabo suelto.
—¿Alicia? ¿Estás ahí? —la voz de mi padre me saca de mi ensimismamiento.
Está de pie en el umbral de mi puerta, con las manos en los bolsillos de su pantalón de sastre. Me observa con una curiosidad que me hiela la sangre. No es afecto; es sospecha. Para él, cualquier cambio en mi eficiencia es una falla en el sistema que él mismo diseñó.
—Sí, papá. Solo estoy analizando una estrategia para el caso Lozano.
—Pareces... distraída. Tu madre dice que no contestaste a sus tres últimas llamadas sobre la cena de gala del viernes.
El viernes. La palabra resuena en mi pecho como un tambor.
—Estaré allí, no te preocupes —miento, sintiendo el sabor amargo de la duplicidad en la lengua.
—Más te vale. Vendrán socios de la capital. Es una noche para mostrar nuestra mejor cara, Alicia. No nos falles.
Cuando sale de la habitación, siento que el oxígeno se agota. La cena de gala coincide exactamente con mi hora habitual en el club. El choque de mis dos mundos ya no es una posibilidad lejana; es una colisión inminente.
Esa tarde, el pánico se materializa de una forma que no esperaba. Elena entra en mi despacho a última hora. No trae café ni chismes; trae una cara de absoluta seriedad.
—Ali, tenemos un problema —dice, cerrando la puerta con pestillo. Mi corazón da un vuelco—. He oído algo en el club anoche. Fui con un contacto nuevo y... alguien está preguntando por "la chica de la peluca roja".
Siento que el suelo se inclina. El sudor frío me recorre la espalda, empapando la seda de mi blusa azul marino.
—¿Quién? ¿Por qué? —mi voz es un hilo.
—No lo sé con certeza, pero alguien cree haberte reconocido afuera. O al menos, alguien sospecha que esa peluca oculta a una de las "caras conocidas" de la ciudad. El club es seguro, Ali, pero no es infalible. Si alguien empieza a atar cabos entre tu horario, tu perfume o tus gestos...
—Nadie puede saberlo, Elena. Mi padre me destruiría. Mi carrera terminaría antes de empezar siquiera.
—Lo sé. Por eso tienes que tener cuidado. Quizás deberías dejar de ir un tiempo.
"Dejar de ir". La sola frase me provoca una náusea física. Dejar de ir significa dejarlo a él. Significa volver a ser solo esta estatua de mármol que responde a los deseos de un padre autoritario. Significa el silencio absoluto, la falta de sándalo, la ausencia de esas manos que son lo único que me hace sentir que todavía tengo sangre en las venas.
—No puedo —susurro.
—Ali, esto ya no es un juego. Es tu vida real contra tu refugio.
El viernes llega bajo el peso de una ansiedad paralizante. La cena de gala en el hotel Ritz es un despliegue de opulencia que me provoca arcadas. Llevo un vestido largo de seda gris —siempre gris— y el pelo recogido en un moño tan perfecto que duele.
Paso dos horas sonriendo a hombres que no me ven y a mujeres que me juzgan. Mi padre me presenta como su "joya más preciada". Me siento como una pieza de exhibición en un museo de hipocresía. A las diez de la noche, el deseo de huir es una pulsación física en mi garganta.
Aprovecho un descuido de mi madre, que está absorta en una conversación sobre fundaciones benéficas, y me escabullo hacia los baños. Mi coche está en el parking. Mi bolso tiene el "kit de supervivencia": la peluca, el labial rojo, la máscara.
Manejo hacia Anónimos con las manos temblando tanto que me cuesta meter las marchas. Miro constantemente por el espejo retrovisor, convencida de que los faros de cualquier coche detrás de mí pertenecen a mi padre o a un detective privado contratado por el bufete. El miedo a perder mi refugio es un fuego que me consume.
Llego al club y me transformo en el asiento trasero del coche, con movimientos frenéticos. El rojo de la peluca se siente hoy como una advertencia, no solo como libertad.
Entro en la 402 casi sin aliento. Él está allí, esperándome, pero su postura es diferente. Está rígido. Al verme, camina hacia mí y me toma de los hombros con una fuerza que me hace soltar un quejido.
—Estás temblando —dice. Su voz es un trueno bajo en la habitación—. ¿Qué ha pasado?
Me hundo en su pecho, buscando el aroma a sándalo como si fuera una droga. Mis manos buscan sus manos, necesitando sentir la solidez de sus dedos largos para no desmoronarme.
—Alguien está preguntando por mí —confieso en un susurro desesperado—. Alguien cree que me ha visto fuera. Tengo miedo, rojo. Tengo mucho miedo de que este lugar deje de ser nuestro.
Él me aprieta contra sí, envolviéndome en sus brazos. Puedo sentir el latido de su corazón, rápido y potente, a través de su camisa.
—Nadie nos va a encontrar —gruñe él, y sus manos bajan por mi espalda, sujetándome con una posesión que me hace estremecer—. He reforzado la seguridad de esta habitación. Si alguien intenta acercarse a ti, tendrá que pasar sobre mí.