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Deseo Prohibido

Deseo Prohibido

Status: En proceso
Genre:Romance / Yaoi / CEO / Viaje a un juego / Romance oscuro / Completas
Popularitas:784
Nilai: 5
nombre de autor: Morgh5

Deseo Prohibido narra el encuentro entre dos mundos opuestos: Diego, un hombre rico, poderoso y emocionalmente inaccesible, que vive bajo control y rechaza el amor; y Elías, un joven inocente, criado entre afectos sinceros y que cree en la seguridad del amor.
La atracción silenciosa entre ellos despierta un sentimiento prohibido que desafía límites, certezas y promesas personales. Mientras Elías enfrenta la inevitable pérdida de su inocencia, Diego se ve obligado a confrontar una vulnerabilidad que siempre había evitado.
Entre deseo, silencio y negación, la historia explora un amor que nace en el lugar equivocado y el alto precio de sentir aquello que nunca debería permitirse.

NovelToon tiene autorización de Morgh5 para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 10

Sin añadir mi nombre. Sin el cariño habitual. Entró en el coche y cerró la puerta con un cuidado excesivo, como quien evita hacer ruido para no revelar lo mucho que está dolida.

Me quedé parado, observando mientras encendía el motor. Yo lo sabía. Desde el principio, ella lo sabía. Sabía que no me iba a gustar la idea, que me resistiría, que me endurecería. Aun así, una parte de ella creyó —o quiso creer— que, al final, acabaría aceptando.

El coche salió del estacionamiento y desapareció entre los otros. Solo entonces respiré hondo. La empresa estaba justo ahí, imponente, intacta. Pero algo se había quedado atrás en aquella cafetería, y no había forma de recuperarlo después.

Volví a mi sala y cerré la puerta tras de mí con más fuerza de la necesaria. El ambiente estaba exactamente como lo había dejado: silencioso, organizado, previsible. Me senté a la mesa, alineé los informes e intenté retomar el ritmo que siempre me salvaba.

Pero no lo conseguí.

Las palabras impresas parecían desenfocadas, los números se mezclaban. Mi mente insistía en volver a aquella mesa de afuera del café, a la mirada de mi madre, a la forma contenida en que disimuló la decepción. Reviví cada frase, cada pausa, cada argumento que había cortado con frialdad.

Me incomodó más de lo que me gustaría admitir.

Y, contra mi voluntad, surgió otro pensamiento. El chico. Elias. Un nombre apenas, sin rostro, sin voz, y aun así insistente. Lo imaginé vagamente: la hacienda aislada, la abuela enferma, el futuro demasiado estrecho para alguien tan joven. Sacudí la cabeza, irritado conmigo mismo.

—No —murmuré, como si pudiera expulsar la idea con una sola palabra.

Aquello no era mi problema. Nunca lo había sido. Las personas tenían historias difíciles todos los días, y yo no podía cargarlas conmigo. No era así como el mundo funcionaba, ni como yo funcionaba.

Me enderecé en la silla, acerqué el informe y marqué una corrección con el bolígrafo. Forcé la concentración, línea por línea, hasta que el sonido seco del papel volteado y el peso familiar de la responsabilidad volvieran a ocupar el espacio correcto dentro de mí.

Trabajo. Control. Orden.

Era ahí donde yo sabía existir. Y fue así como terminé de revisar los informes, intentando creer que algunos pensamientos, una vez alejados, realmente permanecían lejos.

Salí de la empresa más tarde de lo habitual. Cuando miré el reloj en el panel del coche, marcaba las 22:00. Las luces del edificio ya estaban casi todas apagadas, y el estacionamiento parecía aún más grande a esa hora.

Llegué al apartamento con el cuerpo pesado y la cabeza llena. No encendí todas las luces. Tiré la llave sobre el aparador y fui directo al baño. Abrí la ducha en frío sin pensarlo dos veces. El agua helada golpeó en la espalda, arrancando el cansancio a la fuerza, haciendo que los músculos reaccionaran, trayéndome de vuelta al presente. Me quedé allí algunos minutos, dejando que el frío organizara lo que el día había desordenado.

Salí de la ducha solo con la toalla enrollada en la cintura. El aire de la habitación estaba fresco. Pasé la mano por el cabello aún mojado y, en ese momento, el celular vibró sobre la cómoda. Después vibró de nuevo. Y una vez más.

