Durante siete años, Amelia Ferrer creyó que estaba construyendo un matrimonio y un futuro junto a Esteban Llorente. Renunció a sus propios sueños para convertir la empresa familiar de su esposo en un imperio, convencida de que algún día ambos compartirían el éxito que habían levantado juntos.
Todo cambia cuando descubre que Esteban y su madre llevan meses preparando un divorcio cuidadosamente planificado. No solo pretenden separarse de ella: quieren borrar cualquier rastro de su trabajo, apropiarse de sus aportes y dejarla sin un solo derecho sobre la empresa que ayudó a crear.
Amelia firma el divorcio sin discutir. Lo que nadie imagina es que una antigua sociedad fundada por su padre conserva, sin que ella lo sepa, derechos sobre uno de los activos más valiosos del Grupo Llorente.
Ese descubrimiento llama la atención de Gael Santoro, heredero de uno de los conglomerados empresariales más poderosos del país.
NovelToon tiene autorización de Ana Rosa Yosef Osca para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 11: La carta
Amelia sostuvo la hoja con las dos manos para que no temblara. La letra de su padre era la misma de siempre: firme, inclinada, precisa. Pero el contenido no se parecía a nada de lo que había leído la noche anterior en la casa.
La primera línea decía:
Si estás leyendo esto, significa que los Llorente ya se movieron contra ti y que Alessandro ya no está para protegerte.
Amelia sintió que el aire dentro del automóvil se volvía más denso. Continuó leyendo en voz alta, sin importarle que Gael estuviera al volante.
El Proyecto Legado nunca fue solo un activo. Fue un seguro. Una forma de garantizar que, si alguien intentaba destruirnos, hubiera una consecuencia real. Por eso lo estructuré de esa manera. Por eso oculté tu nombre durante tanto tiempo.
Hay algo que nunca te conté. Don Rodrigo Llorente no solo quiso entrar en el proyecto. Intentó forzarme. Cuando se negó, amenazó con destruir todo lo que yo había construido. Incluyéndote a ti. En aquel momento tomé una decisión que todavía me pesa: acepté un acuerdo secreto para ganar tiempo. Entregué información parcial a cambio de que te dejaran fuera de su alcance. Fue un error. Porque los hombres como Rodrigo no se detienen con acuerdos. Solo esperan la siguiente oportunidad.
Amelia se detuvo un segundo. Gael no dijo nada, pero sus manos se habían cerrado con más fuerza sobre el volante.
Ella siguió:
Si Esteban o Victoria están detrás de esto, no subestimes a la madre. Victoria siempre fue más peligrosa que su esposo. Ella no olvida. Y no perdona.
En este sobre encontrarás un número de cuenta y una clave. No es dinero. Es acceso a un archivo digital que deposité en una notaría de bajo perfil hace años. Allí está la prueba de las amenazas de Rodrigo y de las transferencias irregulares que hicieron en aquella época. Si llegas a necesitar presión real, úsala. Pero ten cuidado. Una vez que ese archivo salga a la luz, ya no habrá marcha atrás.
Perdóname por no haberte dicho la verdad. Creí que te estaba protegiendo. Ahora solo espero que llegues a tiempo.
Al final, solo había una firma.
Leonardo.
Amelia bajó la hoja. Por un momento no dijo nada. Miraba el papel como si todavía no terminara de aceptar que aquellas palabras pertenecían a su padre.
Gael habló primero, con voz baja:
—¿Hay un número de cuenta?
Ella asintió y se lo mostró. Debajo de la clave había una dirección de una notaría en una ciudad secundaria, a casi cinco horas de distancia.
—Eso es lo primero que tenemos que asegurar —dijo Gael—. Antes de que Victoria consiga la medida cautelar.
Amelia guardó la carta dentro del maletín.
—Si presentan esa solicitud de retención, ¿pueden detenerme?
—Depende del juez. Algunas medidas cautelares se resuelven en horas. Otras tardan días. Pero el solo hecho de que la hayan pedido ya es una declaración de guerra pública.
—Entonces no podemos quedarnos quietos.
Gael miró el reloj del tablero.
—Gabriel ya está hablando con nuestros abogados. Vamos a presentar una oposición inmediata y, al mismo tiempo, solicitar protección sobre los documentos originales. Pero eso no basta.
—¿Qué más?
—Necesitamos que el archivo de la notaría esté bajo nuestro control antes de que ellos descubran que existe.
Amelia asintió.
—Entonces vamos ahora.
Gael no discutió. Cambió de dirección en el próximo cruce y aceleró.
Durante el trayecto, Amelia volvió a leer la carta en silencio. Cada frase reordenaba los últimos siete años de su vida. El matrimonio con Esteban. La forma en que lo había conocido. Las oportunidades que habían aparecido “casualmente” en los primeros años. Incluso la facilidad con la que ella había entrado a trabajar en el Grupo Llorente.
