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367 Días Con Invierno

367 Días Con Invierno

Status: En proceso
Genre:Amor en la guerra / Batalla por el trono / Mundo mágico / Viaje a un mundo de fantasía / Romance / Romance paranormal
Popularitas:1.6k
Nilai: 5
nombre de autor: Gabrielcandelario

En el antiguo continente de Aethelgard, las estaciones no son ciclos naturales, sino deidades malditas que caminan sobre la tierra. Caelum, el Señor del Invierno, ha sumido al Reino del Sol en una era de hielo perpetuo debido a una antigua traición. La única forma de apaciguar su furia y evitar que la humanidad muera de frío es el "Pacto del Bisiesto": entregarle a una mortal nacida bajo la luz del solsticio para que viva con él en su Fortaleza de Escarcha durante exactamente 367 días. Si ella sobrevive sin perder la cordura o el corazón, la primavera regresará.

NovelToon tiene autorización de Gabrielcandelario para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Cap 24

Narrado por: Caelum

Las doce Sacrificadas Puras bajaron sus lanzas al unísono. El sonido de la obsidiana contra el suelo de cristal resonó como una sentencia de muerte en la inmensa Cámara de la Forja.

—El Protocolo de Exterminio no admite excepciones, Rey Caído —la voz de la líder gólem, Aethelgard, retumbó directamente en el aire, fría y metálica—. Entregad a la portadora de la plaga.

Aura dio un paso al frente, levantando su brazo derecho. El fuego negro de Deshielo, fusionado con su carne, ardió con una violencia ensordecedora, escupiendo chispas que quemaban la piedra volcánica.

—¡Venid a buscar el brazo, estatuas del infierno! —rugió la humana, sus ojos brillando con la euforia tóxica de la ceniza.

Me interpuse entre ella y la falange de obsidiana. Invoqué una daga de hielo en mi mano izquierda, pero no la apunté hacia los gólems. La apunté hacia mi propia palma derecha.

—Aura, escúchame bien —le ordené, sin apartar la vista de los visores azules de las Sacrificadas—. Tienes exactamente tres minutos antes de que mi sangre se evapore y sus escudos rúnicos se reactiven.

—¿Tres minutos para qué? —preguntó ella, apretando los dientes mientras el fuego de su brazo intentaba extenderse hacia su hombro—. ¡Puedo fundirlas a todas!

—¡Si desatas ese poder aquí, destruirás la Forja y el Martillo Estelar con ella! —grité—. ¡Y te convertirás en un monstruo de forma permanente! ¡Corre hacia el yunque! ¡Levanta el martillo y aplasta esa espada contra el meteorito!

—¡Es mi brazo, Caelum!

—¡Es la única forma de separarte del metal maldito! —apreté la empuñadura de mi daga—. ¡Amputación mágica! ¡Yo retendré a las doce! ¡Corre!

Aethelgard levantó su inmensa espada de piedra.

—Ejecutadlos.

Las doce estatuas colosales cargaron contra nosotros, haciendo temblar los ríos de lava que rodeaban la plataforma.

No lo dudé. Clavé la daga de hielo en mi propia palma. El dolor fue agudo, limpio. Apreté el puño y dejé que mi sangre azul, la sangre de los Primeros Reyes, goteara sobre el suelo de la Forja.

—¡Anulación Real! —bramé.

Golpeé el suelo con mi puño ensangrentado. Una onda de choque de luz azulada, pura y gélida, se expandió en círculo. Cuando la onda golpeó a las Sacrificadas, las runas doradas de sus escudos de fuerza parpadearon y se apagaron con un silbido de energía muerta.

—¡Están vulnerables! ¡Ahora, Aura! ¡Al yunque!

Aura no discutió más. Giró sobre sus talones y salió disparada hacia el centro de la cámara, esquivando el primer barrido de la lanza de Aethelgard.

—¡Traición a la corona! —rugió la líder gólem, girando su visor hacia mí—. ¡Tu sangre no detendrá nuestro deber!

—¡Mi deber es el Norte, máquina ciega! —repliqué.

Invoqué un mandoble de hielo negro con ambas manos y me lancé directamente contra la formación de los gólems.

El primer impacto me sacudió hasta los dientes. Bloqueé un tajo vertical de una de las estatuas, sintiendo cómo el hielo crujía bajo la fuerza de dos toneladas de obsidiana. Deslicé mi hoja por el filo enemigo, me agaché por debajo de su guardia y le asesté un corte transversal en la articulación de la rodilla.

Sin su escudo rúnico, la piedra cedió. La pierna de la estatua se hizo pedazos y el gigante colapsó hacia adelante.

—¡Una menos! —grité, retrocediendo rápidamente para esquivar dos lanzas que buscaron empalarme.

—¡Caelum! —la voz de Aura me llegó desde la distancia—. ¡El martillo está sellado magnéticamente! ¡Pesa demasiado!

