Nací entre lujos, rodeada de poder, creyendo que el amor sería el único territorio donde nadie podría obligarme.
Me equivoqué.
Mi padre decidió mi destino con una firma.
Mi esposo selló mi condena con su desprecio.
Y yo… yo aprendí demasiado tarde que no todos los cuentos de hadas comienzan con una boda.
y que incluso en jaulas doradas se puede morir lentamente.
NovelToon tiene autorización de Liose Tess para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
capitulo 1 matrimonio arreglado
Nunca olvidaré el día en que mi vida dejó de pertenecerme.
El despacho de mi padre siempre había sido territorio prohibido. No por una regla escrita, sino por algo mucho más contundente: su presencia. Allí dentro no se discutía, no se opinaba, no se soñaba.
Se obedecía.
Cuando la secretaria me pidió que pasara, supe que algo no estaba bien. Mi padre no interrumpía mis tardes sin una razón importante, y mucho menos con ese tono seco, cortante, casi quirúrgico.
Cerré la puerta tras de mí.
El sonido resonó como un presagio.
—Siéntate.
Ni siquiera levantó la mirada. Permanecía inclinado sobre unos documentos, como si lo que estaba a punto de decirme no tuviera el peso suficiente para merecer sus ojos.
Me senté.
Las manos frías.
El corazón inquieto.
—He tomado una decisión sobre tu futuro.
Mi estómago se contrajo.
—¿Mi futuro?.
Entonces me miró.
Y en sus ojos no había duda. Ni afecto. Ni esa calidez que las hijas creen encontrar en sus padres.
Solo determinación.
—Te casas.
El aire desapareció.
No sentí sorpresa. Sentí algo peor.
Desorientación.
—¿Qué…?
—Tu matrimonio ya está arreglado.
Las palabras cayeron despacio, pero su impacto fue brutal.
Mi mente se negó a procesarlas.
Porque yo ya estaba enamorada.
Porque mi vida ya tenía nombre.
—Padre, yo no…
—Es un excelente acuerdo —interrumpió.
Acuerdo.
No amor.
No elección.
No felicidad.
Un maldito acuerdo.
—No soy una empresa —susurré.
—Eres mi hija.
Su voz fue firme. Irrefutable.
—Y harás lo que sea necesario para esta familia.
La rabia comenzó a arderme en el pecho.
—Estoy enamorada.
hubo un enorme Silencio.
No de sorpresa.
De molestia.
—El amor no sostiene imperios.
—Pero sostiene vidas.
Su mandíbula se tensó.
—No discutirás esto.
—¡Es mi vida!
El golpe de su mano contra el escritorio me hizo estremecer.
—¡Es mi decisión! ¡Y eso es lo que harás!
Las palabras retumbaron entre las paredes como un disparo.
Lo miré.
Y por primera vez no vi a mi padre.
Vi al hombre capaz de vender mi destino.
—¿Con quién? —pregunté, con la voz quebrada, era en vano llevarle la contraria, no ganaría absolutamente nada.
Él tomó una carpeta, la abrió con calma, como si estuviera cerrando un negocio más.
—Con el hombre que garantizará la estabilidad de esta familia.
Deslizó una fotografía hacia mí.
No quise mirarla.
Pero lo hice.
Y el mundo terminó de derrumbarse.
Yo conocía ese hombre, lo conocía mejor que a nadie, porque lo había amado.
Porque creí… En algún momento crei que él me amaba también.
Mi corazón dejó de latir.
—No…
Mis dedos temblaron al tocar la imagen.
Su sonrisa perfecta.
Su mirada impecable.
El hombre que creí que algún día me elegiría por voluntad propia, hoy estará junto a mi, pero no como quise, si no por un maldito acuerdo comercial, un tipo de beneficio entre familias.
—Esto es una crueldad…
—Esto es estrategia.
Refutó mi padre.
—Él no me ama… No puedo hacer esto.
Mi padre me sostuvo la mirada.
Frío. Inmutable.
—Aprenderá. Eso tú tienes que hacerlo. Tú tienes que lograr que él te ame, si tanto te importa eso del amor.
Sentí cómo algo dentro de mí se rompía.
No era solo miedo.
Era la intuición brutal de que acababa de convertirme en prisionera, y está vez no solo sería prisionera de mi padre.
—La boda será en tres meses.
culminó.
Tres meses.
Noventa días para despedirme de la mujer que fui.
—Puedes retirarte.
me dijo, al ver que seguía como una estatua después de la noticia que me acababa de dar.
Mi cuerpo no reaccionaba, mis ojos picaban por las lágrimas que amenazaban por salir. pero mi padre, él seguía enfrente de mi como si nada.
Como si no acabara de destruirme.
Me levanté sin sentir las piernas. La fotografía seguía en mi mano, clavándose como una daga invisible.
Antes de salir, reuní el valor que no sabía que aún tenía.
—Algún día voy a odiarte por esto. - le dije mientras seguía dándole la espalda.
No respondió.
no refutó.
solo se quedó en silencio.
Y en ese silencio entendí algo aterrador:
A mi padre nunca le ha importó si yo era o no feliz. A él solo le importa si era útil.