Giselle O'Connor huyó de un pasado que casi la destruye y encontró refugio bailando cada noche en el club Eclipse, donde solo en el escenario logra sentirse libre. Su mundo cambia cuando la mirada fría y poderosa de Dexter Müller, el líder de la mafia más temida de la ciudad, se fija en ella. Lo que empieza como una obsesión silenciosa se convierte en un vínculo prohibido lleno de deseo, peligro y salvación.
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EN LOS BRAZOS DEL ALEMÁN
Giselle
Desperté con una punzada dulce y profunda en la parte baja del cuerpo y, durante unos segundos, no supe dónde estaba.
El techo no era el del apartamento de las chicas.
No era el camerino frío del club.
Era alto. Blanco. Elegante. Silencioso.
Y olía a madera fina… a él… y a nosotros.
Mi respiración se quedó suspendida cuando la memoria regresó en oleadas.
Sus manos.
Su boca.
La forma en que pronunció mi nombre como si fuera algo que llevaba años esperando decir.
Tragué saliva.
Estaba desnuda.
Completamente desnuda entre las sábanas de Dexter.
—Dios… —murmuré apenas.
Me moví despacio, pero el cuerpo no me dejó fingir indiferencia. Cada músculo recordaba. Cada centímetro de piel ardía con ecos de la noche anterior. No era dolor exactamente… era una sensibilidad nueva. Íntima.
Giré la cabeza.
Ahí estaba.
Dormido boca arriba, el brazo extendido hacia el lado donde yo había estado. Como si incluso dormido me buscara. Su cabello oscuro desordenado sobre la frente. El pecho subiendo y bajando con respiración profunda y tranquila. Las cicatrices marcando su costado, líneas imperfectas sobre piel firme.
No parecía peligroso.
Parecía… humano.
Demasiado humano.
Me incorporé con cuidado, sintiendo el rubor subir por mi cuello. La sábana se deslizó por mi piel y tuve que morderme el labio para no hacer ningún sonido. Recordé exactamente cómo esa sábana terminó en el suelo. Recordé sus manos retirándola sin prisa, mirándome como si yo fuera lo único real en el mundo.
“No debiste…”
Me repetí eso mientras buscaba mi blusa en el piso. Mi ropa interior estaba a un lado de la cama. Las medias, enredadas cerca del sillón. El caos silencioso de una noche que ninguno planeó… pero ambos quisimos.
Me vestí a medias y caminé hacia el baño, intentando no mirarlo.
Cerré la puerta.
Me apoyé en ella.
Cerré los ojos.
—¿Qué hiciste, Giselle? —susurré.
Me lavé la cara con agua fría, pero no borró la expresión que vi en el espejo.
No era culpa.
Era algo peor.
Era calma.
Salí con el cabello desordenado, la blusa apenas abotonada y la intención firme de fingir que todo estaba bajo control.
Y me encontré con sus ojos abiertos.
Despierto.
Observándome.
Recostado de lado, apoyado sobre un brazo, la sábana cubriéndole apenas la cintura. Su mirada recorría mi figura sin pudor… pero tampoco con vulgaridad.
Había algo más.
Satisfacción.
Ternura contenida.
Orgullo silencioso.
—Buenos días —dijo con la voz ronca, cargada de sueño.
Sentí un cosquilleo recorrerme la espalda.
—¿Cuánto tiempo llevas despierto?
—Lo suficiente para verte intentar escapar sin hacer ruido.
Mis mejillas ardieron.
—No estaba escapando.
Alzó una ceja.
—Claro que no.
Intenté mantener la compostura, pero mis ojos traicioneros bajaron un segundo. La sábana marcaba la firmeza de su cuerpo debajo. Recordé la sensación exacta de tenerlo dentro de mí. La forma en que me sostuvo como si no fuera a dejarme caer jamás.
Me quedé mirando un segundo de más.
—¿Terminaste de admirarme? —preguntó, una sonrisa ladeada dibujándose en su boca.
Aparté la mirada de golpe.
—Eres imposible.
Se incorporó despacio. La sábana se deslizó por su torso, dejando al descubierto su pecho y abdomen. No hizo el menor intento por cubrirse.
Sabía lo que hacía.
Siempre lo sabe.
