A mis veinticinco años, mi mundo se reduce a una sola persona: mi hija, Ana Sofía. Como madre soltera, he aprendido a defenderme de hombres que confunden mi situación con vulnerabilidad; piensan que soy una mujer fácil, pero ese es su grave error.
He luchado sola para darnos un futuro, jurando que solo dejaría entrar a mi vida a alguien que realmente valiera la pena. O eso creía. Un hecho inesperado destrozó mis planes y me acorraló, obligándome a tomar una decisión que me avergüenza, pero que fue la única salida para salvar lo que más amo.
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La propuesta
Diego caminó por el pequeño espacio, sintiéndose extrañamente poderoso y, a la vez, miserable. En su mente, estaba "comprando" el tiempo de la mujer que lo obsesionaba, alejándola de aquel tal Enrique.
—Mi abuelo está obsesionado con la idea de que siente cabeza para cederme la presidencia total de las empresas. Necesito una esposa, alguien que sea impecable ante la sociedad, una profesional que él ya admire. Y tú necesitas una fortuna que no tienes.
Giselle se quedó helada. ¿Un matrimonio? ¿Con el hombre que la despreciaba?
—Quieres que me case contigo... ¿por dinero? —susurró ella, sintiendo náuseas.
—Llamémoslo un contrato de negocios —respondió Diego con frialdad, sacando una chequera—. Te daré el doble de lo que sea que necesites para tus "asuntos personales" ahora mismo, y una pensión mensual durante un año. A cambio, vivirás en mi casa, asistirás a los eventos conmigo y mantendremos la farsa ante mi abuelo y Alicia. Al terminar el año, nos divorciamos y tendrás suficiente dinero para no volver a trabajar si no quieres.
Giselle miró el papel en blanco. Pensó en Ana Sofía, en las facturas acumuladas, en la cirugía que Enrique debía realizar en menos de 48 horas. No tenía opción. Si aceptaba, salvaba a su hija. Si se negaba, la perdía para siempre.
—Acepto —dijo con voz firme, aunque por dentro se sentía morir—. Pero quiero la mitad del dinero por adelantado. Hoy mismo.
Diego arqueó una ceja, confirmando sus peores sospechas: ella realmente era una interesada. No podía imaginar que ese dinero iría directo a la cuenta de urgencias del hospital.
—Trato hecho. Mañana mismo firmaremos los papeles legales. Prepara tus cosas, un chofer vendrá por ti hoy mismo... Desde hoy serás solo mía. No quiero que pases un minuto más en este lugar y mucho menos que andes con ningún otro hombre.
Diego salió del apartamento con paso firme, sintiéndose triunfador. Había logrado "atarla" a él. Por su parte, Giselle se derrumbó en el suelo en cuanto la puerta se cerró. Tenía el dinero, pero acababa de vender su libertad al hombre que, si alguna vez descubría la verdad, podría usar todo su poder para quitarle lo único que realmente le importaba: su hija.
Con el cheque en la mano, salió corriendo hacia el hospital. Debía informarle a Enrique que preparara todo; ese mismo día realizaría el depósito.
—¿Cómo conseguiste tanto dinero en tan poco tiempo? —preguntó Enrique, visiblemente preocupado.
—Eso ahora no importa. Debo ir a pagar la cirugía de Ana, pero quiero estar presente, aunque sea observando desde lejos.
—Sabes que eso es imposible, Giselle...
—Y tú sabes que estaré allí, quieran o no. Es mi hija, y si algo sale mal, quiero estar cerca para ayudarla.
Giselle se apresuró a realizar el pago, mientras Enrique coordinaba los preparativos para la intervención. Mientras tanto, en la torre Alcázar, Diego recibió una notificación bancaria: el cheque que le había entregado a Giselle acababa de ser cobrado.
—Tenía razón —masculló Diego para sí mismo—. No eres más que una oportunista que solo busca dinero. Pero esta noche pagarás este cobro con tu libertad.
Sus ojos estaban más oscuros de lo habitual. Los celos lo cegaban a tal punto que se negaba a ver la realidad tras la desesperación de Giselle.
En el hospital, la cirugía había comenzado. Giselle se encontraba a pocos pasos de su pequeña, observando cómo Enrique luchaba por salvarle la vida. Tras varias horas de angustia, la pesadilla terminó: la pequeña Ana ya estaba en la unidad de cuidados intensivos, recuperándose.
—Todo fue un éxito. Tienes una hija muy fuerte y tan hermosa como su madre —comentó Enrique. Giselle, embargada por la felicidad de ver a su hija a salvo, apenas prestó atención al cumplido del médico.
De pronto, la vibración de su teléfono la hizo reaccionar. Al ver la pantalla, su expresión se ensombreció; era el recordatorio de que acababa de vender su alma al mismísimo demonio.
—Estoy en mi apartamento y tú no has llegado. ¿Dónde estás? —la voz de Diego retumbó con furia—. Y ni se te ocurra decir que estás en ese cuchitril, porque mi chofer fue a buscarte y le dijeron que no has aparecido por allí en todo el día.
—Sé perfectamente cuál es mi responsabilidad —respondió ella, intentando contener un sollozo—. Estaré en tu casa esta noche, solo debo terminar un par de asuntos.
—Te quiero aquí en una hora. Si no llegas, el trato se acaba y me devolverás hasta el último centavo de mi dinero.
Sin darle oportunidad de réplica, Diego colgó. Exhausta y cargada emocionalmente, Giselle terminó de completar los formularios necesarios y pidió ver a su hija una última vez.
—Por favor, cuídala mucho. No dudes en llamarme por cualquier cosa, no importa la hora —le suplicó a su viejo amigo.
—Estaré al pendiente, no te preocupes. Ve a descansar, vas a necesitar fuerzas para la recuperación de Ana.
Giselle forzó una sonrisa, aunque se apagó al recordar que no iría a descansar a su hogar. Un infierno se cerraba, pero otro estaba por abrirse. Con el corazón encogido, salió del hospital dejando a su pequeña sola tras una cirugía tan peligrosa. Tomó un taxi hacia lo que presentía sería su prisión personal. Durante el trayecto, observó las luces de la ciudad y a las familias cenando felices en los restaurantes; todos parecían tener una vida perfecta mientras ella cargaba con un peso insoportable.
Si tan solo ese hombre no me hubiera dejado sola en aquella habitación de hotel, pensó con amargura. Si se hubiera quedado, quizá mi vida sería diferente. Pero el pasado era inalterable, y ahora solo le quedaba enfrentar una existencia de penurias, sin nadie que la protegiera.