Miré de reojo. Aura había llegado al Yunque del Primer Rey. Estaba agarrando el mango del Martillo Estelar con su mano izquierda, tirando con todas sus fuerzas, pero la herramienta divina apenas se movía un centímetro del campo de estasis que la sostenía.

—¡No uses los músculos, usa el fuego! —le respondí a gritos, esquivando un escudo de piedra que me pasó rozando la oreja—. ¡Calienta el campo magnético hasta que se rompa! ¡Dos minutos!

Aethelgard se abrió paso entre sus hermanas. La líder no usaba lanza; empuñaba dos cimitarras de obsidiana pulida.

—El calor que ella porta devorará nuestra historia —sentenció Aethelgard, lanzando una ráfaga de ataques a una velocidad inhumana para su tamaño.

Paré el primer golpe, desvié el segundo, pero el tercero me alcanzó en el costado. La armadura de cuero se rasgó y sentí la quemadura de la fricción de la piedra contra mis costillas. Tropecé hacia atrás, tosiendo sangre azul.

—¡Nuestra historia ya está muerta, Aethelgard! —le grité, poniéndome en pie y lanzando un muro de escarcha para ganar tres segundos—. ¡Elian corrompió el Núcleo! ¡El ejército de la Primavera está subiendo por el pozo! ¡Si la matas, el Norte se queda sin defensas!

—Mejor el silencio del hielo que la corrupción de la ceniza —respondió la líder, destrozando mi muro de escarcha con un solo golpe de sus cimitarras cruzadas.

Cuatro gólems me rodearon por los flancos. Me había quedado sin espacio.

Canalicé el último residuo de Cero Absoluto que me quedaba en los pulmones. Exhalé una niebla congelante directamente sobre el suelo bajo sus pies pesados. Las cuatro estatuas resbalaron en el hielo instantáneo, perdiendo el equilibrio. Aproveché la brecha, salté sobre el hombro de la más cercana y le clavé el mandoble directamente en el visor azul.

La luz del gólem se apagó y cayó inerte.

—¡Un minuto, Aura! —rugí, saltando del cadáver de piedra justo antes de que Aethelgard partiera el aire donde yo había estado parado.

En el centro de la cámara, una llamarada de fuego negro y esmeralda iluminó el techo abovedado.

Aura había apoyado su brazo-espada contra el lateral del campo magnético del yunque. El calor extremo comenzó a deformar las ondas de energía de la Primera Era. Con un sonido similar al estallido de un cristal gigante, el campo de estasis colapsó.

El Martillo Estelar cayó sobre el yunque con un estruendo que hizo vibrar toda la montaña.

—¡Lo tengo! —Aura agarró el mango del martillo con su mano humana—. ¡Maldita sea, pesa como una montaña!

—¡Levántalo! —bramé, bloqueando otro embate de Aethelgard que casi me disloca los hombros—. ¡Treinta segundos! ¡Mis runas de anulación están parpadeando!

Miré el suelo. La sangre azul de mi mano comenzaba a cristalizarse. Las runas doradas en los pechos de los diez gólems restantes empezaron a emitir un zumbido sordo. Sus escudos de fuerza se estaban reiniciando.

Si recuperaban su invulnerabilidad, estaba muerto.

Aethelgard conectó un codazo de pura piedra contra mi mandíbula. Salí volando tres metros, estrellándome contra uno de los canales de cristal que contenía la lava de la fragua. El cristal se agrietó bajo mi peso. Caí al suelo, la visión borrosa, el sabor a sangre y metal llenándome la boca.

La líder gólem avanzó lentamente hacia mí, alzando sus cimitarras para la decapitación.

—El Rey ha caído. La Forja se limpia.

—¡Caelum! —el grito de Aura resonó lleno de pánico.

Giré la cabeza. Aura había logrado levantar el Martillo Estelar. Lo sostenía en alto, sus músculos temblando por el esfuerzo sobrenatural, pero no lo golpeaba contra el yunque. Estaba mirando su brazo derecho.

La espada de fuego negro, consciente del peligro, se estaba rebelando. Las lianas de obsidiana fundida se retorcían como serpientes intentando trepar por su cuello.

—¡No puedo hacerlo! —sollozó ella, sus ojos fijos en mí—. ¡Me dice que si lo golpeo, moriremos las dos! ¡Está hurgando en mi mente, Caelum!

—¡Te está mintiendo! —grité, apoyándome en mis codos mientras Aethelgard se cernía sobre mí—. ¡No eres su esclava! ¡Eres la hija de la ceniza y el hielo! ¡Corta esa maldita cadena!

Aethelgard bajó las espadas.

Rodé hacia la izquierda por puro instinto. Las hojas de piedra se clavaron en el suelo a milímetros de mi cuello, arrancando una lluvia de chispas.

Aura cerró los ojos y soltó un grito de guerra que rasgó sus propias cuerdas vocales.

