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La dote del silencio

La dote del silencio

Status: Terminada
Genre:Matrimonio arreglado / Amor eterno / Enfermizo / Completas
Popularitas:3.9k
Nilai: 5
nombre de autor: Santi Suki

Valeria creció entre los surcos de una plantación de té, sin padres, con una pierna que nunca sanó del todo y unos tíos que la trataban como sirvienta. El día que Don Alejandro Montemayor, el patriarca más poderoso de la región, ofrece un millón de dólares de dote para casar a su nieto, los tíos de Valeria no dudan en venderla al mejor postor.

Sebastián Montemayor es el heredero de un imperio del té. Es brillante, observador y reservado. También es sordo desde los diez años, cuando un accidente que nadie ha logrado explicar le arrebató la audición y a su padre. Todas las mujeres que le han presentado lo han rechazado. Cuando Valeria aparece frente a él con un vestido prestado y una marca roja en la mejilla, Sebastián no ve a una novia sumisa: ve a alguien que esconde heridas.

Lo que comienza como un matrimonio arreglado entre dos personas rotas se transforma en algo inesperado. Poco a poco, entre torpezas, silencios elocuentes y pequeños actos de valentía cotidiana, Valeria y Sebastián descubren que sus vidas estuvieron entrelazadas mucho antes de conocerse.

Pero el pasado guarda secretos peligrosos. Un hombre poderoso lleva décadas ocultando una verdad que podría destruirlo todo, y hará lo que sea necesario para que esa verdad no salga a la luz. Cuando la búsqueda de justicia pone en la mira a quienes Sebastián más quiere, el silencio deja de ser refugio y se convierte en campo de batalla.

NovelToon tiene autorización de Santi Suki para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 34

La primera mañana en la villa los recibió con un resplandor anaranjado que asomaba lentamente tras el horizonte. Los rayos del sol, aún tímidos, se reflejaban en la superficie del mar y creaban un centelleo dorado que aquietaba la vista. El vaivén de las olas se sucedía sin pausa, entrelazado con la brisa que traía el aroma inconfundible del océano.

Valeria abrió los ojos despacio. Se frotó los párpados con suavidad y giró la cabeza hacia un lado. Sebastián seguía dormido boca arriba junto a ella. La sábana que lo cubría se había deslizado un poco, dejando a la vista la camiseta blanca que llevaba puesta. Su rostro lucía sereno. Las arrugas que solían marcarle la frente parecían haberse desvanecido mientras dormía.

Sin darse cuenta, una sonrisa leve se dibujó en los labios de Valeria. La noche anterior habían dormido como siempre. Nada había cambiado. Sebastián mantenía una actitud respetuosa y le daba el espacio que la hacía sentirse cómoda. Esa consideración, lejos de incomodarla, le daba cada vez más tranquilidad.

Con cuidado, Valeria bajó de la cama para no despertarlo. Pero apenas había dado unos pasos cuando escuchó aquella voz grave, ronca como la de alguien que acaba de despertar.

—¿Ya te levantaste?

Valeria se volvió de inmediato.

—¡Dios mío! Resulta que tú también estás despierto, cariño.

Sebastián asintió despacio mientras se incorporaba. El cabello todavía algo revuelto por el sueño le daba, a ojos de Valeria, un aire más atractivo e indómito.

—¿Dormiste bien anoche? —preguntó ella con una sonrisa cálida.

—Más o menos —contestó él, escueto.

Valeria exhaló aliviada.

—Qué bueno. Pensé que seguías con problemas para dormir.

Sebastián negó con la cabeza. No mencionó la verdadera razón.

Mientras Valeria usara su pijama de siempre, él lograba mantener la calma. Lo que de verdad lo había descolocado fue lo ocurrido unas noches atrás, cuando la vio con el camisón que le había regalado su madre.

La imagen de Valeria con aquella prenda insinuante todavía le cruzaba la mente de vez en cuando. Sin embargo, la noche anterior había conseguido ahuyentarla, y por eso durmió mucho mejor que la noche previa.

Después de asearse y disfrutar de un desayuno sencillo preparado por el matrimonio que cuidaba la villa, Sebastián invitó a Valeria a caminar hasta la playa.

El aire de la mañana aún se sentía fresco. La arena blanca se extendía a lo largo de la orilla, y los primeros rayos del sol le arrancaban un brillo suave. De cuando en cuando, las gaviotas pasaban rasando las olas antes de remontar hacia mar abierto.

