El amor es un suspiro mortal; la obsesión es un hambre eterna.”
Francois es un joven florista cuya vida es un jardín de luz y serenidad. Su mundo gira en torno a Margaret, su prometida, una mujer cuya calidez es el único refugio que necesita. Pero la felicidad de los mortales siempre atrae a las sombras, y para Demon, un vampiro antiguo que ha olvidado lo que significa sentir, Francois no es solo una presa: es una obsesión.
Demon no busca simplemente la sangre de Francois; desea corromper su pureza, quebrar su voluntad y poseerlo como la joya más preciada de su colección macabra. Consumido por unos celos patológicos hacia Margaret, el vampiro inicia un asfixiante juego de manipulación psicológica. A través de visiones aterradoras, regalos envenenados y la seducción del poder prohibido, Demon comienza a aislar a Francois de la realidad, sembrando la desconfianza y la paranoia en la pareja.
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Capítulo 16: La Luna de los Desterrados
La noche en San Jude ya no era eléctrica ni gótica; era, por primera vez en siglos, una noche de silencio absoluto. Pero era un silencio inquietante, el tipo de calma que precede a una tormenta que no trae lluvia, sino garras.
Clara Miller cerraba la puerta de la florería "El Lirio de Francois". Sus manos, ahora marcadas por el trabajo duro y carentes de cualquier brillo sobrenatural, le dolían por el frío otoñal. Margaret estaba dentro, preparando el té, ajena al cambio sutil en la dirección del viento.
Clara se detuvo en la acera. Sus sentidos, aunque técnicamente humanos, conservaban una "memoria" de su pasado. El aire olía a pelaje mojado, a pino triturado y a algo que su instinto primario identificó como peligro absoluto.
—¿Clara? ¿Vas a entrar? —llamó Margaret desde la cocina.
—En un momento, mamá. Solo... estoy respirando el aire.
Clara caminó hacia el callejón lateral. Allí, entre los cubos de basura y las sombras que el Lirio de la Desolación no pudo iluminar, lo vio.
No era un hombre, ni era un lobo. Era una masa de músculos y pelaje grisáceo, de casi dos metros de altura, agachada sobre los restos de un perro callejero. Los ojos de la criatura no eran dorados como los de su padre; eran de un verde fosforescente, el color de la clorofila y la podredumbre del bosque profundo.
El Primer Encuentro
La criatura se irguió. El sonido de sus huesos recolocándose era como ramas secas rompiéndose bajo la nieve. Clara retrocedió, su mano buscando instintivamente la daga de cristal que ya no colgaba de su cinturón. Estaba indefensa.
—Tú eres la que apagó la noche —la voz de la criatura era un gruñido gutural, una vibración que parecía nacer del suelo mismo—. La cachorra de los Miller. La que cree que el mundo es un jardín de flores cortadas.
—¿Quién eres? —preguntó Clara, tratando de que su voz no temblara.
—Soy Varg, de la Manada de Fenris. Y no he venido a beber tu sangre como esos parásitos pálidos que llamabas amos. He venido a ver si queda algo de vida en esta ciudad de muertos vivientes.
Varg dio un paso hacia la luz de la farola. Su rostro era una mezcla aterradora de rasgos humanos y lupinos: el hocico alargado, las orejas puntiagudas y una cicatriz que le cruzaba la cara, un recordatorio de que su especie no conocía la piedad.
—Los vampiros se han ido —dijo Clara con firmeza—. San Jude es libre.
—¿Libre? —Varg soltó una carcajada que sonó como un aullido sofocado—. Habéis cambiado una correa de seda por una de hierro. Habéis matado el hambre, y sin hambre, no hay vida. El bosque está reclamando lo que le pertenece, Miller. Tu "Lirio de la Desolación" ha roto el velo, y ahora los que aúllan están hambrientos.
La Emboscada en el Invernadero
Antes de que Clara pudiera responder, el techo de la florería vibró. No fue un estruendo tecnológico de Aegis-Lux; fue el impacto de cuerpos pesados. Cuatro sombras más saltaron desde los edificios colindantes, rodeando a Clara y a Varg. Eran más jóvenes, más salvajes, con ojos rojos de furia de sangre.
—Varg, el Alfa ha dado la orden —dijo uno de los recién llegados, un licántropo de pelaje negro azabache—. La hembra humana debe ser el primer sacrificio. Su sangre cerrará la herida que su padre abrió en la tierra.
Varg miró a Clara y luego a sus hermanos de manada. Se interpuso entre ellos, mostrando unos colmillos que brillaron bajo la luna.
—Ella no es una presa común, Kael. Ella es la que derrotó a Julianis. Matarla ahora sería un desperdicio. Hay poder en sus manos, el poder de la Raíz.
—¡Es una debilitadora! —rugió Kael, lanzándose al ataque.
