—¡Qué fastidio de historia! ¿Por qué dejarían morir al villano de esa forma? —fueron mis últimas palabras antes de tragar un puñado de palomitas… y atragantarme con una de ellas.
Cuando abrí los ojos, ya no estaba en mi sala, sino en el cuerpo del antagonista de esa misma historia. Un personaje destinado a morir antes incluso que el villano.
Ahora tengo una sola misión: sobrevivir.
Y si para lograrlo debo cambiar el destino, enamorar al villano no suena tan mala idea…
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PRIMER DÍA
El cielo comenzaba a pintarse con los primeros tonos dorados del amanecer cuando abrí los ojos.
Me había levantado una hora antes para hacer mis ejercicios diarios. El aire era fresco, y el sonido de los pájaros me llenaba de energía.
Aun así, el estómago me daba vueltas. Hoy era mi primer día en la universidad.
Sería la primera vez que conocería, cara a cara, a los personajes principales de esta historia… y si el destino lo quería, tal vez al mismísimo villano.
Solo pensar en eso me provocaba un escalofrío.
—Nana, ¿podrías prepararme mi almuerzo, por favor? —pedí con mi mejor mirada de cordero.
Nana Liz me observó de reojo, pero terminó soltando una pequeña risa.
—Está bien, joven amo. Pero solo porque esa cara suya es un arma peligrosa —respondió con tono burlón mientras se dirigía a la cocina.
Desde que había decidido tomar en serio el control de este nuevo cuerpo, había descubierto muchas cosas:
su fuerza, su resistencia… y, por desgracia, su celo omega. Aquello había sido una auténtica tortura.
Recordar esos días era suficiente para hacerme estremecer.
Después de ducharme, bajé al salón. El aroma del desayuno llenaba el aire, y sobre la mesa me esperaba mi almuerzo perfectamente empaquetado.
Nana Liz lo colocó en mi mochila con cuidado, como si fuera algo sagrado.
—No olvides comer a tus horas —me advirtió con su tono maternal.
—Lo prometo —respondí, abrochando el cierre.
Unos pasos suaves resonaron detrás de mí.
Mi madre, con su elegancia habitual, se acercó y me besó la frente.
—Qué bueno que ya te levantes temprano, hijo. Ten un buen día —dijo con una sonrisa cálida.
—Gracias, mamá. Te lo prometo, lo daré todo hoy.
El día podía haber sido perfecto... si no fuera porque Evan, mi hermano mayor encargado de llevarme, se había quedado dormido.
Intenté mantener la calma mientras lo esperaba sentado en el sofá, pero los minutos se hicieron eternos.
—Evan, ¡por favor! Ya es tarde —grité desde el pasillo.
Una voz adormilada respondió desde el segundo piso.
—Cinco minutos más...
—¡Llevas diciendo eso desde hace media hora! —repliqué, cruzándome de brazos.
Finalmente bajó, con el cabello despeinado y las llaves en la mano.
—Listo, listo... vamos. No pongas esa cara, llegaremos a tiempo —dijo mientras bostezaba.
Spoiler: no llegamos a tiempo.
O al menos, casi no.
Cuando por fin el auto se detuvo frente a la universidad, ya faltaban pocos minutos para el inicio de clases. Me despedí rápidamente de Evan, tomé aire y crucé la entrada principal.
El ambiente estaba lleno de voces y risas. Los estudiantes se agrupaban, muchos se reencontraban después de las vacaciones.
Sin embargo, algo llamó mi atención.
Un gran grupo se había reunido frente a la fuente del jardín central. Todos murmuraban emocionados, con los teléfonos en alto.
—Se ven increíbles —dijo una chica a mi lado, con un tono casi soñador.
Me acerqué un poco para ver de qué se trataba… y entonces los vi.
Una pareja caminaba lentamente entre la multitud.
Ella, con su largo cabello dorado y su sonrisa angelical, parecía brillar bajo el sol.
Él, alto, de mirada fría y porte elegante, caminaba a su lado con una expresión serena, casi arrogante.
Viviana y Alan .
La protagonista y el villano.
Mis manos temblaron ligeramente.
—No puede ser… —susurré, sintiendo cómo mi corazón se aceleraba—. Son ellos.
Los personajes principales de esta historia.
Los que conocía tan bien, porque yo había leído cada detalle de sus vidas.
La multitud los admiraba, ajena a todo lo que yo sabía.
A la tragedia que los esperaba.
A la sangre, al dolor, a las mentiras que se esconderían tras esas sonrisas perfectas.
Nana Liz siempre decía que el destino es un libro que puede reescribirse…
Tal vez hoy, pensé mientras los observaba, era el día en que comenzaría a cambiar el guion.
Inspiré profundo y apreté la correa de mi mochila.
Si el universo quería jugar conmigo, que lo hiciera.
Pero esta vez, no sería un espectador.
—Muy bien, Nicolás —me dije en voz baja—. Hora de entrar en escena.
Y con paso firme, crucé las puertas del edificio principal, sin imaginar que ese primer día marcaría el comienzo de algo mucho más grande que mi propio renacer.