—¡Qué hermoso!

Valeria se detuvo. Sus ojos resplandecían al contemplar el sol que emergía lentamente del horizonte.

—Nunca había visto un amanecer desde la playa.

Sebastián se detuvo a su lado.

—Yo tampoco lo veía desde hace mucho.

Durante unos instantes permanecieron de pie, uno junto al otro, en silencio. Solo el rumor de las olas llenaba la quietud de aquella mañana.

Al poco rato, Sebastián le echó un vistazo a la mano de Valeria. Recordó la búsqueda que habían hecho juntos en internet días atrás, sobre actividades que hacen las parejas en una cita.

[Las parejas suelen caminar tomados de la mano.]

Aquel pensamiento le encendió las orejas poco a poco.

—Tomarnos de la mano —murmuró en voz baja.

Valeria lo miró extrañada.

—N-no, nada. —Se aclaró la garganta para disimular los nervios.

Con un movimiento todavía algo torpe, Sebastián extendió la mano hacia ella.

—Valeria.

—¿Sí, Sebastián?

—¿Podemos... caminar como una pareja?

Valeria parpadeó varias veces.

—¿No somos ya una pareja?

Sebastián se quedó sin palabras.

—S-sí. Q-quiero decir... —Se llevó la mano a la nuca, que de pronto le ardía—. ¡Vamos, caminemos de la mano!

—Ah. —Valeria sonrió con timidez—. Sí, cariño.

Despacio, Valeria posó la palma sobre la de Sebastián. Los dedos de ambos se entrelazaron. Resultaba cálido, aunque fuera un gesto tan simple.

Aquel pequeño contacto, sin embargo, les aceleró el pulso a los dos. Valeria le lanzaba miradas furtivas a sus manos entrelazadas una y otra vez.

Una sonrisa discreta se instaló en los labios de Sebastián. Se miraron.

Segundos después, sin que ninguno supiera quién empezó primero, ambos soltaron una risa breve al mismo tiempo. La mañana se sentía extraordinariamente cálida.

Cerca del mediodía, Sebastián y Valeria se sentaron a descansar en la terraza de la villa mientras tomaban agua de coco fresca. La brisa marina soplaba con suavidad y hacía el ambiente todavía más agradable.

El teléfono de Sebastián, que reposaba sobre la mesa, vibró de golpe. En la pantalla apareció el nombre "Mamá".

En cuanto lo vio, Sebastián dejó escapar un suspiro quedo. Ya podía adivinar la razón de la llamada.

—Voy a contestar —le avisó a Valeria.

—Claro, cariño —respondió ella, sin apartar la vista de las olas a lo lejos.

Sebastián se alejó unos pasos y deslizó el ícono verde en la pantalla.

—Hola, mamá.

Antes de que pudiera agregar nada más, la voz de Patricia ya brotaba del otro lado.

—¡Sebastián! ¿Cómo va la luna de miel?

Sebastián se recargó contra la baranda del balcón.

—Bien, mamá.

Patricia resopló al instante.

—¿"Bien" significa qué, exactamente? Cuéntame como se debe.

Sebastián pensó unos segundos.

—Esta mañana vimos el amanecer. Caminamos por la playa tomados de la mano.

La comisura de los labios de Patricia se elevó un instante.

—Muy bien. ¿Y después?

—Después tomamos agua de coco.

Patricia cerró los ojos y se masajeó la sien un momento. Hasta negó con la cabeza.

—Ay, Sebastián, por Dios. No soy una reportera de noticias.

Él frunció el ceño.

—¿Entonces?

Patricia bajó la voz. Esta vez su tono se volvió más pausado, pero cargado de intención.

—Quiero preguntarte algo. ¿Ya tuvieron su noche de bodas?

Sebastián abrió los ojos de par en par. Por suerte, Valeria se encontraba bastante lejos de él en ese momento. Se aclaró la garganta y, sin pensarlo, giró la cabeza a derecha e izquierda para asegurarse de que nadie más lo escuchaba.

—Todavía no, mamá.

—¿Cómo? —La voz de Patricia subió de golpe—. ¿¡Todavía no!?

—No. Todavía no —repitió Sebastián con franqueza.

—¡Sebastián!

—Sí, mamá.

