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Imperio De Apariencias

Imperio De Apariencias

Status: En proceso
Genre:Amor tras matrimonio
Popularitas:1.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Anónimo Y.V.

Camila Luna tiene una vida soñada, un marido perfecto y una familia envidiable. Pero dentro de las cuatro paredes de su hogar nada es lo que parece. Ella deberá decidir si seguir sosteniendo ese matrimonio y aprender a amar a su esposo, o tomar una decisión que implique un escándalo ante su entorno.

NovelToon tiene autorización de Anónimo Y.V. para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo | 16

Camila

Por la noche, fuimos invitados por el abuelo a cenar a la mansión Luna.

Cuando terminamos nuestra jornada en la empresa, apenas nos dio tiempo de ir a casa a arreglarnos. Y de camino, Nicolás bajó a comprar el vino favorito del abuelo, mientras yo esperaba junto a Alvarito en el auto.

El resto del viaje transcurrió con una calma inesperada.

Alvarito se quedó dormido en su sillita, exhausto después de su primer día en la empresa. Su respiración era suave, rítmica. Nicolás conducía con una mano firme sobre el volante, concentrado, pero relajado.

—Se portó muy bien hoy —dijo, rompiendo el silencio—. Creo que le gustó estar allí.

Sonreí, mirando al niño por el espejo retrovisor.

—Sí. Estaba cómodo. Curioso. Apenas lloró cuando hubo que cambiarle los pañales.

—Eso fue porque se sintió seguro —respondió—. Estaba con nosotros.

No hubo segundas intenciones en sus palabras. Solo una constatación simple. Y aun así, algo se acomodó dentro de mí.

—Las chicas lo adoraron —añadí—. Creo que ya tiene club de fans.

Nicolás soltó una breve risa.

—Todo un conquistador —dijo—. ¿A quién habrá salido?

Negué con la cabeza, divertida.

Seguimos hablando del día, de detalles mínimos: quién lo tuvo más tiempo, cómo reaccionó cuando escuchó ruidos nuevos, cómo se calmaba al oír nuestras voces. Nada trascendental. Y sin embargo, todo lo era.

Finalmente, llegamos a la mansión. El ama de llaves de la familia nos recibió y nos guio directo a la sala.

Allí estaban todos reunidos: el abuelo Ernesto, mi tío Jorge, mis primos Braulio y Sofía, mi tía Mariana. Y también estaba Arturo.

—Ahí están. Los que faltaban para completar esta reunión familiar.

El abuelo sonrió satisfecho.

Saludamos a todos y nos unimos a la reunión.

Por supuesto, Alvarito ni bien despertó, fue arrancado de mis brazos por mi tía Mariana.

—Sobrina, me gustaría pedirte disculpas por como me comporté el otro día contigo — dijo Jorge. — No tenía ningún derecho a cuestionar tus decisiones, ni mucho menos a hablarte de ese modo.

—Está bien, tío. Estás disculpado. Aunque no lo creas, también entiendo tu reacción.

Sonreí.

—Gracias, hija.

Él asintió aliviado.

—Así me gusta ver a mi familia. Unida. Sin diferencias. Cuidándose unos a otros — dijo el abuelo.

—Somos personas diferentes que piensan distinto, abuelo. Siempre habrá diferencias, pero lo importante es seguir unidos a pesar de ellas — dijo Braulio.

—Exacto. Y eso es lo que importa — añadí.

 —No se imaginan lo feliz que me encuentro ahora. Estamos todos en familia.

—Bueno, también está Arturo, que solo es amigo de Nicolás.

Sofía como siempre, intentando poner incómodo a mi esposo.

—Arturo es un trabajador importante en la empresa. Además, es amigo de Nicolás, como un hermano. Y Nicolás es parte de esta familia. Si tú tuvieras algún puesto en la empresa e hicieras amistades, también serían bienvenidas.

El abuelo como de costumbre. Correcto. Ubicando a todos de manera sutil.

Enseguida pude notar la incomodidad en mi prima. También en su madre, que le hizo un pequeño gesto de advertencia para que no dijera más.

La cena transcurrió con una calma casi solemne.

Nos sentamos alrededor de la gran mesa del comedor principal. El abuelo Ernesto ocupaba la cabecera, como siempre. A su derecha, Jorge y Mariana; a su izquierda, Braulio y Sofía. Nicolás y yo quedamos uno frente al otro. Arturo se sentó cerca de Nicolás, relajado, como si aquel espacio también le perteneciera desde siempre.

Durante los primeros minutos solo se escucharon los cubiertos y algún comentario aislado sobre el día. Hasta que el abuelo alzó su copa.

—Antes de continuar —dijo, con esa voz firme que imponía silencio sin necesidad de alzarla—, me gustaría proponer un brindis.

Todos levantamos la mirada.

—Por esta familia —continuó—. Por sus logros, por su crecimiento y por todo lo que cada uno aporta, incluso cuando no se da cuenta.

Hizo una breve pausa y giró levemente la cabeza hacia Braulio.

—Braulio —dijo—, me enteré de que cerraste tu primer contrato de manera individual. No solo fue beneficioso para la empresa, sino para tu propio camino profesional. Eso habla de compromiso y de carácter.

Mi primo asintió, visiblemente orgulloso.

—Gracias, abuelo.

