Elisabete nació ciega y siempre fue diferente a los demás lobos de su manada, pero llevaba consigo un destino grandioso: convertirse en la Luna, la líder espiritual del grupo. Cuando llega el momento del ritual que confirmaría su puesto, es rechazada públicamente por el alfa Caíque, humillada y expulsada, sumida en soledad y dolor. Sola y vulnerable, recuerda su infancia marcada por rechazos, pero también por un entrenamiento secreto que aguzó sus otros sentidos, convirtiendo su aparente fragilidad en fuerza.
Guiada por Alisson, el alfa enemigo de Caíque, Elisabete atraviesa territorios peligrosos y encuentra refugio seguro por primera vez. Bajo su protección, comienza a sanar viejas heridas, reconectar con su propia fuerza y descubrir que, incluso en la oscuridad, es capaz de sobrevivir y volver a confiar. Mientras tanto, Caíque, el alfa que la rechazó, se da cuenta de que su error puede tener consecuencias inesperadas. Entre recuerdos dolorosos, enfrentamientos y nuevos vínculos, el destino de Elisabete se transforma, demostrando que la verdadera fuerza viene de superar el rechazo y encontrar aliados en los lugares más inesperados.
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Capítulo 15
El beso aún resonaba entre ellos cuando Alisson apartó el rostro lo justo para tocar a Elisabete con la punta de los dedos.
Recorrió el contorno de su rostro con cuidado, como si estuviera aprendiendo cada línea por primera vez. El toque era lento, reverente.
—Eres un regalo de los cielos… —murmuró.
Aquellas palabras atravesaron a Elisabete como luz en agua profunda.
Se aferró a él sin pensar, los dedos cerrándose con fuerza en el tejido de su ropa, como quien finalmente encuentra refugio después de una vida entera expuesta al viento.
Alisson la envolvió con los brazos.
Y, por algunos instantes, el mundo no existió más allá de aquel abrazo.
Pero la Luna no descansaba.
El territorio parecía en silencio cuando el peligro entró.
No hubo aullidos.
No hubo alarma.
El primer grito vino del límite sur del bosque.
Alisson se apartó del abrazo de Elisabete de un salto, el cuerpo todo en alerta.
—Quédate aquí.
—¡No! —ella sujetó su brazo—. No me dejes sola.
Él respiró hondo y tocó la frente de ella con la suya.
—Entonces quédate exactamente donde yo pueda sentirte.
Él avanzó.
El aire se rasgó con el primer ataque.
Dos lobos de la manada fueron arrojados contra árboles con violencia. El suelo tembló. El olor a sangre se esparció demasiado rápido.
Caíque irrumpió en la espesura como una sombra viva.
Más grande.
Más oscuro.
Con los ojos ardiendo de algo que no era solo odio.
Era posesión.
—Alisson… —la voz vino en forma de gruñido—. ¿Aún se esconde detrás de la Luna?
Alisson se colocó entre él y Elisabete de inmediato, los dientes a la vista, el cuerpo listo para matar.
—Da un paso más… y te entierro donde la Luna no alcanza.
Caíque rió.
—¿Aún crees que puedes protegerla?
Entonces él se movió demasiado rápido.
El ataque fue directo, brutal, hecho para matar.
Los dos alfas chocaron con violencia suficiente para quebrar troncos. Garras rasgaron, dientes golpearon, aullidos se elevaron. El bosque entero respondió en pánico.
Elisabete oyó todo.
Cada impacto.
Cada caída.
Cada sonido de dolor.
—Alisson… —susurró en desesperación.
Y entonces, sintió.
Un tirón dentro del pecho.
No físico.
No de la carne.
Algo la estaba llamando.
El lazo de compañeros pulsó demasiado fuerte.
Su cuerpo comenzó a reaccionar solo.
El aire pareció comprimirse a su alrededor.
—No… —ella gimió—. Ahora no…
Su respiración falló.
El suelo bajo sus pies se calentó.
La transformación comenzó.
Mientras tanto, el combate se volvía salvaje.
Elisabete fue lanzado contra una roca, pero volvió riendo, con sangre escurriendo por el lateral del hocico.
—Lo sientes, ¿verdad? —provocó—. Ella está cambiando.
Alisson atacó con furia pura, derribando a Caíque otra vez.
—No te atrevas a hablar de ella.
Alisson rodó lejos, rió y retrocedió.
—No hoy… —dijo—. Aún no es el momento.
Lanzó una última mirada en dirección a Alysson —y fue allí que el error ocurrió.
Él sintió.
La Luna.
No protegiendo…
Sino quemando.
Caíque retrocedió un paso.
—¿Qué… eres?
Alisson aprovechó y lo golpeó con fuerza suficiente para lanzarlo de vuelta a las sombras.
Alisson huyó.
Pero no derrotado.
Advertido.
Elisabete cayó de rodillas.
El cuerpo entero ardía.
No era dolor común.
Era algo reorganizándose por dentro.
Los sentidos se confundían.
El sonido quedaba distante.
El bosque llamaba… por dentro.
Alisson surgió al lado de ella en el mismo instante, herido, jadeante.
—¡Elisabete!
Ella temblaba.
—No consigo parar…
El cuerpo de ella comenzó a cambiar.
No como antes.
No suave.
No controlado.
Los huesos vibraron.
La piel quemó.
El aullido que nació en su garganta no era totalmente humano —ni totalmente lobo.
Alisson la sujetó en los brazos mientras la transformación rasgaba los límites de lo que él conocía.
—¡Mírame! —la voz de él temblaba—. ¡Siente mi presencia! ¡Vuelve!
Ella se aferró a él con las pocas fuerzas que le restaban.
—No me dejes… —imploró.
—Nunca.
La transformación cesó de forma abrupta.
Elisabete se desmayó en los brazos de él.
El cuerpo exhausto.
El corazón aún latiendo demasiado rápido.
Alisson la tomó en los brazos y la llevó de vuelta a la manada bajo el silencio pesado de los guerreros.
La guerra no era más presagio.
Ella había comenzado.
Aquella noche, el anciano habló en voz baja:
—La Luna no solo la eligió.
Ella la está moldeando.
Alisson no se alejó del lecho de Elisabete ni un solo segundo.
Sujetó la mano de ella la madrugada entera.
Cuando ella finalmente despertó, tocó el rostro de él.
—Te quedaste…
—Yo siempre me quedo.
Ella sonrió débil.
—¿Incluso cuando todo parece derrumbarse?
—Principalmente cuando todo se derrumba.
Allí fuera, la Luna sangraba en luz inestable.
Y, en las sombras más distantes del bosque, Caíque rugía de odio.
Porque ahora él sabía:
Elisabete no era solo la Luna ciega.
Ella era algo que ni la propia Luna conseguía más controlar.