Nada había sido tan espontáneo como había creído.
—Mi padre hizo un trato con ellos —dijo en voz baja—. Para protegerme.
Gael no apartó la vista de la carretera.
—Y ellos esperaron hasta que él ya no estuviera para cobrar la deuda.
El teléfono de Gael vibró otra vez. Esta vez contestó por el sistema del automóvil.
Era Gabriel.
—El juez aceptó revisar la solicitud de medida cautelar esta misma tarde —informó—. Nuestros abogados ya presentaron la oposición, pero el ambiente es hostil. Victoria Llorente adjuntó declaraciones de dos excompañeros de Amelia afirmando que ella había hablado de “recuperar lo que le correspondía” días antes del divorcio.
Amelia cerró los ojos.
—Clara no diría eso.
—No fue Clara —respondió Gabriel—. Fueron dos analistas del área de expansión. Personas cercanas a Esteban.
Gael interrumpió:
—¿Cuánto tiempo tenemos antes de que el juez resuelva?
—Puede ser esta noche. Puede ser mañana por la mañana. No hay certeza.
—Entonces necesitamos el archivo de la notaría antes de que anochezca —dijo Gael—. Avísale al equipo legal que prepare un recurso adicional. Si intentan retener a Amelia, quiero una respuesta inmediata.
La llamada terminó.
El resto del viaje se hizo en un silencio tenso. Amelia miraba el paisaje sin realmente verlo. En su mente se repetía una y otra vez la frase de su padre: Creí que te estaba protegiendo.
Llegaron a la notaría pasadas las cuatro de la tarde. Era un edificio discreto, de dos plantas, en una zona residencial tranquila. No parecía el lugar donde se guardaran secretos capaces de destrozar a una familia como los Llorente.
Gael estacionó frente a la entrada.
—Yo hablo con el notario. Tú no sueltes el maletín.
Amelia asintió.
Entraron juntos. El notario, un hombre mayor de gafas redondas, los recibió con profesionalismo hasta que Amelia mencionó el nombre de Leonardo Ferrer y mostró el número de cuenta junto con la clave.
El rostro del hombre cambió.
—Ese depósito tiene más de doce años —dijo en voz baja—. Nunca nadie lo reclamó.
—Hasta ahora —respondió Amelia.
El notario los hizo pasar a una sala privada. Tardó casi veinte minutos en verificar la documentación y los protocolos de seguridad. Finalmente, regresó con una carpeta sellada y un dispositivo de almacenamiento antiguo.
—El archivo está aquí. También hay una copia física. Su padre fue muy cuidadoso.
Amelia firmó los documentos de entrega. Cuando tuvo el dispositivo en la mano, sintió que el peso de los últimos días se desplazaba hacia algo más concreto. Ya no solo tenían sospechas. Tenían pruebas.
Gael miró el reloj.
—Tenemos que volver. Ahora.
Salieron de la notaría con paso rápido. Apenas habían llegado al automóvil cuando el teléfono de Gael volvió a sonar.
Gabriel ni siquiera esperó a que contestara.
—El juez acaba de firmar una medida cautelar provisional —dijo con urgencia—. No es una detención, pero le ordenan a Amelia presentarse mañana a las nueve de la mañana para declaración obligatoria. Si no comparece, pueden emitir una orden de búsqueda.
Amelia se detuvo con la mano en la puerta del automóvil.
Gael sostuvo su mirada.
—Entonces iremos mañana.
—No —dijo Amelia con voz firme—. Iremos. Pero no como ellos esperan.
Gael arqueó una ceja.
—¿Qué tienes en mente?
Ella guardó el dispositivo dentro del maletín y cerró la cremallera con precisión.
—Mañana no voy a llegar sola a declarar.
—¿Entonces?
Amelia abrió la puerta del automóvil.
—Mañana voy a llegar con las pruebas. Y con la intención de que Victoria Llorente sea la que tenga que explicar por qué su familia ha pasado más de veinte años intentando robarle el futuro a la hija de Leonardo Ferrer.
Gael la observó un segundo. Después asintió una sola vez.
—Entonces preparémonos.
Mientras el automóvil se alejaba de la notaría, ninguno de los dos vio al vehículo oscuro que arrancó unos segundos después, manteniendo una distancia prudente.
Dentro de ese automóvil, un hombre hablaba por teléfono con voz baja y tensa:
—Tienen el archivo. Repito: tienen el archivo.
Del otro lado de la línea, una voz femenina respondió con frialdad:
—Entonces ya no podemos permitir que lleguen mañana a esa declaración.
Hubo una pausa.
—Detengan el automóvil si es necesario. Pero no dejen que ese archivo llegue intacto a la ciudad.