—Ven aquí —dijo suavemente.
—No.
—Giselle.
Había algo diferente en su tono. No era una orden. Era una invitación.
Di un paso atrás.
—Esto… —respiré hondo—. Esto no debió pasar.
Él se levantó de la cama con calma, caminando hacia mí sin apresurarse. Su cercanía hacía que el aire se volviera más denso.
—¿Por qué?
—Porque tú y yo… —negué con la cabeza—. Esto es complicado.
—Lo complicado no significa incorrecto.
Su mano encontró mi cintura con una naturalidad que me desarmó. No apretó. No exigió. Solo sostuvo.
—Fue el vino —murmuré.
—No fue el vino.
—Yo no soy… —me trabé—. No soy de mezclar sentimientos con situaciones como esta.
—¿Y qué somos exactamente, Giselle? —preguntó en voz baja.
No supe responder.
Su otra mano subió despacio por mi espalda, deteniéndose entre mis omóplatos. Sentí su calor atravesar la tela fina de mi blusa.
—Mírame —susurró.
Lo hice.
Sus ojos no tenían burla. Ni arrogancia. Ni esa frialdad que suele usar como armadura.
Tenían algo suave. Vulnerable.
—Anoche no te forcé —dijo con calma—. No te convencí. No te manipulé. Me besaste primero la segunda vez.
Mi corazón dio un salto.
—Eso no ayuda.
Sonrió apenas.
—Sí ayuda. Porque significa que lo quisiste tanto como yo.
Tragué saliva.
—No sé qué significa esto.
—No tiene que significar nada hoy —respondió—. Solo fue real.
El silencio entre nosotros no fue incómodo. Fue intenso.
Sus dedos subieron hasta mi rostro. Apartó un mechón de cabello rojo detrás de mi oreja con una delicadeza que me dejó sin aire.
—No me arrepiento —confesó.
Eso me golpeó más que cualquier provocación.
—¿Ni un poco?
Negó despacio.
—Despertar contigo así… —su pulgar rozó mi mejilla—. No.
Mi voz salió más pequeña de lo que quería.
—Me asusta que esto me guste.
Sus labios se curvaron apenas.
—A mí también.
Esa confesión me hizo reír bajito, nerviosa.
—¿Tú asustado?
—Contigo… sí.
El mundo se volvió silencioso.
Me acerqué sin pensar. Mis manos subieron hasta su pecho, recorriendo las líneas firmes bajo mi palma. Sentí su respiración cambiar.
—No me mires así —susurré.
—¿Así cómo?
—Como si ya supieras que me voy a quedar.
Su sonrisa se suavizó.
—No lo sé. Solo lo espero.
Su frente descansó contra la mía.
Y esta vez no hubo urgencia.
Sus labios rozaron los míos despacio. Un beso lento, consciente. Sin hambre. Sin prisa. Como si estuviéramos aprendiendo el sabor del otro por primera vez.
Lo besé de vuelta.
Con menos miedo.
Con más intención.
Sus manos se deslizaron por mi cintura, no para dominar, sino para acercarme. Mi cuerpo respondió sin resistencia.
—Dexter… —murmuré contra su boca.
—Dime.
—No me prometas nada que no puedas cumplir.
Sus labios rozaron mi mejilla, luego mi sien.
—No prometo nada —susurró—. Solo quiero intentar.
Eso fue más peligroso que cualquier juramento.
Me aparté apenas, intentando recuperar el equilibrio.
—Deberíamos levantarnos.
—¿Deberíamos?
—Sí.
Sus dedos se deslizaron por mi muñeca, tirando suavemente.
—Cinco minutos más.
Sonreí.
—Eres un manipulador.
—Solo contigo.
Volví a besarlo, esta vez yo iniciando. Más profundo. Más decidido. Sus manos respondieron al instante, firmes pero cuidadosas, como si temiera romper algo frágil entre nosotros.
Cuando nos separamos, ambos respirábamos distinto.
Más conectados.
Más conscientes.
—Será mejor que no volvamos a tomar —murmuré, intentando sonar firme.
Él apoyó la frente en la mía y sonrió.
—Entonces tendremos que hacerlo sobrios.
Mi corazón dio un vuelco.
Y por primera vez desde que entré en su mundo…
No quise huir.