Desde la ventana de su habitación, Mireya aprendió a escapar sin salir de casa.
A sus dieciséis años, el mundo le quedaba grande: discusiones detrás de las paredes, una bebé llorando en la habitación contigua y la palabra separación flotando como una sombra imposible de ignorar. Pero al otro lado de la calle había algo distinto. O alguien.
Ryan.
Veintiuno. Cabello castaño arrulado. Ojos verdes imposibles de olvidar. Siempre tranquilo. Siempre ajeno a la mirada que lo observaba cada tarde.
Él nunca la notaba.
Hasta que el destino decidió que una ventana no sería suficiente para mantenerlos separados.
Y lo que comenzó como simple curiosidad... estaba a punto de cambiarlo todo.
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Capítulo 1
Capítulo 1: Ecos de mi Hogar
Cada grito retumba en mi cabeza como si fuera un tambor gigante que no para nunca. Los portazos sacuden las paredes, los platos tiemblan en la mesa y las palabras se lanzan como cuchillos invisibles que me atraviesan. Me abrazo a mí misma, con las piernas pegadas al pecho, tratando de hacerme pequeña, tratando de desaparecer. Siempre pienso que si no existiera, quizás todo sería un poco más fácil para ellos.
—¡No puedo creer que hagas esto otra vez! —grita mamá, y siento que las palabras golpean el aire, hacen temblar el suelo bajo mis pies—. ¡Siempre tomas decisiones sin pensar en esta familia!
Otra vez. Siempre lo mismo. Otra vez siento que estoy atrapada en medio de ellos, sin poder decir nada, sin poder hacer nada. Otra vez mi hogar parece un campo de batalla y yo solo soy una espectadora impotente.
—¿Decisiones? ¡Intento que esto no se derrumbe y tú solo lo rompes más! —responde papá, con la voz dura pero cargada de un cansancio que casi puedo oír.
Puedo oírlo. Su frustración, su miedo, su tristeza. Yo también estoy cansada. Cansada de que griten, de que me ignoren, de que me hagan sentir que soy demasiado pequeña para que mi dolor importe. Me abrazo más fuerte y aprieto los ojos, deseando que todo desaparezca, aunque solo sea por un instante.
—¡Rompo todo porque tú no haces nada! —mamá golpea la mesa y siento que la vibración me atraviesa—. ¡Nunca estás! ¿Cómo esperas que esto funcione si ni siquiera quieres enfrentar lo que pasa en esta casa?
Quisiera desaparecer entre la lluvia que cae fuera de la ventana, dejar que mis lágrimas se mezclen con el agua y que nadie pueda encontrarlas. Quisiera salir corriendo y que las paredes se derrumbaran detrás de mí. Pero sé que no puedo. Estoy atrapada. Siempre atrapada.
—¿Y ahora qué? —pregunta papá, su voz un hilo de desesperación—. ¿Ahora vas a tener otra hija y esperas que todo esto se olvide?
Otra hija. Mi corazón se encoge y mi pecho duele. Yo aquí, tratando de sobrevivir, y ellos planeando un futuro que parece no tener espacio para mí. Mi hermano o hermana aún no ha nacido, y yo ya siento que me están quitando todo. ¿Dónde quedo yo en este rompecabezas? ¿Acaso alguien me ha preguntado cómo me siento?
—¡No es así! —grita mamá, y sus ojos brillan de rabia y miedo—. No se trata de olvidarlo, se trata de vivir, de tener algo que me recuerde que todavía puedo elegir algo que me haga feliz.
Elegir algo que me haga feliz… y yo, ¿dónde estoy en todo esto? ¿Acaso mi felicidad vale menos? Suspiro y apoyo la frente en el vidrio. La lluvia golpea el cristal, y por un instante, me dejo soñar que las gotas borran todo, que borran los gritos, los reproches, los secretos que pesan tanto.
—¿Feliz? —papá repite, y siento cada palabra atravesar mi pecho—. Mireya necesita estabilidad, no más secretos, no más amor dividido que la hace sentir sola en su propia casa.
Sola. Siempre sola. A veces siento que soy un fantasma en mi propia vida. Y no quiero sentirme así, pero no puedo evitarlo. Cada discusión es un recordatorio de que no hay lugar para mí, de que mis deseos no importan, de que mi voz se pierde entre los gritos de ellos.
Recuerdo cuando era más pequeña, cuando las cosas no eran tan pesadas, cuando ellos podían reír juntos y yo podía reír con ellos. Esos recuerdos duelen ahora, porque parecen tan lejanos, como si pertenecieran a otra persona. Me pregunto si alguna vez volverán esos días, o si todo lo que me espera es más gritos, más discusiones, más miedo.
—No puedo quedarme así —susurro, abrazándome las piernas con fuerza—. No puedo seguir viviendo con miedo a cada palabra, a cada portazo, a cada reproche que corta más que un cuchillo.
El silencio que sigue a los gritos es breve, pero me permite respirar un poco. Respiro hondo, siento la lluvia en mi ventana, y por un momento cierro los ojos y me dejo soñar: un lugar donde nadie me grite, donde nadie decida por mí, donde mi corazón pueda latir sin miedo.
Recuerdo mis tardes en el patio de la escuela, cuando me perdía en los libros, en los dibujos, en los pequeños mundos que podía crear. Allí, aunque fuera por un rato, podía ser feliz. Allí nadie me decía que no podía soñar, que no podía sentir. Allí, aunque estuviera sola, no me sentía sola de verdad.
Algún día todo esto tendrá que cambiar. Algún día… encontraré un lugar donde pueda ser yo misma, donde pueda respirar sin miedo, donde los gritos no sean la banda sonora de mi vida. Y mientras tanto, me abrazo a mí misma y me prometo que sobreviviré, aunque sea solo por hoy, aunque sea solo en mis pensamientos.
Porque si no me aferro a algo, si no me creo que puedo escapar aunque sea por unos segundos… no sé qué me quedará.
Y mientras la lluvia golpea la ventana, siento que mi corazón todavía late. Que aunque todo a mi alrededor se rompa, aunque mis padres griten y mi mundo se sienta imposible… todavía hay un lugar dentro de mí donde puedo ser fuerte, donde puedo existir, donde puedo soñar que algún día todo será distinto.