—¡Llevan más de tres meses casados! ¡Y están de luna de miel!

—Sí, mamá.

—¿Y aun así no ha pasado nada?

Sebastián se frotó la nuca, que de pronto le quemaba.

—No.

Patricia tomó aire varias veces seguidas, como si intentara serenarse.

—¿De verdad crié a un hijo demasiado caballeroso o qué me pasa?

Sebastián se rascó levemente la punta de la ceja.

—Es que no sé por dónde empezar.

A Patricia se le desencajó la mandíbula.

—¿Hablas en serio?

—Sí.

—Eres empresario. Diriges una compañía enorme. Te presentas frente a cientos de personas sin problema.

—Sí.

—¿Pero frente a tu propia esposa te bloqueas?

Sebastián calló. Pensándolo bien, tenía toda la razón.

Patricia soltó un suspiro largo.

—Sebastián.

—¿Sí, mamá?

—¿Te gusta Valeria?

La pregunta lo dejó paralizado.

Su mirada se desvió lentamente hacia la playa. Allí, Valeria estaba en cuclillas al borde de la arena, observando un cangrejito que corría hacia su madriguera. De vez en cuando se reía sola y le hacía señas a él con la mano, el rostro iluminado de alegría.

Al ver aquella sonrisa inocente, el corazón de Sebastián latió un poco más deprisa. Tragó saliva.

—Me... me gus...

Patricia esperó con paciencia.

—Me gusta.

—¿Qué? No te oí.

Sebastián cerró los ojos un instante. Le ardía la cara hasta las orejas.

—Me gusta. —Esta vez la voz le salió un poco más firme, aunque aún se le notaban los nervios.

Al otro lado de la línea, Patricia esbozó una sonrisa satisfecha.

—Ahí está. ¿Ves? ¿Por qué te cuesta tanto admitirlo?

Sebastián sonrió apenas, frotándose la nuca.

—Me da pena.

Patricia soltó una risita.

—¿Te da pena conmigo, cariño?

—Sí.

—Santo cielo. —Patricia no podía con la ternura que le provocaba su hijo—. Entonces escúchame bien.

Sebastián guardó silencio y la dejó hablar.

—En un mes Valeria empieza la universidad. En el campus va a haber muchos estudiantes. Muchos hombres jóvenes, de su misma edad —continuó Patricia—. ¿Qué pasa si alguno se le acerca?

La sonrisa de Sebastián se borró de a poco. Sin darse cuenta, la mandíbula se le tensó. La imagen de Valeria caminando al lado de otro hombre le cruzó la mente sin previo aviso. Riéndose juntos. Estudiando juntos. Tal vez incluso volviendo juntos a casa. Sin saber bien por qué, algo en el pecho se le apretó.

Patricia volvió a preguntar con suavidad.

—¿Y?

Sebastián respondió sin pensarlo dos veces.

—No me gusta.

Patricia sonrió con complicidad.

—Eso se llama celos.

Sebastián enmudeció. No lo negó. Porque, por primera vez, se daba cuenta de que eso era exactamente lo que sentía.

Patricia prosiguió con una voz que ahora sonaba mucho más dulce.

—Entonces no te quedes callado. Haz que Valeria se enamore de ti. Demuéstrale tu atención. Haz que sienta que ningún otro hombre puede cuidarla como su propio esposo.

Sebastián posó la mirada en Valeria, que en ese momento le sonreía y lo saludaba con la mano desde lejos. Poco a poco, la comisura de sus labios se elevó también.

—Está bien, mamá. Aunque todavía no sé cómo.

Patricia rio por lo bajo.

—Se aprende. Yo también tuve que aprender a ser esposa. Lo importante es no rendirse.

La llamada terminó. Sebastián contempló la pantalla del teléfono unos segundos antes de guardarlo en el bolsillo.

A lo lejos, Valeria volvió a agitar la mano.

—¡Sebastián! ¡Ven rápido! ¡Mira! ¡El cangrejito es adorable!

Al ver el rostro radiante de su esposa, Sebastián sonrió sin proponérselo. En su interior, empezó a tomar una decisión. Fuera como fuera, quería que Valeria se enamorara de él —no por el hecho de que fueran marido y mujer, sino porque ella lo eligiera de verdad, con todo el corazón.

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Joseanny Rociel
Me esta gustando la novela 👏
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