Valentina lo dio todo por su matrimonio. Cinco años soportando las humillaciones de su suegra, que la llamaba estéril. Cinco años aguantando la indiferencia de Adrián, el hombre que juró amarla. Cinco años creyendo que la culpa de no poder embarazarse era suya.
Hasta que un accidente le reveló la verdad: alguien le había estado dando drogas anti-ovulatorias a escondidas. La mujer que todos llamaban estéril nunca lo fue. Le envenenaron el vientre a propósito.
A partir de ese momento, Valentina dejó de llorar en silencio. Con la ayuda de Santiago —un abogado brillante que ve en ella la fuerza que nadie más quiso ver—, Valentina emprende su camino de vuelta: atrapa a los culpables, recupera su dignidad y construye desde cero la vida que le robaron.
Pero la traición tiene raíces profundas. Mientras Valentina renace, sus enemigos no van a quedarse de brazos cruzados. Y el pasado de Santiago también esconde heridas que amenazan con alcanzarlos a ambos.
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Capítulo 35
Santiago sujetó los hombros de Valentina con firmeza cuando ella comenzó a perder el equilibrio. La respiración de Valentina se oía entrecortada. Tenía el rostro encendido. Su mirada se nublaba poco a poco, mientras su cuerpo no dejaba de temblar con pequeños estremecimientos.
—Santiago... —lo llamó Valentina en un hilo de voz, aferrándose con fuerza a la camisa de él.
Santiago tragó saliva con dificultad. Podía sentir la temperatura corporal de Valentina subiendo cada vez más, incluso con ese contacto tan breve.
—Tenemos que ir al hospital —dijo él de inmediato.
Pero Valentina negó con la cabeza, débilmente.
—Ya no aguanto más —su voz temblaba—. Te necesito. Necesito que me toques.
La mirada de ella le oprimió el pecho a Santiago. El hombre sintió rabia. No solo contra Lorena, sino también contra sí mismo, por haberse descuidado y no haber protegido a Valentina.
Pero ahora no era momento de pensar en eso. La condición de Valentina era mucho más importante. Santiago finalmente la sacó del quinto piso utilizando el ascensor privado del hotel para no llamar la atención de los demás huéspedes.
Santiago le acariciaba la espalda con suavidad.
—Ya falta poco, aguanta —le susurró con ternura.
Durante todo el trayecto, el cuerpo de Valentina permaneció recostado contra su pecho. De vez en cuando cerraba los ojos y se mordía los labios, conteniendo algo que hacía que su cuerpo se agitara inquieto.
—Santiago... —Valentina se aferró al saco de él con fuerza.
Santiago le acarició el cabello despacio, tratando de calmarla.
—Aquí estoy.
En cuanto llegaron al vestíbulo del hotel, Santiago pidió una habitación de inmediato para que Valentina pudiera descansar con tranquilidad, lejos del bullicio de la fiesta. Una vez que obtuvieron la habitación, la llevó adentro sin demora.
La puerta acababa de cerrarse cuando Valentina se abrazó a Santiago con fuerza. Su cuerpo temblaba.
—Santi... —susurró ella en voz baja.
Santiago le tomó el rostro con delicadeza. Su mirada estaba llena de preocupación.
—¿Estás segura de que no quieres que llamemos a un médico?
Valentina negó levemente con la cabeza, mirándolo con los ojos vidriosos.
—Solo quiero estar contigo.
Aquellas palabras hicieron que Santiago cerrara los ojos un instante. Llevaba un buen rato luchando por contenerse. Pero al ver a Valentina en ese estado, mientras ella no dejaba de buscar su calor, sus defensas se fueron desmoronando poco a poco.
Santiago entonces la abrazó con todas sus fuerzas. Como si quisiera apaciguar toda la angustia que ella sentía.
Valentina le devolvió el abrazo, escondiendo el rostro en el pecho de él.
—Ayúdame, por favor... —susurró quedamente.
—Aquí estoy.
La voz de Santiago sonó cálida y reconfortante. Entonces le besó la frente con suavidad. Después la mejilla. Descendió lentamente hasta la comisura de los labios. Y cuando Valentina acercó su rostro al de él...
