La tarea del príncipe elfo es sencilla; debe preparar una humana para sellar el pacto entre el mundo de ella y el de él. La conoce desde niña, y cuando descubre que el ritual es un sacrificio y lo empiezan a presionar para que la entregue, hará lo que sea necesario para salvarla.
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EPÍLOGO La niña que recordaba el mar
Diez años después de la batalla, una niña de siete años descubrió el mar.
Se llamaba Lúthien —como la amada de Malakor, como la flor azul que crecía en las grietas de las montañas— y tenía el cabello negro azulado de su padre y los ojos verdes de su madre.
—¿Es grande? —preguntó, contemplando la inmensidad azul desde la orilla.
—Más grande que cualquier cosa que hayas visto —respondió Leila.
—¿Más grande que Hassan?
—Mucho más grande.
—¿Más grande que las montañas?
—Las montañas cabrían dentro de él.
—Entonces es el sitio más grande del mundo.
—De todos los mundos.
Lúthien se quitó las sandalias y enterró los pies en la arena.
—Está fría —dijo.
—Sí.
—Y huele raro.
—A sal.
—¿A qué sabe la sal?
—Prueba y lo descubres.
La niña metió un dedo en el agua y lo llevó a la boca. Hizo una mueca.
—No me gusta.
—A mí tampoco me gustaba al principio. Luego te acostumbras.
—¿Y a papá?
—Tu papá casi se ahoga aquí.
—¿Y aun así le gusta?
—Creo que le gusta porque fue aquí donde nos conocimos.
Lúthien miró a su padre, que estaba sentado en la arena unos metros más allá, contemplando el horizonte con expresión serena.
—Papá es raro —dijo.
—Sí. Pero es nuestro raro.
—¿Y tú lo quieres?
—Más que a nada en este mundo. Y en todos los demás.
—¿Más que a mí?
—Tú no eres "nada". Tú lo eres todo. Y el amor no se compara. Simplemente... es.
Lúthien asintió, como si aquello tuviera todo el sentido del mundo.
—Mamá —dijo—. ¿Tú también te ahogaste aquí?
—No. Yo vine a salvar a alguien.
—¿A papá?
—Sí.
—¿Y por qué lo salvaste?
Leila miró a su hija. Sus ojos verdes, idénticos a los suyos, la miraban con esa curiosidad insaciable que solo tienen los niños.
—Porque sí —respondió—. Porque nadie debería ahogarse solo.
Lúthien asintió.
—Entonces yo también salvaría a alguien —dijo—. Si se estuviera ahogando.
—¿A quién?
—No sé. A alguien que lo necesite.
—Esa es la mejor razón.
Pasaron la tarde en la playa.
Angrod construyó un castillo de arena con Lúthien, una réplica imperfecta de Hassan que la niña adornó con conchas y algas. Leila los observaba desde la orilla, sintiendo que el corazón se le llenaba de algo que no sabía nombrar.
No era felicidad. Era más profundo, más tranquilo. Era la certeza de que, después de todo, las cosas habían salido bien.
—Mamá —dijo Lúthien, corriendo hacia ella—. Papá dice que tú también sabes nadar.
—Sí.
—¿Me enseñas?
—¿No te enseña papá?
—Papá no sabe nadar. Dice que los elfos no aprenden.
—Pues los elfos deberían aprender.
Lúthien rió.
—Eso mismo le he dicho yo.
Leila se levantó y tomó la mano de su hija.
—Ven —dijo—. El agua está fría, pero te acostumbras.
—¿Seguro?
—Seguro. Confía en mí.
Lúthien confió.
Y juntas, madre e hija, entraron en el mar.
Al atardecer, cuando el sol comenzó a hundirse en el horizonte, Angrod reunió a su familia en la orilla.
—Tenemos que volver —dijo—. Círdan nos espera con los informes semanales.
—Qué aburrido —protestó Lúthien.
—Gobernar es aburrido. Por eso lo hago yo y tú puedes jugar.
—No es justo.
—La vida no es justa. Pero a veces es buena.
Lúthien reflexionó sobre aquello.
—¿Hoy es un día bueno? —preguntó.
—Hoy es un día muy bueno —respondió su padre.
—¿Por qué?
—Porque estoy con vosotras. En este lugar. En este momento. Eso es todo lo que necesito para que un día sea bueno.
—Eres cursi, papá.
—Lo sé.
—Un cursi insoportable.
—También.
—Y te quiero.
—Yo también te quiero, pequeña. Más de lo que crees.
Lúthien sonrió y se colgó de su cuello.
—¿Volveremos mañana? —preguntó.
—No mañana. Pero pronto.
—¿Me lo prometes?
—Te lo prometo.
—¿Y esta vez es verdad?
Angrod miró a Leila. Ella sonrió.
—Esta vez es verdad —dijo.
El umbral se abrió en la misma playa donde todo había empezado.
Leila tomó la mano de Angrod. Angrod tomó la mano de Lúthien. Y juntos, los tres, cruzaron la grieta entre mundos.
Hassan los esperaba con su cielo violeta y sus torres negras y su gente, que había aprendido a vivir sin miedo. Círdan los esperaba con sus pergaminos. Aria los esperaba con su sonrisa adolescente. El reino entero los esperaba, porque eran sus reyes, porque eran su esperanza, porque eran su futuro.
Pero antes de que el umbral se cerrara del todo, Leila se volvió para mirar el mar una última vez.
Las olas seguían rompiendo en la orilla. El sol seguía poniéndose. El mundo seguía girando, indiferente a los milagros cotidianos que ocurrían en sus playas.
Pero ella ya no era indiferente.
Ella era parte de ese milagro.
—¿Mamá? —dijo Lúthien—. ¿Vienes?
—Sí —respondió—. Ya voy.
Y cruzó el umbral.
Hacia su hogar.
Hacia su amor.
Hacia su siempre.
Y colorín colorado, esta historia de amor, guerra y sacrificio...
...aún no ha terminado.
Porque el amor verdadero no tiene final.
Saludos a mis lectores, aquí nos despedimos, nos vemos pronto 🤗
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