Más allá de la tormenta es la historia de Juan Manuel, un hombre noble y humilde que se enamora de Adela, una joven que trabaja en una casa de placer, Pero la vida no los deja estar juntos. todo cambia cuando nuestro protagonista recibe una herencia de su padre y por vueltas del destino, se casa con Elena, una joven un poco rebelde y de ciudad, que debe adecuarse a la vida en el campo.
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CAPITULO 5: MADRID
CAPÍTULO 5: MADRID.
Arribaron, al fin, luego de alrededor de 50 días en alta más. Juan Manuel se despidió de su nuevo amigo, Armand Watson, deseando que algún día la vida lo vuelva a cruzar con este peculiar personaje.
Juan Manuel quedó sorprendido con la ciudad, las personas parecían más elegantes y las estructuras eran extrañas, como más antiguas. Él viaje en carruaje pareció eterno. A medida que avanzaban, el señor Hernández, le brindaba una información nueva sobre un lugar o una calle. Así conoció la calle Bailén, la cual poseía ese nombre gracias a la victoria del general Castañas sobre las tropas francesas en Bailén. Su mayor asombro fue pasar por el palacio real ¡Era gigante! Lo habitaba el rey Alfonso XII.
-Y ahí había una catedral que derribaron en 1868 con intensión de ensanchar la calle.- dijo Hernández señalando un punto cerca del palacio.
Aunque la información, realmente, le resultaba interesante y le gustaría saber más, Juan Manuel estaba muy cansado y sentía ansias de llevarte ya al hotel. El carruaje cruzó unos portones de hierro, algo que le llamo la atención. Pasaron por un verde jardín, por fin estacionaron frente a una gran entrada con tres escalones.
-Bueno, ya hemos llegado...- dijo Benito.
-¿Este es el hotel?- pregunto él descendiendo.
-No, esta es su casa.- respondió el abogado.
-Esta... ¿Mi casa?- agrego el hombre viendo el lugar con ojos desorbitados.
-Sí, una de las tantas.- explico el caballero -Pensé que tal vez querría descansar. Luego regresaré para explicarme todo, y tal vez, mañana podríamos ir a conocer a uno de sus socios, con el que tiene negocios.-
Cuando entraron, los recibieron una mujer de unos 60 años y un hombre más o menos de la misma edad.
-Son florentina y Rogelio. Ellos te guiarán en lo que necesites.- explico el abogado.
-Un placer señor.- dijo la mujer.
Lo llevo así, a su gran alcoba. Todo era muy elegante, la cama alta, con barrotes de madera bien labrados y paños colgados en ellos.
De inmediato se dirigió al gran ventanal. Era curioso como en argentina estaban saliendo del verano y allí apenas entraban. "Será como vivir todo el año de la misma estación", se dijo.
Miraba con gran atención el paisaje y pensaba en como le gustaría que Adela esté ahí, junto a él, observando esa maravillosa ciudad.
-Disculpad, señor, si se le ofrece algo, puede decirme.- dijo florentina.
-No sé... No lo sé todavía.- respondió él.
-Quizás quiera probarse uno de los trajes del señor placeres, disculpe que se los diga, Pero si parecido es extraordinario y como ahora usted es el patrón... necesitará buena presencia.-
Juan Manuel quedó pensativo por un momento, quizás la mujer tenga razón, al día siguiente tenía una reunión con uno de los socios, Pero no creía que fuera buena idea usar trajes de su... Padre.
-¿No habrá un lugar aquí en dónde comprar ropa?- pregunto.
-No creo que los trajes que debería usar se compren en tiendas.- respondió Florentina -Pero podría llamar al sastre de su señor padre, Pascual Renoir.- propuso.
-Está bien, ahora quisiera refrescarme ¿Puede ser?-
-Claro, ya le preparo la tina.- dijo la señora.
Le sorprendió saber que había un cuarto especial para la bañera y todo lo referido a lo íntimo de una persona, le agrado la idea. Luego de un baño fresco se recostó, aunque le costó dormirse, ese nuevo lugar lo hacía sentir extraño.