Cogí el aparato y vi el nombre de Ivan en la pantalla.

Abrí la conversación

Ivan:

¿Eh, cadáver corporativo, aún respiras o ya pediste que te encierren en Excel?

Ivan:

Ven a la casa del bosque antes de que te conviertas en estadística de burnout.

Yo:

Repite eso cuando llegue ahí.

Quiero ver si mantienes todo ese coraje en vivo.

Ivan:

Jajajaja

Ningún miedo. Te estoy esperando con una cerveza en la mano.

Yo:

Hablando de eso... ¿llevo algo o ustedes ya compraron todo?

Ivan:

trae cerveza y muchos condones

Hay mujer para todos los gustos, solo escoje y métela dentro

Dejé escapar una media sonrisa cansada. Tal vez fuera exactamente de eso de lo que necesitaba: ruido, gente, distracción. Bloqueé la pantalla del celular y fui a vestirme, intentando no pensar demasiado —como siempre hacía cuando decidía salir.

Cuando llegué a la casa del bosque, lo primero que vi fue la fila de coches estacionados de forma medio caótica a lo largo de la carretera de tierra. Algunas motos apoyadas, otras apoyadas en caballetes improvisados. La música electrónica ya estallaba alto, vibrando en el pecho antes incluso de que apagara el motor.

Bajé del coche con el paquete de cervezas en la mano. Del lado de afuera, el clima era de fiesta asumida: gente con vasos de plástico alzados, risas sueltas, algunos sentados en el suelo en círculos improvisados, rodeados por bolsas de snaks esparcidas como si nadie se hubiera dado el trabajo de organizar nada —y a nadie parecía importarle.

Fui avanzando en dirección a la entrada, saludando aquí y allá con un gesto de cabeza. Rostros conocidos. Ex compañeros de la facultad, gente de las carreras, personas que no veía desde hacía tiempo, pero que reconocían de lejos. No me detuve a conversar. Solo seguí.

Así que entré en la casa, el sonido se hizo aún más fuerte. El DJ lo estaba haciendo bien —el ritmo era limpio, constante, hacía que el suelo vibrara levemente. Todo el mundo bailaba de acuerdo con el ritmo, algunos sin ninguna coordinación, otros completamente entregados a la música.

Pasé por medio de la sala y fui directo a la cocina. Abrí el congelador y coloqué las cervezas ahí dentro, empujando algunas cosas hacia el lado sin mucho cuidado. Fue cuando vi a Ivan.

Él estaba apoyado en la encimera, demasiado concentrado para alguien en una fiesta, preparando una mezcla extraña en un vaso, vertiendo varias bebidas diferentes como si estuviera conduciendo un experimento dudoso. Antes de que dijera cualquier cosa, él percibió mi presencia, abrió una sonrisa amplia y echó el brazo alrededor de mi hombro.

—Hasta que al fin —dijo, riendo.

En seguida, levantó el vaso en mi dirección.

—Prueba esto aquí.

Miré para el vaso, después para él. La fiesta continuaba pulsando a nuestro alrededor, el sonido alto, la casa llena. Y, a pesar de todo, por primera vez en aquella noche, sentí que la cabeza comenzaba a alejarse de los pensamientos que había traído conmigo.

Cogí el vaso que él me extendía y le di un trago sin pensar mucho. El líquido bajó quemando, demasiado fuerte, demasiado agresivo. Hice una mueca en la misma hora y devolví el vaso casi automáticamente.

—¿Qué porquería es esa? —reclamé, tosiendo levemente.

Ivan se echó a reír.

—Débil —dijo—. Esto aquí crea carácter.

Puse los ojos en blanco, abrí una de las latitas que había llevado y le di un trago largo, sintiendo el sabor conocido devolverme algún equilibrio.

—Prefiero carácter helado —respondí.

Él rió de nuevo y me jaló por el brazo.

Fuimos para la sala. Apenas habíamos llegado a medio de la pista cuando dos amigas hermosas surgieron de la nada, sonriendo, ya jalándonos por las manos, sin preguntar nombre, sin ceremonia. Me dejé llevar. El ritmo guiaba todo. Cuerpo suelto, cabeza vacía, solo el ritmo.

Bailé más de lo que pretendía. Reí más de lo que esperaba. Por algunos minutos, conseguí olvidar completamente el día, la conversación, la culpa que insistía en acompañarme.

Pero el cuerpo cobró.

