La vida de Emma cambia cuando el señor Rodrigo, tras más de 40 años trabajando en la empresa, decide jubilarse. Buscando a alguien joven y conocedor de su área para sustituirlo, elige a su asistente, quien ya tiene más de 10 años de experiencia trabajando a su lado. Aunque su elección podría convertir a Emma en la candidata perfecta para convertirse en la nueva madre de los hijos del presidente.
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Capítulo 5
Dominic los observó en silencio, evaluando las palabras de Rodrigo. Finalmente, asintió lentamente, aunque el escepticismo aún se reflejaba en su mirada.
—Quiero confiar en tu juicio, Rodrigo, pero quiero resultados. Y dudo mucho que ella pueda dármelos —respondió Dominic con frialdad.
Emma apretó los labios con fuerza, tratando de contenerse, pero no pudo soportar más la situación. Con una mezcla de determinación e indignación, soltó:
—Si es por la ropa, no se preocupe, Presidente. Con dinero se soluciona. Sin embargo, no permitiré que me humille por algo tan insignificante. Le demostraré lo que usted no quiere creer —dijo Emma, impaciente y cansada de escuchar tantas estupideces.
El Señor Castillo la miró sorprendido, como si descubriera un lado de Emma que hasta ese momento desconocía. Dominic, por otro lado, en lugar de enojarse, asintió con un leve gesto de aprobación.
—Espero que cumpla su palabra, señorita. Espero mucho de la recomendación de Rodrigo. Ya pueden retirarse —dijo Dominic, cortando de raíz la conversación.
Emma salió de la oficina con la sangre hirviendo. Odiaba a ese tipo tan arrogante, pero estaba decidida a darle una cucharada de su propia medicina. El Señor Rodrigo salió detrás de ella, sintiendo una mezcla de orgullo y satisfacción. Emma se había defendido bien, sin ofender al presidente, y lo más importante, había demostrado su carácter, algo crucial para un gerente.
—Te doy el día libre, Emma —dijo el Señor Castillo mientras caminaban hacia el elevador—. Pero no quiero que lo desaproveches. Mañana quiero que causes una buena impresión, consolidando mi recomendación hacia ti. Déjalos impactados.
Emma se sintió conmovida. El Señor Castillo siempre era un enigma, pero uno que ella apreciaba. Se acercó al hombre de edad avanzada y, con un gesto afectuoso, dejó un beso en su mejilla.
—Le prometo que mañana voy a sorprender a todos.
—Eso es lo que espero de ti, Emma —respondió Castillo con una sonrisa.
Emma tomó el elevador junto al Señor Rodrigo y se dirigieron al departamento de operaciones. Allí, recogió sus cosas y se despidió antes de salir del edificio. Mientras caminaba hacia la salida, sacó su teléfono y marcó el número de su hermana Daisy. El teléfono sonó tres veces antes de que la voz familiar de Daisy contestara.
—Daisy, necesito que me ayudes con algo. Confío más en ti que en mí misma. ¿Podrías ayudarme? —dijo Emma, con un tono de preocupación en su voz.
—¿Un "buenos días" primero, verdad? No le hace daño a nadie —respondió Daisy, ya acostumbrada al estilo apresurado de su hermana mayor.
Emma sonrió, consciente de su error. —Tienes razón, perdóname. Buenos días, hermosa princesa. ¿Será que su real majestad podría ayudarme en algo muy serio?
—Si me lo pides de esa forma, no puedo negarme. ¿Qué es lo que necesitas, Em?
—Necesito que me asesores en belleza y que me ayudes a escoger unos cuantos trajes. Mañana tengo una reunión muy importante, y quiero que alguien se trague sus malditas palabras.
—Claro, Em. Nos vemos en la boutique del centro.
—Gracias, hermanita.
—De nada. Te veo allí.
Emma pidió un taxi directo a la boutique en el centro de la ciudad. Durante el trayecto, no podía dejar de pensar en lo mucho que deseaba restregarle sus palabras al presidente. Era impresionante cómo, en un solo instante, Dominic había logrado encender su furia. Emma se preguntaba cómo podría lidiar con un jefe tan desafiante sin terminar peleando todos los días. Pero esta sería la primera y última vez que él se burlaría de ella.
Sonrió con sarcasmo mientras miraba su camisa, inspeccionándola como si buscara algún defecto. No entendía mucho de moda, pero estaba convencida de que no se vestía tan mal. Al llegar a la boutique, vio a su hermana esperándola dentro de la tienda. Entró y, al verla, se acercó para darle un abrazo, agradecida por el favor que Daisy le estaba haciendo.
Daisy la miró con una mezcla de sorpresa y preocupación. Sabía que su hermana era bastante convencional en su vestimenta, pero esto era otro nivel.
—¿Cómo es posible que vayas a la empresa vestida así? ¿Por qué tu camisa tiene cabezas de gatos? ¿Es una camisa formal, Emma? Y Dios mío, mira esa falda de rayas. Por favor, dime que me estás haciendo una broma —dijo Daisy, sin poder creer lo que veía.
Emma se miró en el espejo de la tienda, confundida. —¿Qué tiene de malo mi vestimenta, Daisy?
—Emma, eres hermosa, pero arruinas tu apariencia vistiéndote de esta manera. Eres una empleada, tienes que vestirte como tal, no como si fueras la empleada de un circo. Y apuesto a que ellos se visten mejor que tú.
Emma suspiró, sintiendo la preocupación empezar a invadirla. —No logro entender toda esta cosa de la moda, pero quiero que me ayudes, no que me juzgues. Mejor dime cómo tengo que vestirme.
—No es solo la ropa, Emma. Pero primero dime, ¿por qué este cambio tan repentino?
—Mañana seré el reemplazo del Señor Castillo, y tendré que presentarme ante la junta directiva. Además, el maldito del presidente trató de humillarme, por lo que quiero que se coma sus palabras.
Daisy asintió con seriedad. —Si es así, no te preocupes. Pero debes tener en cuenta que no solo se trata de la ropa, sino de la apariencia en general. Iremos a un salón de belleza y, por cierto, no solo necesitas un conjunto para mañana. Tienes que hacerte a la idea de que ahora eres una gerente y debes vestirte como tal. Así que te recomiendo que compres varios vestidos adecuados. Yo te ayudaré, Em.
Emma le dedicó una sonrisa llena de gratitud. —Gracias, Daisy. No sé qué haría sin ti.