Ella pasa una noche apasionada y fruto de esa noche queda embarazada su madre hace todo lo posible por separarlos
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Capitulo 18
El quirófano estaba silencioso, apenas interrumpido por el constante pitido de los monitores. Mateo, pequeño y vulnerable, estaba dormido bajo los efectos del sedante. Valeria no podía evitar temblar, aferrando la mano de Alejandro con fuerza mientras lo miraba, tratando de contener sus lágrimas.
—Papi… tengo miedo —susurró el pequeño, su voz apenas audible.
Alejandro inclinó su rostro hacia él, sus ojos brillando con lágrimas contenidas.
—Estoy aquí, hijo. Estaré a tu lado en todo momento —dijo, apretando suavemente su mano.
Valeria observaba la escena con el corazón encogido. Sentía alivio al ver que Alejandro estaba tan involucrado, pero una parte de ella temblaba ante lo que podría venir después. Ella también estaba ahí para Mateo, y no pensaba ceder su lugar fácilmente.
—Vamos a acompañarlos hasta la puerta —dijo Valeria, tomando la pequeña bolsa con pertenencias del niño, intentando mostrarse firme aunque su corazón latía como un tambor.
En ese momento, Isabella apareció, sosteniendo en brazos a Valeria.
—¡Cómo está todo! —exclamó Dante, que llegó corriendo como un torbellino de energía—. Lo siento, acabo de enterarme y vine lo más rápido que pude.
Valeria sintió un alivio inmediato. Dante siempre había tenido esa capacidad de transmitir seguridad sin necesidad de palabras, y justo ahora, la necesitaba.
—Iré a comprar café, ya vuelvo —dijo Isabella con rapidez, dejando a los demás frente a la puerta del quirófano.
Dante abrazó a Valeria con fuerza. Esta vez, ella no lo apartó. Su corazón necesitaba ese apoyo, necesitaba sentir que alguien creía que todo saldría bien. El abrazo fue silencioso pero poderoso, un recordatorio de que no estaba sola en la tormenta que se avecinaba.
Las horas que siguieron fueron decisivas. Cada minuto parecía eterno mientras el quirófano se convertía en el epicentro de sus emociones. Finalmente, la puerta se abrió y el doctor Mendoza salió, su rostro mostrando una ligera sonrisa de alivio.
—La operación fue un éxito —dijo con calma—. Todo salió perfectamente.
Valeria sintió como si un peso inmenso se levantara de su pecho. Llorando, apenas pudo pronunciar:
—Muchas gracias…
El doctor Mendoza negó con la cabeza, esbozando una pequeña sonrisa.
—No es nada… a fin de cuentas, es mi nieto —dijo, dejando en claro su orgullo y afecto por Mateo.
Valeria respiró hondo, intentando recomponerse.
—¿Puedo verlo? —preguntó con ansiedad.
—Aún no —respondió el doctor—. Necesita un poco de reposo. El sedante aún hace efecto. La enfermera te dirá cuando sea seguro.
Valeria asintió, aunque su mirada seguía fija en la puerta del quirófano, deseando que el tiempo pasara más rápido. Se dirigió hacia la sala contigua mientras Alejandro la seguía de cerca.
—Gracias —dijo Valeria, con voz temblorosa—. Gracias por todo.
—No agradezcas —respondió Alejandro con firmeza—. Es mi hijo.
Un silencio pesado cayó sobre ellos, cargado de tensión y emociones contenidas. Valeria lo miró, sus ojos llenos de lágrimas.
—Y nunca voy a perdonarte que me lo hayas escondido —dijo Alejandro con voz dura, apenas controlando la rabia que sentía por todo el tiempo que Valeria le había ocultado a Mateo.
—Alejandro… —intentó Valeria, pero fue interrumpida por Dante, que apareció con el ceño fruncido—. No es momento para esto.
—¡Claro que lo es! —respondió Alejandro, sin apartar la mirada de Valeria—. No puedo creer que seas tan horrible, Valeria. ¡Todo este tiempo!
Valeria sintió como si la tierra se abriera bajo sus pies. Su corazón latía con fuerza, entremezclado entre la preocupación por Mateo y la ira contenida de Alejandro.
—¡Iré al juzgado y voy a pedir la custodia completa de mi hijo! —exclamó Alejandro, su voz resonando en el hospital—. ¡Soy su padre biológico, tengo derechos!
El grito de Alejandro la golpeó de lleno. Sus manos temblaban, y por un momento, perdió la compostura.
—¡No! ¡Tú no puedes hacerme algo así! —respondió Valeria, su voz quebrada por las lágrimas, su miedo mezclándose con la furia—. ¡Si me quitas a mi hijo, te juro que te arruinaré la vida, Alejandro!
La tensión se podía cortar con un cuchillo. Dante, de pie a un lado, frunció el ceño y suspiró.
—Alejandro… —dijo, intentando apelar a la calma—. No ahora. Mira cómo está Valeria… Mira cómo está Mateo. No puedes pelear así ahora, no ayuda a nadie.
Alejandro respiró hondo, mirando a su alrededor. Su padre había tenido razón: el momento no era para confrontaciones ni para enojos desmedidos. Sus ojos se encontraron con Valeria, que estaba pálida pero firme, y con Mateo, que dormía plácidamente mientras respiraba con dificultad pero con estabilidad.
—Está bien… —susurró Alejandro finalmente—. Tendré paciencia. Ahora lo importante es Mateo. Después hablaremos, y hablaremos largo y tendido.
Valeria lo observó, sorprendida por la repentina calma en sus ojos. Aunque todavía estaba dolida y furiosa, supo que Alejandro estaba comprometido a proteger a su hijo antes de dejar que sus emociones interfirieran.
—Gracias —dijo con un hilo de voz—. Por ahora, eso es lo que más importa.
Alejandro asintió, su rostro mostrando un atisbo de ternura bajo su exterior rígido. Tomó aire y se sentó a un lado de Valeria, apoyando su brazo en el respaldo de la silla.
—No te preocupes —susurró—. Estaré aquí. Mateo estará bien. Y después… todo lo demás se resolverá.
Valeria suspiró, finalmente relajando parte de la tensión que llevaba dentro. Dante la miró con una sonrisa pequeña, satisfecho de que la calma hubiera regresado, aunque sabía que la tormenta entre Valeria y Alejandro todavía estaba por desatarse.
El doctor Mendoza apareció de nuevo, con una pequeña enfermera al lado, y les indicó que podían entrar a la habitación para ver a Mateo. Valeria se adelantó, con Alejandro siguiéndola, y Dante un paso atrás.
Al verla, Mateo abrió los ojos débilmente, una sonrisa pequeña apareciendo en su rostro al ver a su madre y a su padre.
—Papi… —susurró, intentando levantar la manita.
Alejandro se inclinó, tomando suavemente la mano del niño. Su corazón se llenó de un amor que nunca había sentido de esta manera. Por primera vez, la realidad se mezclaba con el milagro: Mateo era suyo, y podía protegerlo.
Valeria los miró, sus ojos llenos de lágrimas de alivio y amor. Aunque sabía que las batallas por venir serían difíciles, en ese momento todo lo que importaba era que Mateo estaba vivo, seguro y rodeado de amor.
Dante sonrió desde un lado, murmurando para sí mismo:
—Y pensar que todo esto apenas comienza…
El destino había unido a esos tres corazones, pero aún quedaban muchas pruebas por superar. Sin embargo, por primera vez en mucho tiempo, Valeria y Alejandro compartían algo que ningún conflicto ni mentira podía arrebatar: la vida de su hijo.