Después de un tiempo, me alejé de la pista y fui hasta el sofá, sentándome pesado, sintiendo el cansancio golpear y la cabeza comenzar a girar levemente. Apoyé los codos en las rodillas y respiré hondo.

Poco después, Ivan apareció y prácticamente se arrojó a mi lado, esparcido, como si no tuviera huesos.

—Sobreviviste —dijo él, mirando para mí de lado.

—Por poco —respondí, pasando la mano por el rostro—. Esta música debería venir con aviso médico.

Él rió, cogió una bebida cualquiera de la mesa baja y quedó mirándome fijamente por un segundo más de lo normal.

—Estás extraño hoy —comentó—. Muy quieto para el patrón Diego fuera de la oficina.

Miré para el frente, para la pista llena, las luces parpadeando, gente bailando como si nada más existiera.

—Día largo —hablé, simplemente.

Ivan asintió, como quien entiende más de lo que pregunta.

—¿Quieres hablar sobre eso o vas a fingir que está todo bien hasta desmayarte en el sofá? —preguntó, medio serio, medio bromeando.

Solté una risa corta, sin humor.

—Mi madre cree que me convertí en institución de caridad —respondí.

Él arqueó la ceja.

—Ahora me interesé.

Pasé la mano por el cabello y apoyé la cabeza en el respaldo del sofá.

—Ella quiere que yo acepte a un mocoso que nunca he visto en mi vida para vivir en mi apartamento. —Hice un gesto vago con la mano—. Una especie de niñera premium.

Por un segundo hubo silencio.

En el segundo siguiente, Ivan estalló en risa.

—NO. —Él casi gritó, inclinándose para el frente—. Diego, eso es genial.

—No empieces.

—Imagina tú —continuó ignorando completamente mi aviso— despertando temprano para hacer café con leche, preguntando si la tarea está hecha, peleando por causa de videojuegos...

—Ivan.

—"Mocoso, baja esa música." "¿Mocoso, ya te cepillaste los dientes?" —él reía cada vez más—. Cara, eso iba a destruir tu reputación entera.

Puse los ojos en blanco.

—Yo no soy niñera de nadie.

—Claro que no —dijo él, aún riendo—. Pobre de la criatura —dijo, sacudiendo la cabeza—. Así que mirara para esa tu cara fea, iba a volver corriendo para los padres.

—Gracioso —respondí, seco—. Muy gracioso.

—Imagina el trauma. Primera noche fuera de casa y se topa contigo, serio, quieto, cara de quien va a pedir informe hasta en la cena.

—No vales nada.

—Solo estoy siendo realista —retrucó, aún provocando—. Era capaz de que el muchacho pidiera para volver el mismo día.

Puse los ojos en blanco, pero dejé escapar una media sonrisa contrariada. Ivan siempre supo exactamente dónde tocar —y lo hacía con placer.

Él aún reía cuando, de medio de la pista, una chica llamó por él con el dedo indicador, de aquella forma descarada de quien no espera respuesta, solo obediencia. Él miró, reconoció la invitación y abrió una sonrisa satisfecha.

—Ya vuelvo —dijo, empujándome el vaso para que lo sujetara.

Después que Ivan desapareció en medio de la multitud, me quedé allí en el sofá por algún tiempo más, observando la fiesta como quien asiste desde afuera. La música continuaba alta, las luces parpadeaban sin ritmo definido, gente reía, bailaba, se abrazaba como si la noche no tuviera fin.

Yo incluso intenté aprovechar. Di algunos tragos más en la bebida, dejé que la cabeza acompañara el ritmo, cambié uno u otro comentario suelto con quien pasaba por cerca. Pero no era la misma cosa. La sensación de cansancio volvió rápido, pesada, mezclada con aquel vacío extraño que ni el ruido conseguía sofocar.

Me levanté de repente, como si hubiera tomado una decisión sin necesitar pensarla. Cogí mi chaqueta, atravesé la sala una última vez y seguí en dirección a la salida. Nadie percibió. O, si percibió, no importó.

Del lado de afuera, el aire de la noche estaba más frío y silencioso. Caminé hasta el coche, entré y cerré la puerta con calma. Cuando encendí el motor y me alejé de la casa, la música fue quedando distante, hasta desaparecer completamente.

La fiesta continuaba sin mí.

Y, por primera vez en aquella noche, eso no me incomodó.

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