Una coreografía letal de obsesión y traición donde el deseo se convierte en el arma más afilada de una venganza que busca destruir la corona del verdugo y la inocencia de la víctima.
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Capítulo 20: El protocolo de las cenizas
La Torre de la Fundación De la Vega se alzaba como un obelisco de cristal oscuro sobre el distrito financiero. En el salón principal, la gala de "reconciliación social" de Beatriz estaba en su apogeo. Políticos, banqueros y magnates de los medios sostenían copas de champán, ajenos al hecho de que, en los niveles subterráneos, un ejército de mercenarios liderado por Julián Varga estaba a punto de desatar el infierno.
Mateo y Adrián avanzaban por los conductos de servicio del nivel B2. El aire era pesado, cargado con el olor a electricidad estática de los racks de servidores que zumbaban a su alrededor.
—Diez segundos para el contacto —susurró Mateo a través del comunicador. Llevaba una mochila táctica y una tableta de grado militar conectada directamente a su antebrazo.
La irrupción del caos
El sonido no fue una explosión, sino un silencio súbito. Javier, operando desde un vehículo interceptor a dos manzanas de distancia, detonó un pulso electromagnético localizado que apagó las luces de la torre durante exactamente cuatro segundos.
Fue el tiempo suficiente.
Las puertas de cristal del lobby estallaron cuando las camionetas de Varga atravesaron la fachada. Los gritos de la élite se mezclaron con el tableteo de las armas automáticas que disparaban al techo para imponer orden. Varga entró caminando sobre los cristales rotos, con un puro encendido y la mirada de quien finalmente ha regresado a reclamar su herencia de sangre.
—¡Beatriz! —rugió Varga, su voz amplificada por los altavoces que Mateo acababa de hackear—. ¡Sal de tu agujero! ¡He venido a cobrar los intereses de tu traición!
El sacrificio de Adrián
En los niveles superiores, Beatriz observaba el caos desde su oficina blindada. No mostraba miedo, sino una satisfacción enferma.
—Déjenlo pasar —ordenó por el intercomunicador—. Y asegúrense de que mi hijo sepa dónde estoy.
Adrián, al escuchar la orden por la frecuencia interceptada, se detuvo en seco en el pasillo.
—Matt, tengo que ir arriba —dijo Adrián, tomando el arma que Javier le había dado—. Varga no la va a dejar hablar. La va a matar en cuanto la vea, y si ella muere antes de que tú consigas los códigos de anulación, el servidor se autodestruirá con nosotros dentro.
Mateo lo agarró del brazo, la desesperación marcando su rostro.
—Es una trampa, Adri. Ella sabe que irás por ella. Te usará de escudo contra Varga.
—Entonces úsame tú también —respondió Adrián, dándole un beso rápido y feroz, uno que sabía a despedida—. Haz tu magia con el servidor. Yo mantendré a los monstruos ocupados en el ático.
El duelo de mentes en el núcleo
Mateo se quedó solo frente a la puerta del servidor central. Sus manos volaban sobre la tableta, rompiendo los cifrados de Beatriz con una agresividad que nunca había mostrado. Pero al entrar en el sistema raíz, se encontró con algo que le heló la sangre: el Protocolo de Exterminio.
No era solo un borrado de datos. El sistema estaba diseñado para liberar gas halón en el búnker de servidores para extinguir cualquier incendio... o cualquier forma de vida. Y el temporizador indicaba que se activaría en tres minutos si la presencia de Adrián no era confirmada en el escáner biométrico de la oficina de Beatriz.
—¡Ella lo planeó todo! —gritó Mateo por el pinganillo—. ¡Adrián, si no llegas al despacho de tu madre y pones tu mano en el escáner, el sótano se va a convertir en una cámara de gas!
Tensión en las alturas
Arriba, el ático era un escenario de pesadilla. Varga y sus hombres habían llegado a la antecámara, pero se encontraron con un muro de cristal blindado que los separaba de Beatriz. La mujer estaba sentada con la calma de una esfinge, sosteniendo un detonador en una mano y una copa de vino en la otra.
Adrián irrumpió en el despacho por la entrada privada. Estaba empapado de sudor, con la camisa desgarrada y la mirada de alguien que ha cruzado el infierno.
