Sinopsis
Tras morir en un trágico accidente, Sheila Roy despierta en el cuerpo de Saori, la hermana mayor de un personaje secundario en una popular novela de supervivencia zombie. Sabiendo que el fin del mundo comenzará en cuestión de días, utiliza sus conocimientos y los recursos de sus padres para construir un búnker inexpugnable y rescatar a sus hermanos.
Sin embargo, tras la primera noche del apocalipsis, Saori recupera un recuerdo aterrador: el mundo en el que habita no pertenece a una sola novela, sino a la fusión de dos historias distintas. La segunda trama introduce las "Olas de Mutación", eventos globales que transforman el clima, la flora y la fauna en depredadores letales.
Ahora, con un bebé rescatado, un perro que empieza a mostrar una inteligencia inquietante y un grupo de supervivientes bajo su mando, Saori debe liderar a los suyos a través del "Destello de los Mil Soles", un sueño profundo que marcará el inicio de la verdadera evolución biológica.
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Capitulo 17
Al amanecer del octavo día, la penumbra del búnker se rompió con un jadeo violento. Sora se incorporó en la litera, con el pecho subiendo y bajando como si acabara de emerger de las profundidades de un océano negro. Saori dejó caer la tablet y corrió hacia él, envolviéndolo en un abrazo que olía a alivio y a la desesperación acumulada de una semana de vigilia.
—Estás aquí, Sora... por fin —susurró ella, hundiendo el rostro en su hombro.
Sora intentó responder, pero al extender la mano para apartarse el cabello, un vaso de metal que estaba sobre la mesa auxiliar salió disparado hacia el techo. No se cayó; se quedó suspendido en el aire, vibrando violentamente como si una mano invisible lo apretara contra el hormigón.
—¿Qué... qué es esto? —balbuceó Sora, mirando sus propias manos con terror—. Saori, no lo estoy tocando. ¡Siento que el aire pesa toneladas!
Saori miró el vaso y luego a su hermano. La interfaz azul parpadeó en su visión, confirmando lo que su intuición ya sabía:
[Sujeto: Sora Scott]
[Clase: Mental / Subclase: Telequinetismo Puro]
[Nivel de Potencial: S]
—Tranquilo, respira —le pidió Saori, intentando estabilizarlo con su propia energía mental—. Es el Veredicto, Sora. El mundo cambió mientras dormías.
Sora cerró los ojos y, con un esfuerzo visible, el vaso descendió lentamente hasta posarse de nuevo en la mesa, aunque el metal quedó abollado con la forma de sus dedos. No era una simple habilidad de apoyo como la de Saori, cuya telequinesis se limitaba a crear barreras protectoras o proyectar pensamientos; lo de Sora era una fuerza de demolición. Él podía elevarse a sí mismo, doblar vigas de acero y, lo más aterrador, sentía que podía "presionar" la voluntad de los seres que lo rodeaban.
En ese momento, Near también comenzó a despertar en la otra litera. Se movió con una brusquedad felina, rodando fuera de la cama antes de estar plenamente consciente. En un movimiento que desafiaba la gravedad, interceptó una lámpara que Sora había hecho tambalear con su estallido de energía. Near atrapó el objeto con una pirueta técnica y fluida, aterrizando en una posición de combate perfecta que nunca había practicado en su vida.
—Yo... yo no sé cómo hice eso —susurró Near, mirando sus manos aterrado—. Siento que mi cerebro rebosa de tácticas de combate, de ángulos de ataque... es como si mi cuerpo recordara batallas que nunca he peleado.
Saori observó a ambos. El equipo estaba despertando, pero no eran las mismas personas que entraron al búnker. Eran armas vivientes.
—Escúchenme —dijo Saori, su voz adquiriendo un tono de mando que hizo que incluso Max se pusiera firme en el laboratorio—. Sora, tienes un poder mental devastador. Near, tu cuerpo ahora es una máquina de guerra. Pero afuera... afuera el clima está colapsando y las plantas están cazando zombies para alimentarse.
Se acercó a los monitores, donde la primera luz del "nuevo día" teñía el mundo de un violeta enfermizo. El aire afuera ya no era transparente; era una sopa metálica de esporas y frío gélido.
—Tenemos que movernos —sentenció Saori—. Si nos quedamos aquí, seremos el nido de algo que no podremos controlar.
Saori observó a su hermano con una mezcla de orgullo y un terror gélido que le recorría la columna. Aquello no era una simple mejora física; Sora estaba, en términos de aquel mundo, completamente roto. La capacidad de controlar a los no vivos significaba que podía convertir a las hordas de zombies en su propio ejército personal.
