Un matrimonio nacido de un acuerdo silencioso parecía destinado a la distancia, hasta que una decisión amenazó con arrebatarles todo. Entre ruinas, lágrimas y un campo de tulipanes, David y Elena descubrirán que el amor verdadero no nace perfecto, sino que se construye cuando el mundo se desmorona. A veces, el invierno más frío de la vida es solo la antesala de un nuevo florecer. Esta es la historia de una promesa rota por el miedo, un diagnóstico que cambió sus destinos y un amor inquebrantable que, treinta años después, sigue respirando en el corazón de quienes más los aman.
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15
Elena
Era la quinta vez en la semana que recibía aquel ramo de rosas. Durante tres meses, David había enviado uno tras otro, acompañados de un mensaje de "buenos días" que, aunque se volvían rutinarios, seguían provocando un vuelco en mi corazón. Ya no eran solo flores; ahora, el desayuno también aparecía en mi puerta puntualmente.
—Gracias —le respondí al repartidor, sosteniendo con torpeza las cosas.
La casa ya olía a rosas. Mis amigas me observaban desde el sofá, con sonrisas cómplices.
—Lo estás matando de ansiedad —dijo Kim, defendiéndolo esta vez, a pesar de haberlo odiado a muerte tras nuestra ruptura.
—Que sufra un poco más —respondió Eli, ayudándome a poner las flores en agua.
—A este paso, montaremos una floristería —bromeó Dani, tomándole una foto a Eli con el ramo.
—Hoy hay una carta —dije, mirando el sobre que reposaba sobre la bandeja.
Las chicas me miraron, expectantes. El miedo me atenazaba; temía que fuera, finalmente, la solicitud de divorcio que me confirmara que lo nuestro no tenía remedio.
—Lo leeré yo —dijo Dani, acercándose.
—Oye, deja que lo lea ella —replicó Eli, quitándole el sobre.
—No puedo —admití, con la voz temblorosa.
Ellas se miraron entre sí, comprendiendo el peso de mi angustia.
—Podemos leerlo nosotras.
—Sí —dije, sentándome a desayunar, intentando calmar mis nervios con un sorbo de café con leche.
Kim comenzó a leer en voz alta, dándole una entonación suave:
—"No sé qué escribir... Creo que este sigue sin ser el momento de escribirte. Estoy nervioso; admito que no puedo siquiera controlar la respiración al pensar en ti. Pero tengo que hacerlo, o de lo contrario me arrepentiré. Espero que estés bien, que comas bien. Que sonrías como solías hacerlo antes, porque no sé qué haré si por mi culpa tú... dejaste de ser tú. Solo quería decirte que te extraño, y no porque me sienta solo; lo digo en serio: extraño mucho que me mires, aunque sea con rabia. Extraño que tus manos toquen las mías. El cálido abrazo que me dabas cuando más vulnerable me sentía. Puede que suene egoísta, pero... me gustaría que estuvieras aquí. Aunque sea para vernos sin decir nada. Pero sé que no puedo, sé que no es lo correcto: tú mereces el hermoso cielo, incluyendo las estrellas, y yo solo soy un desierto con espinas que apenas está empezando a humedecerse para poder cobrar vida. Quería decirte esto en persona, pero no se podrá. Tengo que viajar..."
Kim se quedó en silencio, mirándome fijamente. La mención del viaje me puso tensa. Le quité la carta de las manos y mis ojos escanearon las últimas palabras:
*"Tengo que viajar; papá ha dejado la empresa en bancarrota. Mamá tenía unas tierras en otros países y vamos a venderlas para recuperar algo. No quiero sonar egoísta, pero... si todavía sientes algo por mí, por favor, Elena, por favor... espérame. Te amo, David".*
Un dolor agudo, pero dulce, se instaló en mi pecho. Las lágrimas rodaron por mis mejillas y mis amigas me rodearon en un abrazo cerrado.
—Él va a regresar —dijo Kim, con una seguridad que me reconfortó.
—Yo también lo pienso —añadió Dani.
—La última persona que me dijo eso, regresó demasiado tarde —les recordé a mi ex, limpiándome las mejillas.
—Bueno, tú todavía tienes una vida. Ahí claramente dice que lo esperes. Además, a André ni siquiera lo esperaste; está claro que estás más que enamorada —dijo Eli con una sonrisa pícara.
Las chicas rieron para eliminar cualquier rastro de tristeza, pero era una tarea imposible. Así era David: inundaba mi mundo de nostalgia, incluso en la distancia. Con él aprendí lo que significa querer, incluso en la tristeza.
—Iré a mi habitación —dije, retirándome con la carta apretada contra mi pecho.
Al llegar, la releí una y otra vez, grabando en mi mente aquel *"Te amo, David"*. Sonreí como una adolescente; yo también lo amaba. Tomé mi celular y escribí mi respuesta, con el corazón latiendo a mil por hora:
*"No tardes mucho"*.
Fue mi respuesta definitiva. Lo esperaría; no importaba cuánto tiempo pasara. Si él estaba dispuesto a intentarlo, yo también lo estaba.
Durante todos estos meses, Ana me llamaba a escondidas para contarme de su día a día. Me decía que ya comía bien, que él mismo se había dedicado a organizar mi habitación e incluso había colgado nuestros retratos de boda en la sala, diciendo que me haría gracia verlos allí. Como una tonta enamorada, escuchaba cada palabra de Ana.
Él me enviaba flores mientras yo, desde la distancia, supervisaba su medicación y me aseguraba de que su alimentación fuera la correcta. Era como si nunca nos hubiéramos soltado, como si, a pesar de los kilómetros, siguiéramos unidos por un hilo invisible. Al principio, los mensajes me dolían y me paralizaban por el miedo, pero poco a poco, los nervios dieron paso a una ansiedad deliciosa: la de esperar su mensaje de "buenos días" antes de que llegaran las rosas.
Si la vida quería que volviéramos a intentarlo, yo no me opondría. Estaba dispuesta a estar con David, esta vez, hasta que la muerte nos separara.