"¿Qué harías si el hombre que juró amarte te roba la vida, tu fortuna y a tus hijos?"
Valeria Estrada lo tenía todo: una familia hermosa y el control de la corporación más grande del país. Pero su mundo se volvió cenizas cuando su esposo, Adrián Montero, la traicionó de la forma más cruel. No solo le quitó su dinero y la engañó con su mejor amiga, sino que la encerró en un hospital psiquiátrico de alta seguridad, drogándola durante años para borrar su lucidez y hacerle creer que estaba loca.
Para el mundo exterior, Valeria Estrada murió. Para sus hijos, ella es solo un recuerdo borroso reemplazado por una madrastra cruel.
Pero tras cinco años de oscuridad, Valeria logra despertar de la niebla. Con la ayuda de dos aliados que el destino puso en su celda, finge su propia muerte y escapa de su prisión de pesadilla.
Ahora, Valeria ha regresado con un nuevo rostro y una identidad impenetrable
La "difunta" ha despertado... y la verdadera pesadilla para los Montero está a punto de comenzar.
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El tablero se incendia
El despacho de Adrián Montero era el santuario de su arrogancia, pero esa mañana se había convertido en su celda. Elena Rose entró con una bandeja de té, moviéndose con la discreción de una sombra. Adrián estaba inclinado sobre su computadora, con las venas del cuello marcadas.
—Es imposible —gruñó él—. Los ratios de solvencia de la empresa han caído un 15% en el informe preliminar para los socios alemanes. ¡Ayer estaban perfectos!
Elena dejó la taza con una elegancia imperturbable. No mencionó que, la noche anterior, mientras la casa dormía, ella había usado el acceso remoto de Marcus para alterar sutilmente las proyecciones de flujo de caja.
—A veces, señor Montero, los errores de sistema esconden ataques dirigidos —comentó ella con voz aterciopelada—. Un competidor con el software adecuado podría inyectar datos falsos para asustar a sus socios justo antes de la firma. Alguien como... Sebastián Vogel.
Adrián la miró, sus ojos inyectados en sangre.
—¡Ese maldito! Está tratando de asfixiarme antes de la licitación. Rose, necesito que revise estos informes. Usted sabe de finanzas. Dígame que hay una forma de revertirlo antes de la cena de esta noche.
—La hay —mintió ella, dándole una falsa esperanza—. Pero debe ser cauteloso. Esta noche, cuando Vogel asista a su cena, no puede mostrar debilidad. Al contrario, debe integrarme en la mesa como su consultora estratégica. Necesito observar su reacción cuando le mencionemos estas "inconsistencias".
Adrián asintió desesperado, cayendo en la trampa. Elena acababa de ascender de institutriz a mano derecha en un solo movimiento.
Sin embargo, al salir del despacho, Elena se encontró con un obstáculo que no había previsto. Lucas, su hijo mayor, la esperaba en el pasillo. El niño no tenía libros en la mano, sino una pequeña caja de madera que Elena reconoció con un vuelco al corazón: era su joyero secreto.
—Señorita Elena —dijo Lucas con una seriedad impropia de sus diez años—. Estaba en el ático buscando un balón y encontré esto. Hay una foto de mi mamá adentro.
El niño abrió la tapa y sacó una polaroid desgastada de Valeria Estrada riendo en un viñedo.
—Mire su mano —continuó Lucas, señalando la foto—. Mi mamá tiene una cicatriz en forma de medialuna en el dedo índice. Igual a la que vi que tiene usted cuando nos enseñó botánica ayer.
El mundo pareció detenerse. Valeria sintió un sudor frío, pero su entrenamiento en el infierno del psiquiátrico la salvó. Se arrodilló para quedar a la altura del niño y, con una calma gélida que le dolió en el alma, respondió:
—Es una coincidencia curiosa, Lucas. Pero las cicatrices de cocina son comunes en las mujeres que aman las plantas. Si quieres ser un gran hombre como tu padre, debes aprender que buscar fantasmas en las personas vivas solo trae tristeza. ¿Me prometes que guardarás esa caja y no se la mostrarás a nadie? Especialmente no a Isabella. Ella no entiende de recuerdos.
Lucas la miró con una mezcla de duda y esperanza. Por un segundo, Valeria quiso abrazarlo y gritarle la verdad, pero solo pudo darle una palmadita profesional en el hombro. El niño asintió, pero el brillo de sospecha en sus ojos no se apagó.
La noche llegó con una tensión eléctrica. La cena era íntima: Adrián, Isabella, Sebastián Vogel y, para sorpresa de todos, Elena Rose sentada a la mesa como asistente de protocolo y finanzas.
Sebastián Vogel llegó vestido con una sobriedad imponente. Durante la cena, sus ojos no se despegaron de Elena. No la miraba con deseo, sino con la precisión de un detective frente a una evidencia que no termina de encajar.
—Es fascinante su análisis sobre los mercados emergentes, señorita Rose —dijo Sebastián, cortando su carne con una elegancia letal—. Me recuerda mucho a la tesis de una joven heredera que conocí hace años. Ella decía que "el dinero es como el agua: si no fluye, se pudre".
Valeria se tensó. Esa era una frase que ella había dicho en un simposio privado de la Corporación Estrada años atrás, donde Sebastián había sido el ponente principal. Era un código, una prueba.
—Una frase muy común en las escuelas suizas, señor Vogel —replicó ella, sosteniendo su copa de vino con dedos de acero—. Aunque yo prefiero decir que el dinero es como la sangre: si se derrama en el lugar equivocado, el cuerpo muere.
Adrián e Isabella se miraban confundidos, sintiéndose excluidos de una conversación que no lograban descifrar. Sebastián soltó una risa seca, casi imperceptible.
—Tiene usted razón. Por cierto, Adrián, he oído que tus informes de solvencia han tenido... fluctuaciones. Si necesitas un socio de verdad y no solo un competidor, podrías dejar que la señorita Rose y yo discutamos los términos en privado. Ella parece entender mi lenguaje mucho mejor que tú.
Adrián apretó los dientes, humillado en su propia mesa, mientras Isabella miraba a Elena con un odio puro. Elena, por su parte, sintió que el juego acababa de subir de nivel. Sebastián Vogel no solo sospechaba; él estaba empezando a jugar su propio juego con ella, y Valeria no sabía si él sería su salvación o el verdugo que revelaría su secreto antes de tiempo.