Tiene una nueva oportunidad para redimirse y busca ser feliz junto a las personas que ama.
* Esta novela es parte de un mundo mágico*
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Sueños
A veces me despertaba con el corazón apretado, como si esos sueños no fueran solo imágenes ajenas, sino recuerdos prestados. Siempre comenzaban igual.. la misma pregunta suspendida en el aire, casi como un susurro de los dioses.
¿Qué harías si pudieras volver el tiempo atrás?
En mis sueños, yo era testigo.. no protagonista.. de la vida de esa mujer hermosa de otro siglo. Su belleza era innegable, casi cruel, como una promesa incumplida. Tenía la piel clara, el cabello e un tono rubio oscuro o miel, que brilla bajo la luz del sol del prado. y una mirada que siempre parecía buscar algo más allá de lo que tenía frente a sí. Y lo que tenía… nunca era suficiente.
Vivía con su abuela en una casa pequeña, humilde, pero limpia hasta brillar. Las paredes estaban cubiertas de flores trepadoras y el aire siempre olía a tierra húmeda y raíces recién arrancadas. La anciana se levantaba antes del amanecer, con manos cansadas pero firmes, para trabajar el huerto. Le enseñaba a sembrar, a reconocer las plantas, a agradecer lo poco. Le hablaba de paciencia, de dignidad, de sobrevivir sin perder la ternura.
Pero la joven no escuchaba.
En mis sueños la veía gritarle, con palabras afiladas como cuchillos, reprochándole su pobreza, su ropa gastada, su vida pequeña. Le decía que era injusto, que el mundo le debía más, que alguien como ella no había nacido para ensuciarse las manos con tierra. La abuela bajaba la mirada, no por culpa, sino por tristeza. Y aun así, cada noche le dejaba la comida caliente, cada mañana la despertaba con cuidado.
Con el tiempo, los sueños cambiaron.
Ya no mostraban solo la crueldad, sino las consecuencias. La abuela moría.. siempre en silencio, siempre sin reproches.. y la casa quedaba igual de pequeña, pero ahora vacía. Las flores se marchitaban, el huerto se llenaba de maleza. Y la mujer hermosa… no sabía hacer nada.
No sabía sembrar.
No sabía cocinar.
No sabía trabajar.
No sabía amar.
La veía sentada en el suelo, rodeada de objetos inútiles, llorando no por la abuela, sino por ella misma. Por la vida que imaginó y nunca construyó. Por haber despreciado el único amor que tuvo. Por creer que la belleza era un pasaporte y no una carga.
Ahí era cuando despertaba.
Y ya no podía dejar de pensar..
[¿qué habría hecho yo si fuera ella? ¿Habría escuchado? ¿Habría aprendido? ¿O también habría confundido el derecho a soñar con la obligación de merecer?]
La noche la venció sin ceremonia. El cansancio era tan profundo que apenas tocó la almohada y el mundo real se disolvió, como si alguien hubiera soplado una vela invisible. Y entonces, otra vez, los sueños.
Pero esta vez eran distintos.
No era una espectadora.
Era pequeña.
Se veía a sí misma con ojos de niña, de no más de tres años, con las manos manchadas de polen amarillo y los dedos pegajosos de savia. Caminaba torpemente entre las plantas de la abuela, tropezando con raíces que conocía mejor que cualquier juguete. Reía sin dientes perfectos, se agachaba a tocar la tierra, arrancaba flores solo para olerlas y luego las olvidaba. A ratos se cansaba y se quedaba dormida bajo los grandes árboles, donde las hojas filtraban la luz y el viento cantaba suave, como un arrullo antiguo.
Todo era tibio. Familiar. Demasiado real.
Cuando despertó, lo primero que sintió fue el olor.. tierra húmeda, hierbas aplastadas, flores abiertas por el sol. Frunció el ceño, confundida. Eso no era su departamento. No había paredes blancas, ni ruido de autos, ni el zumbido lejano de la ciudad. Sobre ella solo había cielo y ramas.
Se incorporó de golpe.
El corazón le martillaba con fuerza. Miró sus manos. Pequeñas. Redondas. Sucias de polen. Miró su ropa.. un vestido simple, manchado de flores y barro. No había rastro de la joven universitaria que era, de sus cuadernos, de su vida ordenada y cansada.
El pánico la atravesó como un rayo.
—Estoy soñando.. Tiene que ser un sueño.
Corrió. O intentó hacerlo. Sus piernas cortas no respondían como esperaba y el suelo era irregular. Tropezó, cayó, sintió el golpe seco contra la tierra. El dolor en las rodillas fue inmediato, punzante, real. Lloró, no solo por la caída, sino por el terror de comprenderlo.
Eso no pasaba en los sueños.
Aún así, su mente buscó explicaciones desesperadas.. parálisis del sueño, una alucinación, su cuerpo engañándola. Se aferró a cualquier idea que le permitiera volver a la lógica, al mundo donde todo tenía nombre y sentido.
Con las rodillas ardiendo y la respiración temblorosa, se dejó caer otra vez sobre la hierba. Cerró los ojos con fuerza, como si así pudiera despertar de verdad. Se dijo que dormiría un poco más, que al abrirlos estaría de nuevo en su cama, en su departamento, en su vida.
Y se durmió.
Sin saber que no estaba escapando del sueño… sino hundiéndose más profundo en él.