Lo que siguió fue una danza de violencia primordial. Varg interceptó a Kael en el aire, y ambos rodaron por el callejón en una nube de garras y colmillos. Clara corrió hacia la puerta trasera de la tienda.
—¡Mamá! ¡Cierra las puertas! ¡Sube al ático! —gritó Clara mientras entraba.
El Regreso del Instinto
Margaret estaba en shock, viendo a través de la ventana cómo las bestias destrozaban el mobiliario exterior. Clara corrió al sótano. Ya no había cristales de obsidiana ni máquinas de Aegis-Lux, pero quedaba algo que Francois había escondido antes de morir: un pequeño cofre de madera de roble sellado con cera de abeja.
Lo abrió con manos febriles. Dentro no había armas, sino semillas. Semillas de Acónito Purpúreo, la flor que en las leyendas antiguas era conocida como la "Perdición de los Lobos", pero que su padre había modificado para ser algo más: un catalizador de comunicación.
—Papá, ayúdame una vez más —susurró Clara.
Tomó un puñado de tierra del suelo del sótano, el suelo que aún conservaba la esencia de la Gran Detonación, y mezcló las semillas con su propia saliva. En el mundo de los licántropos, el olor es la ley. Si quería sobrevivir, no podía luchar contra ellos; debía hablar su idioma.
El Pacto de Sangre y Raíz
Clara regresó al callejón. Varg estaba herido, inmovilizado por dos de los suyos, mientras Kael se acercaba a ella con la intención de desgarrarle la garganta.
—¡Parad! —gritó Clara.
No fue un grito de miedo. Fue una vibración. Clara apretó las semillas en su puño y las lanzó al suelo. Instantáneamente, gracias a la humedad residual del Lirio de la Desolación que aún impregnaba el sustrato de San Jude, las flores brotaron en segundos, trepando por las paredes y liberando un polen azulado que brillaba en la oscuridad.
El efecto en los hombres lobo fue inmediato. Kael se detuvo, confundido. El polen no los quemaba como la plata; los calmaba. Sus mentes, normalmente nubladas por la furia de la transformación, se aclararon. Vieron a Clara no como una presa, sino como una parte del ecosistema que estaban intentando destruir.
—Este es el Jardín de los Miller —dijo Clara, su voz resonando con una autoridad que ella no sabía que aún poseía—. No somos vuestros enemigos. Los vampiros querían un mundo de estatuas; Aegis-Lux quería un mundo de máquinas. Nosotros queremos un mundo que respire. Si nos destruís, destruiréis la única voz que puede mediar entre vuestro bosque y la ciudad de los hombres.
Varg se liberó y se puso en pie, recuperando su forma humana parcial, aunque seguía cubierto de sangre. Miró a Clara con un respeto renovado.
—Kael, vete —ordenó Varg—. Dile al Alfa que la Dama de las Espinas ha despertado un nuevo tipo de bosque. Si entramos en guerra con ella, la ciudad se convertirá en un pantano que nos tragará a todos.
Kael gruñó, pero el polen de Acónito estaba debilitando su agresividad. Con una última mirada de odio, él y los demás saltaron hacia los tejados, perdiéndose en la negrura de la noche.
La Nueva Amenaza
Varg se quedó atrás, jadeando. Clara se acercó a él, no con una daga, sino con un vendaje de lino que Margaret le entregó desde la puerta.
—¿Por qué me ayudaste? —preguntó Clara mientras curaba la herida en el costado del licántropo.
—Porque el Alfa, mi padre, se ha vuelto loco —respondió Varg—. No quiere equilibrio. Quiere el "Invierno Eterno". Cree que si San Jude cae, la naturaleza recuperará su trono. Pero yo he visto lo que hay en las montañas. Hay algo más, Clara. Algo que nos está persiguiendo a nosotros también.
—¿Qué cosa?
Varg miró hacia el norte, donde las cumbres de las montañas se recortaban contra la luna.
—Los antiguos espíritus que Julianis mantenía encerrados. Al matarlo a él, rompiste las cadenas de cosas que no tienen nombre. La Manada de Fenris es solo la vanguardia. El bosque no viene a visitarte, Miller. El bosque viene a devorar lo que queda de la civilización.
Clara miró su jardín. Las flores blancas del Volumen 3 se estaban volviendo de un verde oscuro y salvaje. Comprendió que el sacrificio de su padre no fue el final de la historia, sino el inicio de una era mucho más primitiva.
—Entonces tendremos que construir un muro de espinas —dijo Clara, mirando a Varg—. Pero esta vez, necesitaremos colmillos que nos ayuden.
ah y otra cosa que pasara cuando se le quite la obsesión y lo pruebe por que a parecer todo es un simple capricho el no esta enamorado de francois?!!!