Emanuel lo tiene todo… menos la libertad de ser quien realmente es.
El mejor alumno de la universidad, el hijo perfecto, un secreto que pesa demasiado.
Una cita equivocada lo lleva a conocer a Sasha y a su hermano Héctor, alguien que vive sin esconderse y despierta en él lo que siempre negó.
Entre miradas prohibidas, decisiones difíciles y una verdad que amenaza con salir a la luz, Emanuel deberá elegir entre seguir fingiendo o amar sin miedo.
Porque hay silencios que duelen más que cualquier verdad.
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Capítulo V — Cuando alguien se queda
Desde que Sasha había empezado a sentarse a su lado, Emanuel sentía que el aula era un poco menos hostil.
No era que todo hubiera cambiado de golpe, pero había detalles. Pequeños. Importantes.
La forma en que ella dejaba su mochila apoyada contra la de él, como marcando territorio.
La manera en que le pasaba apuntes aunque él no los necesitara, solo para inclinarse y susurrarle algún comentario tonto.
O cómo lo miraba cada vez que él dudaba, como diciéndole sin palabras: estoy acá.
Emanuel seguía siendo Emanuel. Callado. Correcto. El mejor alumno del curso.
Pero ahora, a veces… sonreía.
—Che —dijo Sasha una mañana, apoyando el mentón en la mano—, creo que me estoy convirtiendo oficialmente en tu guardaespaldas.
Emanuel levantó la vista del cuaderno, confundido.
—¿Qué?
—Mi hermano me lo pidió —agregó ella, con total naturalidad.
Él se quedó quieto.
—¿Héctor?
Sasha giró la cabeza apenas, lo miró con una sonrisa pícara y habló lo suficientemente alto como para que Emanuel la escuchara bien.
—¿Sentís celos, hermanito?
Emanuel casi se atragantó con el aire.
—¡No! —respondió demasiado rápido.
Sasha soltó una carcajada.
Desde el fondo del aula, Héctor observaba la escena con una media sonrisa torcida. Lejos de molestarse, parecía divertido. Como si ver a Emanuel nervioso le despertara algo nuevo… algo que le daba ganas de quedarse mirando un rato más.
Todo iba sorprendentemente bien.
Había risas. Comentarios en voz baja. Emanuel incluso se permitió hacer un chiste torpe sobre el profesor de matemáticas, y cuando Sasha se rió fuerte, él no bajó la cabeza.
Por primera vez en mucho tiempo, se sintió… liviano.
Hasta que Lucas apareció.
—Mirá vos —dijo, deteniéndose junto al banco de Emanuel—. Ahora tenés guardaespaldas y todo.
Emanuel sintió cómo el cuerpo se le tensaba de inmediato. Las manos le sudaron.
—Dejalo en paz —dijo Sasha, sin perder la sonrisa, pero con la voz firme.
Lucas la miró de arriba abajo.
—¿Y vos quién sos? ¿La niñera?
Antes de que Emanuel pudiera decir algo, una silla se movió bruscamente.
—Ey —intervino Héctor, ya de pie—. ¿Tenés algún problema?
Lucas giró hacia él, sorprendido.
—No es asunto tuyo.
—Ahora sí —respondió Héctor, acercándose un paso más.
El ambiente se volvió espeso. Emanuel sentía el corazón golpeándole el pecho. No quería problemas. Nunca los quería.
En ese exacto momento, la puerta del aula se abrió.
—¿Qué está pasando acá? —preguntó el profesor, con voz severa.
Todos se quedaron en silencio.
—Nada —dijo Lucas, rápido.
—Nada no —respondió el profesor—. Vos —señaló a Héctor—, afuera. Ahora.
—Pero él empezó —intentó explicar Emanuel, levantándose de golpe.
El aula quedó en shock.
El profesor lo miró como si no pudiera creer lo que veía.
—Emanuel… —dijo despacio—. ¿Vos defendiendo peleas? ¿Sabés que estás en malos pasos?
Emanuel sintió que algo se rompía por dentro.
—Yo solo estaba explicando…
—Sientate —ordenó el profesor—. Ya hablaremos.
Héctor salió sin decir una palabra.
Emanuel volvió a sentarse, pero ya no escuchó el resto de la clase.
Sasha lo observó con atención. Vio sus hombros tensos, la mirada baja, la lucha interna.
Se inclinó hacia él, le guiñó un ojo y susurró:
—Ve por mi hermano.
Emanuel la miró.
Ella sonrió, segura.
—Yo me encargo acá.
Emanuel dudó apenas un segundo. Luego se levantó, tomó su mochila y salió.
El pasillo estaba casi vacío.
Héctor estaba apoyado contra una pared, con las manos en los bolsillos, mirando al piso.
—Hey… —dijo Emanuel, acercándose—. Lo siento. No quería que te echaran.
Héctor levantó la vista. Lo miró de una forma distinta. Más suave.
—No pasa nada —respondió—. Igual ya me quería ir.
Hubo un silencio incómodo.
—Sasha me mandó —admitió Emanuel.
Héctor sonrió.
—Claro que sí.
Caminaron juntos por el pasillo. Sin apuro. Sin ruido.
Emanuel sentía el corazón acelerado, pero no de miedo.
—Che —dijo Héctor de repente—. Te invito a comer. Así compensamos el desastre.
Emanuel lo miró, sorprendido.
—¿En serio?
—En serio.
Y mientras avanzaban lado a lado, Emanuel entendió algo importante.
Tal vez no estaba en malos pasos.
Tal vez, por primera vez, estaba empezando a caminar en la dirección correcta