Ella no necesita que la rescaten.
Él no cree en el amor.
Luciana Ríos es una mujer que manda. Jefa en su oficina, independiente y acostumbrada a tomar decisiones que otros solo se atreven a sugerir. No depende de apellidos ni de fortunas ajenas… y jamás pensó convertirse en la esposa de nadie.
Alexander Montclair es el hombre más poderoso del continente. Exmilitar, magnate y heredero de un imperio que no admite errores. Frío, reservado y meticuloso, su vida se rige por contratos, reglas y control absoluto.
Un encuentro inesperado los enfrenta.
Un acuerdo los une.
Un matrimonio por contrato lo cambia todo.
Mientras una influencer caída en desgracia intenta recuperar el estatus que perdió, y un exnovio poderoso se consume entre celos, secretos y traiciones, Luciana descubre que ceder el control no siempre significa perder el poder… especialmente cuando el hombre que intenta dominarla es el único capaz de mirarla como un igual.
En un mundo donde el dinero compra silencios y los contratos
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Capitulo 5
Luciana Ríos
Nunca pensé que organizar mi propia boda sería una operación logística de alto nivel.
No hubo emociones desbordadas. No lágrimas. No ilusión romántica.
Solo cronogramas, acuerdos, riesgos y exposición pública.
A las siete de la mañana exactas recibí un acceso compartido a una agenda digital. Todo estaba ahí: fechas tentativas, proveedores preseleccionados, rutas de seguridad, apariciones públicas, control de prensa. Incluso había un apartado titulado Gestión de crisis.
—Esto parece una junta directiva —murmuré, revisando cada pestaña.
Alexander levantó la vista de su tablet.
—Lo es —respondió con calma—. Solo que con un vestido blanco y más cámaras.
No pude evitar sonreír.
—Siempre tan romántico, Montclair.
—La eficiencia también puede serlo.
Suspiré y continué leyendo.
—¿Por dónde empezamos? —pregunté.
—Por mi familia —dijo—. Necesitan verte. Analizarte. Convencerse.
—¿Convencerse de qué?
—De que no eres un riesgo.
Asentí. No me ofendió. Yo haría lo mismo.
La residencia Montclair era imponente sin ser ostentosa. Todo estaba pensado para comunicar poder sin necesidad de exhibirlo. Desde el momento en que crucé la puerta, sentí las miradas evaluándome.
No bajé la cabeza. No aceleré el paso.
Alexander caminó a mi lado, su mano firme en mi espalda baja. No era un gesto posesivo, era un mensaje silencioso.
Ella está conmigo.
La conversación fue educada. Medida. Inteligente. No intenté agradar; me limité a ser quien soy. Observé cómo su madre me estudiaba con la misma precisión con la que yo analizo un contrato complejo.
Cuando nos despedimos, supe que había pasado la prueba.
En el auto, rompí el silencio.
—Tu madre me revisó como si fuera un balance financiero.
—Eso significa que le interesas —respondió—. Si no, ni siquiera habría preguntado.
—Qué alivio —dije con ironía—. Pensé que me desaprobó.
—No lo hizo.
Lo miré de reojo.
—Relájate, viejito.
Alexander giró el rostro lentamente hacia mí.
—Solo soy siete años mayor que tú.
Sonreí, divertida.
—Estás más cerca de los cuarenta que de los treinta.
Por un segundo creí que me ignoraría.
Entonces rió.
No fue una carcajada. Fue breve, contenida, real. La clase de risa que no se regala a cualquiera.
Y eso tensó el ambiente más de lo que cualquier caricia habría hecho.
No pasó nada más. No era necesario.
Horas después, el primer ataque mediático estalló.
Mi teléfono no dejó de vibrar.
Titulares agresivos. Opiniones disfrazadas de análisis. Insinuaciones.
“¿Luciana Ríos escala al poder a través del matrimonio?”
“¿Montclair compra lealtad o silencio?”
“La sombra de una influencer caída amenaza el compromiso”
—Bárbara —dije sin dudar.
Alexander asintió.
—Y Rodrigo.
Me quedé inmóvil.
—¿Rodrigo? —pregunté—. ¿Mi ex?
—Sí. Rodrigo Salazar —respondió—. El mismo que insistía en cerrar Un negocio conmigo.
Las piezas encajaron de golpe.
—Por eso estaban los dos en el restaurante —dije lentamente—. Tú… él… yo.
Alexander no lo negó.
—Sabía que estarías ahí. Y sabía que él también.
—¿Lo hiciste a propósito?
—Necesitaba medir reacciones —respondió—. Y confirmar lealtades.
Lo observé con atención.
—Eres peligroso.
—Eficiente —corrigió.
Seguí revisando los documentos cuando encontré algo que no recordaba haber leído.
Una cláusula.
—¿Esto qué es? —pregunté, girando la pantalla hacia él.
Alexander se tensó apenas.
—Una garantía —dijo.
Leí en voz alta.
—Cláusula 17: En caso de amenaza comprobada a la estabilidad del fideicomiso o a la integridad pública de los contrayentes, el matrimonio dejará de ser simbólico y deberá consumarse legal y convivencialmente por un periodo mínimo de seis meses.
Levanté la mirada.
—¿Consumarse?
Silencio.
—No planeaba que la vieras tan pronto —admitió.
Cerré la laptop con calma.
—Dime algo, Montclair.
—Dime.
Sonreí, pero esta vez no fue juguetona.
—¿Qué tan cerca crees que estamos de que esa cláusula se active?
Alexander sostuvo mi mirada sin titubear.
—Mucho más cerca de lo que me gustaría.
Y entendí que el contrato no solo nos protegía.
También podía atraparnos.
déjense de tanto juego 🤦🏼♀️
a cuidarse las espaldas /Shy//Slight/