Un golpe familiar, una traición lleva a Maya Velini a la quiebra, literal casi a la calle. Pero un hombre más que peligroso le propone un trato. Un matrimonio, la Joven rica de apellido aristocrático lavaría la sangre de un mafioso salido de la nada. Dante Caruso
¿Quien gana? ¿Quien pierde?
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CAPÍTULO 33 TE QUIERO
Llegaron a la mansión pasada la una de la madrugada.
La casa estaba a oscuras. Elsa ya se había retirado. Alessandro y Renata, seguramente, también. Subieron las escaleras en silencio, tomados de la mano, como dos adolescentes que vuelven de una cita a escondidas.
Frente a la puerta de la habitación de Maya, Dante se detuvo.
—Aquí te dejo —dijo, aunque no soltó su mano.
—No —respondió Maya—. No esta noche.
Dante la miró. En sus ojos grises, fríos habitualmente, había algo nuevo. Algo que Maya nunca había visto. Miedo. No miedo a la violencia o a la muerte. Miedo a no estar a la altura. Miedo a romper algo que apenas empezaba a construirse.
—Yo no sé hacer esto —dijo—. No sé estar con alguien. No sé querer bien.
—Yo tampoco —respondió Maya—. Pero podemos aprender juntos. ¿No es lo que dijimos?
Dante asintió.
Maya abrió la puerta de su habitación y lo condujo al interior.
*_*
La noche fue larga y hermosa.
Dante fue cuidadoso al principio, casi temeroso, como si Maya fuera a romperse en sus manos. Pero ella lo guió, lo tranquilizó, lo besó hasta que sus manos dejaron de temblar. Y cuando finalmente se unieron, fue como si dos piezas de un rompecabezas encajaran después de años de búsqueda.
Después, cuando el sudor se secó en sus pieles y la respiración volvió a su ritmo normal, Maya se quedó dormida sobre el pecho de Dante. Él la sostuvo, con un brazo alrededor de su cintura, sintiendo cómo los latidos de su corazón se sincronizaban con los de ella.
—Te quiero —susurró, cuando estuvo seguro de que ella no podía oírlo—. Te quiero más que a mi vida.
Maya se movió ligeramente, acercándose más a él. No estaba dormida del todo.
—Yo también te quiero —murmuró—. Y no hace falta que lo digas en secreto.
Dante sonrió en la oscuridad.
—Entonces lo diré mañana. En voz alta.
—Mañana —repitió Maya, con los ojos cerrados—. Pero ahora duerme.
Dante cerró los ojos. Y por primera vez en años, durmió sin pesadillas.
*_*
Al día siguiente, Maya despertó sola en la cama.
Por un momento, pensó que lo había soñado todo. La galería, la inauguración, la noche con Dante. Pero el dolor agradable entre sus piernas y el aroma a hombre en las sábanas le confirmaron que era real.
Se incorporó, estiró los brazos y encontró una nota en la mesita de noche.
"Bajé a desayunar. No quería despertarte. Estás hermosa cuando duermes.
D."
Maya sonrió como una adolescente. Guardó la nota en el cajón de la mesita, junto con la que Dante le había dejado la primera noche. Un pequeño tesoro.
Se duchó, se vistió, bajó las escaleras. El sol entraba a raudales por los ventanales de la mansión, y todo parecía más brillante, más vivo, más hermoso.
En el comedor, la mesa estaba puesta para cuatro. Alessandro leía el periódico. Renata tomaba café. Y Dante, en la cabecera, la miró cuando entró con una expresión que le robó el aliento.
—Buenos días —dijo.
—Buenos días —respondió Maya, tomando asiento a su lado.
Alessandro levantó la vista del periódico y los miró a ambos con una ceja arqueada.
—¿Ya? —preguntó, con una sequedad que bordeaba el humor.
—Alessandro —lo amonestó Renata, dándole un golpecito en el brazo.
—¿Qué? Yo no digo nada. Solo pregunto.
Dante, imperturbable, sirvió café a Maya.
—Señor Velini —dijo—, con todo respeto, no voy a discutir mi vida conyugal en la mesa.
—Claro que no. Sería de mal gusto.
—Exactamente.
Silencio.
Alessandro volvió al periódico, pero había una pequeña sonrisa en sus labios. Renata negó con la cabeza, pero también sonreía. Y Maya, sentada junto al hombre que había aprendido a querer, sintió que el mundo, por fin, estaba en orden.
*_*
Esa tarde, Maya fue a la galería.
Necesitaba revisar los correos de los coleccionistas interesados, preparar los envíos, actualizar el inventario. Pero cuando abrió la puerta, encontró algo que no esperaba.
Sobre la mesa central, donde la noche anterior habían estado las copas de champán, ahora había un ramo de flores. No era un ramo cualquiera. Eran hortensias azules, las mismas que había en el jardín de su antigua casa, las que ella miraba aquel domingo maldito antes de que todo se derrumbara.
Junto a las flores, una tarjeta blanca con letra firme y mayúscula:
"Para que nunca olvides que los sueños se cumplen. D."
Maya tomó la tarjeta entre sus dedos, la acercó a sus labios, y sonrió.
Dante Carusso, el mafioso, el hombre frío y calculador, el de las manos manchadas de sangre, acababa de regalarle el día más feliz de su vida.
Y no era la galería. Ni las flores. Ni el éxito de la inauguración.
Era él.
Solo él.
La descargué y la lei en el tiempo que duró el tiempo sin luz
Gracias