—Dos habilidades extrañas para mí... y un poder de mando absoluto para él —susurró Saori para sus adentros, mientras la interfaz azul de su visión parpadeaba erráticamente—. Alguien, o algo, nos ha diseñado para estar en la cima de esta pesadilla.
Pero no había tiempo para filosofar sobre el destino o los "personajes importantes" de una novela que ya no seguía el guion. Un crujido sordo, como el de un hueso gigante rompiéndose, resonó en las paredes de concreto del búnker.
Sora se tensó, mirando hacia el techo.
—¿Qué fue eso? —preguntó, su voz aún ronca por el letargo.
—El búnker está cediendo, Sora —respondió Saori, señalando una de las esquinas superiores donde una raíz negra, delgada como un látigo pero dura como el acero, empezaba a asomar a través de una grieta en el hormigón—. No es solo el clima. Esas cosas de afuera... están buscando el calor y la energía de nuestros paneles. Si nos quedamos aquí, el búnker se convertirá en nuestro ataúd en menos de cuarenta y ocho horas. Los filtros de aire ya están marcando niveles críticos de esporas.
Saori caminó hacia la consola central, donde la luz violeta del exterior se filtraba por las cámaras de seguridad. El mundo que conocían sería pronto un recuerdo borroso. Tendría que tomar una decisión drástica: quedarse y morir asfixiados por plantas mutantes, o salir y enfrentarse al caos climático que se avecinaba.
—Poco a poco, el oxígeno se está agotando —continuó Saori, ajustándose la mochila con firmeza—. Tenemos a Tesha, a los niños y a Max. No podemos permitir que el aire se vuelva veneno para ellos. Apenas el sol termine de salir y la temperatura se estabilice un poco, nos iremos.
Sora asintió, cerrando el puño. El vaso de metal que antes había levitado volvió a vibrar sobre la mesa, respondiendo a su agitación interna. Sabía que su hermana tenía razón. El refugio perfecto de sus padres ya no era rival para una naturaleza que había decidido devorar la civilización.
—Iremos a la Sede —sentenció Saori, mirando a Near, quien ya estaba revisando el filo de un cuchillo con una destreza mecánica impresionante—. Si ese laboratorio gubernamental todavía existe, es nuestra única oportunidad de encontrar respuestas... y quizás, una forma de detener lo que viene.
Max emitió un ladrido seco desde el laboratorio, un sonido que vibró en la mente de Saori como una señal de marcha. La puerta del búnker, que antes representaba su salvación, ahora era la única barrera entre ellos y su evolución definitiva.
El búnker ya no era un refugio; se sentía como una olla a presión a punto de estallar. La luz violeta del exterior se filtraba por las rendijas, recordándoles que el tiempo de esconderse se había terminado.
—Miren esto... —susurró Yuuta, rompiendo el silencio.
El niño se acercó al cristal donde Max descansaba. El imponente Rottweiler mutado, que antes solo respondía a Saori, inclinó la cabeza con una sumisión absoluta. Yuuta puso su pequeña mano sobre el vidrio y Max cerró los ojos, emitiendo un ronroneo vibrante.
—Siento que puedo... escucharlo. No con palabras, sino como si sus instintos fueran míos —dijo Yuuta. Saori vio cómo la interfaz parpadeaba sobre su hermano: [Título: Amo de las Bestias].
—No eres el único que ha cambiado, pequeño —intervino Near.
Se movió tan rápido que Sora apenas tuvo tiempo de parpadear. Near tomó un cuchillo de combate de la mesa y empezó a girarlo entre sus dedos con una destreza quirúrgica. Sus movimientos no eran los de un novato; eran los de un veterano de mil guerras.
—Es como si mi cerebro hubiera sido reprogramado —explicó Near, lanzando el cuchillo y atrapándolo por el mango sin mirar—. Resistencia, camuflaje, artes marciales... Nunca he entrenado, pero mi cuerpo sabe exactamente cómo matar.
En el rincón de la cocina, Naoko revolvía una pequeña olla con hierbas secas que Saori había rescatado. Un aroma dulce y medicinal empezó a llenar el aire, neutralizando el olor a humedad del búnker.
—Mi habilidad es... extraña —dijo Naoko, ofreciéndoles un ungüento que acababa de materializar—. Puedo crear antídotos y medicinas de la nada. Y lo mejor: puedo purificar cualquier cosa. Si cocino una planta mutante venenosa, se volverá nutritiva.
—Eso nos mantendrá vivos allá afuera —asintió Saori, aliviada. La habilidad de Naoko era una joya entre las Indefinidas.