Colocó la hoja de fuego negro de Deshielo plana sobre el núcleo del meteorito del yunque. Con su mano izquierda, dejó caer todo el peso del Martillo Estelar directamente sobre el metal fundido de su propio brazo.

El impacto no produjo sonido.

Produjo un vacío masivo. Todo el aire de la inmensa caverna fue succionado hacia el yunque en una fracción de segundo.

Y luego, estalló.

Una onda expansiva de pura energía blanca, una mezcla de magia primigenia purificada y fuego estelar, barrió la cámara. Me aferré a las grietas del suelo para no salir volando.

La onda golpeó a Aethelgard y a los nueve gólems restantes. La luz blanca no los destruyó, pero atravesó la piedra y purgó todos sus sistemas. Las estatuas se detuvieron en seco, paralizadas en medio de sus movimientos. Sus visores pasaron del azul gélido a un blanco inmaculado, y bajaron las armas simultáneamente.

El silencio que siguió fue absoluto, solo roto por el suave burbujeo de los canales de lava.

Me levanté a duras penas, agarrándome el costado herido, y miré hacia el centro de la sala.

Aura estaba tirada en el suelo, boca arriba, respirando de forma irregular.

A su lado, sobre el Yunque del Primer Rey, Deshielo ya no era una aberración de fuego negro y lianas. El golpe del martillo había expulsado toda la corrupción de la Primavera. La espada volvía a ser una hermosa hoja de cristal de obsidiana puro, vibrando con una luz esmeralda suave y controlada.

Corrí hacia ella, mis botas patinando sobre el polvo de piedra.

—Aura... —me arrodillé a su lado.

Miré su brazo derecho. Estaba quemado, cubierto de las mismas cicatrices plateadas que adornaban sus antebrazos, pero la fusión había desaparecido. Su mano volvía a ser humana. Sus dedos temblaban, pero estaban libres de metal.

Ella abrió los ojos lentamente. Estaban inyectados en sangre, pero la oscuridad y la locura de la ceniza se habían esfumado.

—Dime que... dime que todavía tengo mano —susurró, sin atreverse a mirar.

—Tienes las dos, humana obstinada —le dije, arrancando un trozo de mi propia túnica para vendarle las quemaduras más graves—. Lo lograste. La has purgado.

—El parásito ha sido erradicado. Me puse en pie rápidamente, interponiéndome entre Aura y la líder de las Sacrificadas.

Aethelgard había caminado hacia nosotros, pero sus cimitarras estaban envainadas en su espalda de piedra. Se arrodilló sobre una pierna, haciendo que el suelo temblara ligeramente, e inclinó su inmensa cabeza ante Aura.

—El Martillo ha hablado —dijo la líder gólem—. La portadora ha demostrado dominio sobre la flama. Hemos sido ciegas ante la voluntad de los Ancestros. Las otras nueve estatuas se arrodillaron en círculo alrededor del yunque.

—La Forja y sus guardianas están ahora a tus órdenes, Portadora de la Llama Purificada. Ayudé a Aura a sentarse. Ella miró a las gigantescas estatuas arrodilladas a su alrededor, luego miró su espada purificada en el yunque, y finalmente me miró a mí.

—¿Eso significa que las diez estatuas de asedio más mortíferas del Norte ahora trabajan para mí? —preguntó ella, una sonrisa exhausta asomando en sus labios manchados de sangre.

—Parece que sí —respondí, sintiendo un peso gigantesco desaparecer de mis hombros, solo para ser reemplazado por otro—. Pero vamos a necesitarlas en los próximos cinco minutos.

Señalé hacia el pozo del ascensor destruido al fondo de la caverna.

Gritos de guerra, el sonido de botas marchando y el resplandor de las antorchas verdes comenzaron a ascender por las escaleras de caracol que rodeaban el pozo principal. El ejército de la Primavera, tras perder el ascensor, había subido a pie, y acababan de llegar a nuestro nivel.

Miles de soldados liderados por la vanguardia corrompida de Elian inundaban la entrada de la Forja.

Aura se puso de pie, agarró a Deshielo con su mano sana y apoyó el martillo sobre el yunque.

—Aethelgard —llamó Aura, su voz firme, clara, resonando con autoridad—. Levantaos. Tenemos invitados no deseados.

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Yerlis Ramos
Muy Muy buenas las imágenes 🤭🤭🤭 la del custodio ni hablar.🤣🤣🤣🤣
Yerlis Ramos
muy buenas las imágenes .
Yerlis Ramos
buenísima la imagen .. 10/10
Yerlis Ramos
hermoso Capitulo. 🥰👏👏
Yerlis Ramos
Excelenteeee..
Yerlis Ramos
🥰🥰 Excelente comienzo 🥰🥰
Katy
Muchas felicidades fascinante historia ,gran imaginación 😘😘😘
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