Meghan Whitmore, hija del recién electo presidente de Estados Unidos y brillante abogada, siempre ha vivido entre poder y estrategia. Desde la muerte de su madre y su hermano, ella se convirtió en el mayor apoyo de su padre... y en su punto más vulnerable.
Cuando una amenaza logra infiltrarse en la Casa Blanca, su seguridad se refuerza con un nuevo jefe de protección: el capitán Ethan Cole, un militar frío y disciplinado que solo cree en el deber. Lo que comienza como una misión profesional pronto se convierte en una tensión imposible de ignorar.
Pero mientras las amenazas se vuelven más personales y secretos del pasado salen a la luz, Meghan y Ethan descubrirán que el mayor riesgo no está en los enemigos externos... sino en cuando los sentimientos comienzan a ganar terreno y todo el país los está observando.
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Capitulo 2
SOLO SOY MEGHAN -
Hay una regla no escrita entre nosotras:
cuando cruzo la puerta de este apartamento, dejo de ser Whitmore.
Aquí soy Meghan.
El edificio está en una calle cualquiera de Brooklyn, de esas donde nadie se detiene a mirar demasiado. Nada de alfombras rojas, nada de banderas, nada de agentes visibles en cada esquina. Solo escaleras antiguas, paredes con pintura descascarada y el olor a comida del vecino del tercer piso.
Sienna abre la puerta antes de que toque.
—¡Llegó la celebridad encubierta! —grita, jalándome hacia adentro.
—Baja la voz —le susurro, aunque estoy riendo.
—Relájate, Meghan. Aquí nadie sabe quién eres.
Y eso... eso me afloja algo en el pecho.
Mia sale de la cocina con el cabello aún húmedo y una camiseta enorme.
—Mírenla —dice señalándome de arriba abajo—. Traje gris. Postura perfecta. ¿Vienes a una audiencia del Senado o a emborracharte con nosotras?
—Primero: no me voy a emborrachar. Segundo: este traje es cómodo.
Sienna pone los ojos en blanco.
—Cómodo para interrogar a alguien, sí.
Me quito el blazer y lo dejo sobre una silla.
—Está bien. Me cambio. Pero no me obliguen a usar lentejuelas.
—No prometemos nada —responde Mia con una sonrisa peligrosa.
El dormitorio parece zona de guerra. Ropa sobre la cama, maquillaje abierto, tacones por el suelo.
Sienna me lanza un vestido negro corto.
—Pruébate este.
—Es demasiado corto.
—Es exactamente lo necesario.
—¿Para qué?
—Para recordarte que tienes veintiséis, no cincuenta.
Mia se acerca con otro, rojo vino, ceñido.
—Este. Este es el indicado. Es elegante pero dice "sé lo que valgo".
Tomo ambos y me meto al baño.
—Si sales con el traje gris, te juro que te dejamos —grita Sienna desde afuera.
—Eso sería abandono emocional.
—Eso sería intervención amistosa.
Me miro al espejo mientras me cambio. El vestido rojo se ajusta a mi cuerpo como si hubiera sido hecho a medida. No es vulgar. No es excesivo.
Es femenino. Seguro.
Cuando salgo, ambas se quedan en silencio un segundo.
—Ahí está —murmura Mia.
—¿Ahí está qué? —pregunto.
—La versión que no le debe nada a nadie.
Intento no dejar que eso me afecte. Pero lo hace.
Sienna se acerca y suelta mi cabello del recogido improvisado que llevaba.
—Suelto. Siempre suelto cuando salimos.
—El cabello suelto es poco práctico.
—No estamos firmando decretos.
—Nunca sabes.
Mia se ríe fuerte.
—Meghan Whitmore negociando tratados en un bar de Brooklyn. Sería icónico.
En la cocina, Mia sirve tres copas.
—Previa oficial.
—Sabes que no tomo —repito, apoyándome en la encimera.
—Un sorbo —insiste Sienna—. Es tradición.
Tomo la copa con resignación.
—Esto huele a medicina.
—Eso es porque es tequila.
—Peor.
Chocamos las copas.
—Por nosotras —dice Mia.
—Por sobrevivir a un mes de presidencia —añade Sienna.
—Por no perder la cabeza —susurro yo.
Bebo un mínimo sorbo. El ardor me hace fruncir el ceño de inmediato.
—¿Cómo pueden disfrutar esto?
—Porque apaga el ruido —dice Mia.
La miro.
—Yo necesito el ruido para saber dónde estoy parada.
Sienna baja la copa.
—Lo sabemos. Y está bien. Tú nos sostienes cuando nosotras flotamos demasiado.
Sonrío, más suave.
—Siempre.
El bar está lleno pero no es exclusivo. Nadie se gira cuando entramos.
Nadie susurra.
Nadie apunta con una cámara.
Es casi irreal.
—Respira —me dice Mia al oído—. Aquí eres invisible.
La música golpea el pecho. Bajo las luces tenues, todo se siente más ligero.
—¡A la pista! —grita Sienna, agarrándonos de las manos.
Bailamos sin coordinación, sin elegancia medida. Sienna canta cada canción como si estuviera en un concierto. Mia gira sobre sí misma con los brazos arriba.
Yo río.
Río fuerte.
—¡Mírate! —me grita Mia sobre la música—. ¡Estás sonriendo de verdad!
—¡Siempre sonrío!
—No así.
Un chico se acerca.
—¿Bailas?
Lo miro con amabilidad.
—Estoy con mis amigas.
—Pueden unirse.
Sienna aparece entre nosotros como guardaespaldas improvisada.
—Ella ya tiene seguridad privada emocional, gracias.
El chico se ríe y se aleja.
—No tenías que ahuyentarlo.
—Sí tenía —responde ella—. No confío en hombres que usan demasiado perfume.
Mia se inclina hacia mí.
—Además, ninguno es suficiente.
—No necesito que nadie sea suficiente —replico.
—Claro que sí —dice Mia suavemente—. Solo que alguien que te mire sin ver la Casa Blanca detrás.
Eso me deja en silencio unos segundos.
Horas después salimos descalzas, cargando los tacones y riendo por tonterías.
—Te ves peligrosamente feliz —dice Sienna.
—Estoy feliz.
—Entonces sal más.
—No es tan simple.
—¿Por qué?
La miro.
Porque siempre hay ojos.
Porque siempre hay riesgo.
Porque mi apellido pesa.
Pero en lugar de eso digo:
—Porque el mundo no siempre me deja.
Mia me pasa un brazo por los hombros.
—Entonces nosotras sí.
Llegamos al apartamento y caemos en el sofá como adolescentes.
—¿Sabes qué es lo que más me gusta de ti? —dice Sienna.
—Tengo miedo de la respuesta.
—Que podrías tener cualquier cosa... y aun así eliges venir aquí a sudar en un bar con nosotras.
Sonrío mirando el techo.
—Aquí nadie me pide discursos.
—Aquí solo pedimos que bailes y no te enamores de ningún desconocido misterioso.
—Eso sería poco responsable.
—Exacto —dice Mia—. Por eso sabemos que cuando te enamores... va a ser un desastre hermoso.
Río.
No sé que esa frase es casi una profecía.
No sé que muy pronto mi mundo dejará de tener rincones invisibles.
Esta noche soy solo Meghan.
Y por ahora... eso es todo lo que quiero ser.