Sus besos por fin se encontraron. Al principio fueron lentos y tiernos. Llenos de quietud y consuelo. Pero conforme pasaban los minutos, el beso se fue volviendo más profundo, porque ambos se sumergían por igual en el torrente de emociones que desde hacía rato les desbordaba el pecho.
Valentina rodeó el cuello de Santiago con fuerza. Mientras tanto, él le acariciaba el cabello y la espalda con absoluta atención. No había imposición ni prisa alguna. Solo dos personas que se amaban y buscaban refugio la una en la otra en medio de una noche caótica.
—Santi... —la respiración de Valentina se aceleró suavemente.
Santiago la miró fijamente. Aquella mirada estaba colmada de cariño y de preocupación. Y a la vez, de un amor que no había dejado de crecer.
—¿Estás segura? —preguntó Santiago en voz baja.
Valentina asintió levemente. Luego esbozó una sonrisa tenue mientras le acariciaba el rostro con dulzura.
—Confío en ti.
Aquellas palabras encendieron algo cálido dentro del pecho de Santiago. Él volvió a besarla despacio, mientras la guiaba hasta sentarla en el borde de la cama grande de la habitación.
La noche fue avanzando. La suite se llenó de susurros quédos, abrazos cálidos, besos llenos de ternura y miradas de amor que no se desprendían la una de la otra.
Santiago trató a Valentina con un cuidado infinito, como si ella fuera lo más valioso que hubiera tenido jamás. Y Valentina, poco a poco, se fue abandonando a toda la atención y la delicadeza que él le brindaba.
Aquella noche se les hizo larga. Llena de pasión, de anhelo contenido y también de ternura. El amor que sentían hizo que su relación se volviera más profunda y más real.
* * *
Mientras tanto, la situación en la habitación 517 se transformó en una pesadilla para Lorena. La puerta se abrió con violencia. Cuatro hombres corpulentos entraron entre risas y comentarios obscenos. El olor a cigarrillo inundó el lugar al instante.
—¿Dónde está lo que nos prometieron? —preguntó uno de ellos, un tipo cubierto de tatuajes, con una mueca burlona.
Pero unos segundos después se miraron entre sí, desconcertados, al ver que la mujer en la cama no era la persona que esperaban. Lorena, que poco a poco recobraba la conciencia, abrió los ojos de golpe.
—¡Un momento, ¿quiénes son ustedes?! —preguntó Lorena con la voz aguda por el pánico.
Los hombres soltaron una carcajada.
—¿Cómo que quiénes somos? Nos dijeron que había un regalito preparado para nosotros.
—El que llamó también dijo que podíamos divertirnos todos juntos.
El rostro de Lorena se puso lívido. Acababa de darse cuenta de que todo se había vuelto en su contra.
—¡Se equivocaron de persona! —les gritó mientras se bajaba a toda prisa de la cama—. ¡Salgan de aquí!
Pero sus piernas le fallaron porque el cuerpo aún le pesaba tras el golpe que Santiago le había dado en la nuca. Uno de los hombres cerró la puerta de un portazo y echó el cerrojo.
El sonido de la cerradura hizo que el corazón de Lorena se detuviera.
—¡Les digo que salgan! —gritó histérica.
Lorena intentó correr hacia la puerta, pero uno de los hombres le atrapó el brazo con brusquedad.
—¡Suéltenme!
Lorena forcejeó con todas sus fuerzas. Golpeó el pecho del hombre una y otra vez. Incluso logró arañarle la cara a uno de ellos. Pero eran demasiados, y sus fuerzas no se comparaban.
—¡No se atrevan a tocarme! —chilló entre sollozos de pánico.
Los hombres se rieron con crudeza al ver su desesperación.
—¡No te resistas! Esta noche vamos a pasarla bien todos juntos.
—Sí. Tú aquí haciendo escándalo por gusto.
Lorena comenzó a temblar violentamente. El miedo la consumía, pero ya era demasiado tarde. El plan perverso que había urdido para destruir la dignidad de Valentina se había convertido en un arma vuelta contra ella misma. Le salió el tiro por la culata.
La mujer lloraba a gritos mientras seguía luchando, pero esa noche nadie acudió a socorrerla. Fue en ese momento cuando Lorena comprendió que la fosa que había cavado para hundir a Valentina la había arrastrado a ella misma hasta la ruina.