Al día siguiente, llegué el abogado Hernández para enseñarle y guiarlo en el camino de los negocios. Eso le llevo toda la mañana, Pero no era difícil para él. Ahora entendía la estadía de su padre, Juan Manuel Placeres, en Argentina. De allí explotaba las mejores carnes, aunque él tenía otras nuevas ideas de negocios.
Hernández dijo que después de almorzar irían a visitar a uno de los sucios, para presentarlo, lo que vino justo, porque después de la comida vino el sastre Renoir, con todos los trajes, zapatos y camisas que le había preparado luego de tomarle las medidas el día anterior.
Así, una vez que Juan Manuel se colocó la levita, estaba allí, parado frente al espejo, parecía tan diferente. Era tan raro verlo sin sus comunes chipas o pantalones sencillos que usaba para trabajar ¿Que pensaría Adela si lo viese vestido así?
Rato después, el carruaje los llevo hasta una mansión con un gran jardín, aún más grande que el de su casa. Había mucho verde y flores por doquier, claramente estaba cuidado por la mano de una mujer. Los atendió un joven, a quien Benito llamo Pedro y le pregunto por el señor Robledo. El muchacho los guio por el jardín hasta la casa. En el trayecto, Juan Manuel no pudo evitar notar la presencia, debajo de un árbol, de tres risueñas jovencitas, dos rubias y una morena, que al parecer disfrutaban de la tarde de verano. La morena parecía casi una niña.
Al llegar al despacho del señor Francisco Robledo, el abogado lo presento como hijo del difunto Juan Placeres.
-¿Juan tenía un hijo?- pregunto el hombre confundido, aunque estrechando su mano.
-Para mí también fue una sorpresa, señor.- respondió él devolviendo el saludo.
-Sí, sí. Puedo notar un gran parecido. Los mismos ojos, aunque no el color.- comento Robledo señalando un asiento, luego le hizo una seña al joven para que sirva un trago -Pero dígame ¿Qué edad tiene?-
-33 años.-
-¡Oh, parece mucho más joven!- exclamó el señor Francisco.
-Sí, me lo dicen seguido.-aporto él.
-El motivo de nuestra visita es para presentarle al heredero del señor Placeres y quizás tener alguna conversación sobre negocios.- tercio, Hernández.
-Tengo entendido que nuestras finanzas están muy bien.- aclaro el hombre.
-Claro que sí, he visto que el negocio ganadero, al igual que el de los cereales que exportan desde Argentina van muy bien. Además de los viñedos que aún no conozco.- explico Juan Manuel.
-Sí, sí. El negocio de los viñedos lo maneja Pánfilo Miranda, nuestro tercer socio, y lo lleva de maravillas.- acoto Robledo.
-Hay otro negocio, en dónde yo vivo, en el sur de Córdoba, Argentina, que está teniendo un buen resultado, la elaboración de harinas. Me gustaría invertir allí, aunque hay muchos detalles al respecto que tendríamos que tratar bien.- comento el joven.
-Me interesa, Pero no lo explique ahora. Hagamos una cosa...- propuso el caballero -Mañana asista al evento que tendrá lugar aquí, en mi casa, por motivos del compromiso de mi hija mayor. Allí estarán todos los interesados, a quienes conocerá también.-
-Será un placer para mí señor.- respondió él dándole la mano.
Cuando estaba de saluda del despacho, en compañía del señor Robledo y su abogado, una turba de voces de risueñas jovencitas arrazo por el salón. Las dos jóvenes rubias cruzaron riendo por delante de él y lo desorbitaron un poco. Sin darse cuenta, de repente, alguien choco contra él, en un reflejo la sostuvo contra su cuerpo para que no caiga al piso. Era la pequeña chica morena que había visto debajo del árbol. Se miraron fijó por un momento, hasta que la Voz de Robledo lo desconcentro.
-¡Niñas! ¡Niñas!- exclamó el hombre.
-Lo siento, señor.- dijo la joven rápido y salió a toda prisa del lugar.
-Oh, mil disculpas por el comportamiento de mis hijas, a pesar de estar todas en edad casadera, aún parecen unas nomás.- se justificó muy avergonzado el padre de las jóvenes.
Él sonrió en modo de no darle importancia a lo ocurrido. Pero para si pensaba... ¿Todas en edad casaderas? ¿La morena también? parecía tan pequeña que ni siquiera el pecho le había crecido.