Luego, Ernesto dirigió su atención hacia mí.

—Camila —prosiguió—, he observado cómo defendiste tu postura ante las adversidades. Hace apenas unos meses que fuiste madre, y aún así, sigues siendo dedicada a tu trabajo. Eso es digno de reconocer.

Sentí un leve nudo en el pecho y asentí en silencio, levantando apenas la copa.

Finalmente, el abuelo miró a Nicolás.

—Y tú, Nicolás… —dijo—. No dejas de cosechar éxitos en tu carrera tanto dentro, como fuera de la empresa. Sé que ganaste tu último caso. Uno complicado. Y aun así, lo resolviste con solvencia.

Todos alzamos las copas.

—Por los logros de la familia —dijo el abuelo.

—Por los logros de la familia —repetimos.

Fue entonces cuando Arturo, con su tono distendido, agregó:

—Bueno, también hay que decir que a pesar de que ese juicio fue un éxito… aunque no salió gratis.

El ambiente cambió apenas. Fue sutil, pero lo sentí.

—¿A qué te refieres? —preguntó Braulio.

Arturo miró a Nicolás de reojo antes de responder.

—Al hermano del tipo que terminó en la cárcel no le gustó mucho el resultado —dijo—. Hubo amenazas. Nada serio, pero…

Me giré de inmediato hacia Nicolás.

—¿Amenazas? —pregunté, sin poder ocultar la preocupación.

Nicolás dejó la copa sobre la mesa con calma.

—Nada fuera de lo habitual —respondió—. Gente que habla de más cuando pierde.

—Pero igual… —empezó Arturo.

Nicolás le lanzó una mirada breve, firme. No fue brusca, pero sí clara.

—De verdad, Arturo —dijo—. No vale la pena darle importancia.

Arturo se encogió de hombros, aceptando el límite.

Enseguida el tío Jorge sacó otro tema de conversación.

El tema quedó flotando en el aire, sin explicaciones ni detalles. Nadie insistió, pero yo no pude evitar sentir esa inquietud instalada en el pecho, silenciosa, persistente.

Después de la cena, todos nos reunimos en la sala.

Bebíamos café, mientras las conversaciones derivaban, como siempre, hacia temas de negocios: contratos, inversiones, planes a futuro.

 Escuchaba sin escuchar. Para ellos era natural, casi inevitable. Para mí, en cambio, era un ruido de fondo al que ya me había acostumbrado a convivir.

Nicolás estaba a mi lado, atento, participando lo justo. En un momento, miró hacia donde dormía Alvarito y luego me miró a mí.

—Creo que ya deberíamos irnos —dijo en voz baja—. Fue un día largo para él… y para nosotros también.

Asentí de inmediato.

—Sí. Tienes razón —respondí—. Voy un momento al baño y nos vamos.

Subí las escaleras con paso tranquilo. El baño estaba justo frente al pasillo que llevaba a mi antigua habitación. Al salir, mis ojos se detuvieron en esa puerta casi por reflejo.

No supe en qué momento tomé la decisión. Solo sentí el impulso.

Empujé la puerta despacio y entré.

Todo estaba exactamente igual. Demasiado igual. La cama perfectamente hecha, el escritorio ordenado, las cortinas en su lugar. Como si yo hubiera dormido allí la noche anterior. Como si nunca me hubiera ido.

El pecho se me apretó.

Avancé lentamente, recorriendo el espacio con la mirada primero, con los dedos después. Pasé la mano por el escritorio, por la superficie lisa que tantas horas me había visto estudiar. Me acerqué a la cama y acaricié las sábanas, la almohada, recordando la forma en que solía acomodarme para dormir.

Luego fui hacia el estante.

Allí seguían mis libros. De un lado, los de contabilidad y administración, subrayados, usados, testigos de una etapa exigente. Del otro, las novelas románticas, con títulos intensos y portadas que hablaban de amores imposibles, eternos, desbordados. Sonreí con tristeza al pensar en cuánto había cambiado… y en cuánto no.

Me acerqué a la mesita de noche y abrí el cajón.

Allí estaba.

Un libro que nunca terminé. Lo tomé entre las manos y lo abrí casi sin pensarlo. Entre sus páginas, aplastada y frágil, descansaba una margarita marchita.

La reconocí al instante.

La tomé con cuidado, como si aún pudiera romperse más, y entonces el recuerdo llegó sin permiso.

Alejo y yo sentados en un parque. Él arrancando la flor con cuidado, entregándomela con una sonrisa suave. Diciéndome que incluso marchita seguiría significando algo, que algunas cosas no pierden su valor solo porque el tiempo pase.

Los ojos se me llenaron de lágrimas.

Respiré hondo, obligándome a no llorar.

Fue entonces cuando escuché un golpe suave en la puerta, que había quedado entreabierta.

—Señora Camila —dijo una de las empleadas—. Su esposo ya se está despidiendo de la familia.

Asentí, aunque ella no podía verme.

—Ya bajo —respondí.

Dejé la flor donde estaba, cerré el libro y salí de la habitación sin mirar atrás.

Me despedí de todos con sonrisas correctas, abrazos breves. El trayecto de regreso fue silencioso. Nicolás conducía, Alvarito dormía, y yo cargaba ese nudo en el pecho que no lograba desatar.

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