De repente, un zumbido agudo llenó la sala. Asami, la pequeña, señalaba con el dedo hacia una de las grietas del techo por donde intentaba entrar un ciempiés mutante. El insecto se detuvo en seco, sus antenas vibraron y, en lugar de atacar, se dio la vuelta y empezó a sellar la grieta con su propia seda.
—Me hacen caso —murmuró Asami con una sonrisa tímida—. Son mis amigos. [Ama de los Insectos].
—Pues yo no necesito amigos bichos —gruñó Yair, el más rebelde.
Extendió su palma y una llama de un color negro azabache, fría pero devastadora, brotó de sus dedos. El Oscurecimiento consumió el aire alrededor, dejando una marca de quemadura perfecta en el suelo de metal.
Saori los miró a todos. Eran un equipo formidable, pero su mirada se posó finalmente en la cuna. Tesha seguía durmiendo. Su piel tenía un brillo nacarado y su respiración era rítmica, pero cuando Saori intentó usar su habilidad de Estadística sobre ella, el sistema solo arrojó una respuesta inquietante:
[Sujeto: Tesha]
[Habilidad: ¿¿¿???]
[Estado: En proceso de despertar crítico]
—¿Por qué ella es la única que no despierta? —preguntó Sora, acercándose con preocupación.
—No lo sé —respondió Saori, sintiendo un escalofrío—. Pero algo me dice que cuando lo haga, el mundo volverá a temblar.
Un estruendo masivo sacudió la puerta principal del búnker. No era un rasguño; era un golpe seco de algo con la fuerza de un camión.
—Se acabó el tiempo —sentenció Saori, activando su Telequinesis para asegurar las mochilas—. Sora, prepárate para abrir. Near, a la vanguardia. El sol ya salió, y es hora de ver en qué se ha convertido nuestro hogar.
Saori soltó un suspiro que no sabía que estaba reteniendo. Al ver a Tesha abrir sus pequeños ojos, un peso inmenso se levantó de su pecho. La bebé soltó un llanto vigoroso, un sonido tan lleno de vida que hizo que Max soltara un ladrido corto y entusiasta, agitando su cola metálica con tal fuerza que golpeó una silla de metal, abollándola como si fuera de papel.
—Bienvenida de nuevo, pequeña sobreviviente —murmuró Saori, cargándola con una ternura que contrastaba con la frialdad de su interfaz de sistema.
Sin embargo, al intentar usar su habilidad de Estadística, el ceño de Saori se frunció. Donde deberían aparecer los detalles del poder de la niña, solo flotaban tres caracteres intermitentes: [¿¿¿???].
—¿Por qué no puedo ver nada? —pensó Saori, entregándole la bebé a Naoko—. Quizás su núcleo aún es demasiado joven para procesar una categoría, o tal vez... es algo que el sistema ni siquiera puede clasificar todavía.
Pero no había tiempo para misterios. Un segundo impacto, mucho más violento que el anterior, sacudió los cimientos del búnker. Polvo de concreto cayó del techo como una nieve grisácea sobre los suministros. El aire, ya viciado, se volvió pesado con un olor a vegetación podrida y ozono. Los filtros de aire emitieron un pitido agudo y agónico: el sistema de ventilación acababa de morir, obstruido por las raíces que devoraban la superficie.
—Escúchenme todos —dijo Saori, y su voz, reforzada por una leve vibración de su habilidad Mental, cortó el pánico naciente en el grupo—. Ya no somos las víctimas de una novela. Tenemos habilidades excelentes, tenemos a Max y nos tenemos a nosotros. Pero si nos quedamos aquí un minuto más, este búnker será nuestra tumba.
Se ajustó la mochila táctica y miró hacia la pesada compuerta de acero. Su Localizador mostraba una mancha roja inmensa justo afuera, una masa de vida hostil que esperaba a que la presa saliera de su madriguera.
—El sol ya está afuera y el mundo que conocíamos ha dejado de existir —sentenció, mientras Sora hacía levitar un par de cuchillos a su alrededor y Near se fundía en las sombras de la pared con su Camuflaje—. Naoko, protege a Tesha con tu vida. Yuuta, Asami, no se separen de Max.
Saori puso la mano sobre la palanca de apertura. Sintió el calor del metal, que vibraba por los golpes externos. Sabía que, al cruzar ese umbral, la verdadera lucha por la supervivencia apenas comenzaría. No había vuelta atrás; el "Veredicto" ya había sido dictado, y era hora de que el mundo conociera a los nuevos dueños del búnker.
—A la cuenta de tres —susurró, y el aire en la habitación se cargó de electricidad—. Uno... dos... ¡Tres!
La compuerta giró con un estruendo metálico, revelando un resplandor violeta cegador que devoró la oscuridad del refugio.