Ella ha dedicado su vida a entrenar y aunque ahora reencarna en otra época no dejará sus sueños.
* Esta Novela es parte de un mundo mágico*
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Postulación 2
El día de la postulación amaneció cubierto por una tensión casi eléctrica.
El patio principal de la academia fue despejado al amanecer. No había estudiantes curiosos permitidos, solo aspirantes formados en filas rectas. El suelo había sido apisonado durante la madrugada, dejando la arena firme para evitar resbalones. Todo estaba dispuesto como si fuera un campo de guerra en miniatura.
Y entonces llegaron ellos.
Tres capitanes del ejército de Bernicia cruzaron las puertas con paso firme, seguidos por varios soldados que cargaban armas de práctica y listas de evaluación.
El primero era robusto y de mandíbula cuadrada. El segundo, más delgado, con mirada analítica y fría.
El tercero fue el que se detuvo frente al grupo donde estaba Constance.
Era alto. De piel morena curtida por el sol. Pequeños rizos oscuros caían sin orden sobre su frente. Sus ojos claros contrastaban con el resto de sus rasgos y brillaban con una mezcla peligrosa de inteligencia y diversión. Cuando sonrió, lo hizo de medio lado, con una expresión burlona que parecía decir que nada lo sorprendía del todo.
No parecía un hombre rígido.
Parecía un hombre peligroso.
El profesor de la cicatriz avanzó y habló en voz baja con él.
—Capitán… esta aspirante desea postular sin revelar su rostro.
Hubo un breve silencio.
El capitán alzó una ceja.
Miró directamente a Constance, que permanecía firme, con la máscara ajustada y la postura erguida.
—¿Sin mostrar el rostro? —repitió con voz grave.
El profesor mantuvo la cabeza inclinada, como si ya anticipara la negativa.
Pero el capitán sonrió.
—No tengo problema con eso.
Algunos soldados intercambiaron miradas.
El profesor levantó la vista, sorprendido.
—Yo mismo seré su rival.
El profesor palideció.
Enfrentarse a un capitán no era una prueba estándar. Era casi una sentencia. Incluso los mejores aspirantes solían combatir contra sargentos o instructores menores. Un capitán era otra cosa.
El profesor maldijo en voz baja.
—Mala suerte… —murmuró.
Pero Constance no sintió miedo.
Porque el capitán no la miraba como una rareza.
No la miraba como un capricho.
No la miraba con condescendencia.
La miraba como se mira a un oponente.
Como se mide una espada antes de cruzarla.
El capitán dio un paso al frente y desenvainó una espada de práctica.
—Las reglas son simples.. Si logras tocarme tres veces con intención clara de daño, pasas esta fase. Si te desarmo o te derribo dos veces… quedas fuera.
Un murmullo recorrió a los aspirantes.
Tres toques a un capitán.
Era casi imposible.
El profesor bajó la cabeza, tenso.
Pero Constance avanzó.
Tomó la espada que le ofrecían.
Sintió el peso familiar en su mano.
Y entonces el capitán habló solo para ella, casi en un susurro..
—No me importa quién seas. No me importa qué escondas. Aquí solo importa si puedes sostenerte de pie.
Sus ojos claros brillaron con algo que no era burla.
Era desafío.
Constance inclinó apenas la cabeza.
El combate comenzó.
El capitán no atacó primero.
Esperó.
Eso fue suficiente para que ella entendiera algo crucial.. él estaba evaluando su ritmo, su respiración, su centro de gravedad.
Así que no dudó.
Se movió.
Su primer ataque fue rápido, una finta lateral seguida de un giro bajo. El capitán bloqueó con facilidad, pero sus labios se curvaron levemente.
[Interesante..]
Aceleró.
Los choques de metal resonaron en el patio.
El capitán no se movía con brusquedad. Se desplazaba como alguien acostumbrado a sobrevivir. Cada paso medido. Cada bloqueo eficiente. No desperdiciaba energía.
Constance comprendió pronto que enfrentaba algo distinto a todo lo anterior.
No era un noble talentoso como Damian.
No era un estudiante esforzado.
No era un profesor exigente.
Era un hombre que había estado en guerra.
En el tercer intercambio, el capitán la desarmó con un movimiento seco.
La espada cayó a la arena.
Un punto para él.
Los soldados anotaron.
El profesor cerró los ojos un segundo.
Pero Constance no retrocedió.
Recogió el arma.
Volvió a su posición.
El capitán ladeó la cabeza.
—Bien.
Esta vez él atacó primero.
Rápido.
Directo.
Sin advertencia.
Constance apenas logró bloquear. El impacto le vibró en los brazos. Retrocedió dos pasos. El segundo golpe casi la hizo caer, pero giró sobre el talón y recuperó el equilibrio.
Respiró.
Recordó las madrugadas.
Recordó los entrenamientos secretos.
Recordó la caída en su vida pasada.
No volvería a caer así.
En el siguiente cruce, cambió el ritmo.
En lugar de fuerza, usó precisión.
Un movimiento corto.
Un ángulo inesperado.
La punta de su espada rozó el costado del capitán.
Uno.
Los soldados se miraron entre sí.
El capitán bajó la vista hacia el punto marcado en su uniforme de práctica.
Y entonces rió.
No fuerte.
No burlón.
Genuinamente complacido.
—Eso fue limpio.
La segunda fase fue más intensa. El capitán dejó de contenerse. Sus ataques se volvieron más veloces, más exigentes. La obligó a retroceder, la presionó contra el límite del campo, buscó quebrar su defensa.
Y entonces ocurrió.
En un momento en que él avanzó demasiado confiado, ella se deslizó bajo su guardia y golpeó su antebrazo con la empuñadura.
Dos.
El patio quedó en completo silencio.
El profesor de la cicatriz levantó la cabeza lentamente.
El capitán la observó con ojos brillantes.
Ya no había diversión.
Había respeto.
El tercer punto sería decisivo.
El intercambio final fue breve.
Violento.
Preciso.
Constance sintió el agotamiento en cada músculo, pero no permitió que su postura se quebrara. Esperó una apertura mínima… una respiración mal calculada…
Y avanzó.
La punta de su espada se detuvo contra el pecho del capitán.
Tres.
El silencio fue absoluto.
Durante varios segundos nadie habló.
El capitán bajó la vista hacia la hoja que tocaba su pecho.
Luego levantó la mirada hacia ella.
Y sonrió de medio lado.
—Aceptada.
El profesor soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo.
Los soldados anotaron en la lista.
El capitán dio un paso atrás.
—No sé quién eres.. Pero si entrenas bajo mi mando, te aseguro algo… no volverás a ser la misma.
Constance bajó la espada.
Su pecho subía y bajaba con esfuerzo.
Pero no había miedo en ella.
Solo determinación.
Porque por primera vez desde que despertó en esta segunda vida…
Alguien la había mirado como una guerrera.
Y ella había demostrado que lo era.