—Hijo mío —dijo Beatriz, extendiendo la mano hacia el escáner—. Llegas justo a tiempo para ver cómo el mundo que Mateo construyó se desvanece.
—¡Detén el gas, mamá! —rugió Adrián, apuntándole con el arma—. ¡Mateo está ahí abajo!
—Esa es la idea —respondió ella con una frialdad absoluta—. Julián quiere mi dinero. Mateo quiere mi secreto. Tú... tú solo quieres amor. Y el amor es el defecto de diseño que voy a purgar hoy. Pon tu mano en el escáner, Adrián, y detendré el proceso. Pero a cambio, tendrás que dispararle a Julián Varga. Ahora mismo.
Varga, al otro lado del cristal, soltó una carcajada.
—¡Hazlo, chico! ¡Dispárame y veamos si tu madre cumple su palabra! Ella te traicionará antes de que la bala salga del cañón.
El clímax de la piel y el acero
La tensión sexual y emocional que siempre había existido entre la lealtad de Adrián hacia su sangre y su devoción por Mateo alcanzó su punto de ruptura. Adrián miró a su madre, luego al escáner, y finalmente a la cámara de seguridad donde sabía que Mateo lo observaba desde el sótano.
—Mateo... lo siento —susurró Adrián.
En lugar de poner la mano en el escáner o disparar a Varga, Adrián disparó al panel de control del cristal blindado. El sistema de seguridad, al detectar un fallo crítico en la oficina principal, inició un protocolo de bloqueo total. Las paredes de acero descendieron, atrapando a Beatriz, Adrián y Varga en la misma habitación.
—¡¿Qué has hecho?! —gritó Beatriz, perdiendo finalmente la compostura—. ¡Nos has encerrado a todos!
—Si Mateo muere allí abajo, nosotros morimos aquí arriba —dijo Adrián, soltando el arma y caminando hacia su madre con una calma aterradora—. Se acabó el juego de las sombras, mamá. Ahora vamos a ver quién sobrevive cuando el aire se termine para todos.
El último aliento del arquitecto
En el sótano, el gas halón empezó a silbar por las rejillas de ventilación. Mateo sintió que el oxígeno desaparecía. Sus pulmones ardían. Sus ojos se empañaban mientras intentaba escribir la última línea de código que desvincularía las cuentas de la Fundación.
—No... todavía no... —jadeó Mateo, cayendo de rodillas.
En su pantalla, un mensaje final apareció, una brecha que Javier había logrado abrir desde el exterior: "Mateo, usa la clave que Adrián te dio en el invernadero. No es un código, es una palabra".
Mateo recordó aquel momento de debilidad del Volumen 1. Recordó lo que Adrián le había susurrado al oído cuando pensaban que nadie los veía. Una palabra que no tenía nada que ver con el poder o el dinero.
Con sus últimas fuerzas, Mateo tecleó: REVENTAR.
El sistema se detuvo. El gas dejó de silbar. Las puertas del búnker se abrieron con un suspiro de alivio metálico. Mateo colapsó en el suelo, respirando el aire puro que entraba, mientras veía en su monitor cómo las cuentas de los De la Vega se vaciaban, enviando miles de millones de dólares a organizaciones de derechos humanos en todo el mundo.
El silencio del piso 50
Arriba, el bloqueo se levantó. Beatriz miró su tablet, viendo cómo su imperio se evaporaba en tiempo real. Se dejó caer en su silla, de repente vieja, de repente humana.
Varga, viendo que ya no había dinero por el cual pelear, bajó su arma. Miró a Adrián con un respeto retorcido.
—Tu padre era un lobo, chico. Pero tú... tú eres el que finalmente quemó el bosque.
Mateo subió por el ascensor privado, tambaleándose, con la ropa sucia y los ojos brillantes de lágrimas. Cuando las puertas se abrieron, Adrián corrió hacia él. Se fundieron en un abrazo que no era de victoria, sino de alivio puro. Se besaron en medio de la oficina destrozada, ignorando a la madre derrotada y al gánster frustrado. Fue un beso que cerró todas las heridas de los cuatro volúmenes.
—Lo logramos —susurró Mateo contra el cuello de Adrián.
—Lo logramos —respondió él—. Ya no somos De la Vega. Ya no somos fugitivos. Solo somos nosotros.