Sinopsis
Un reino a punto de cambiar. Un secreto congelado en el corazón. Y un amor que desafiará a dos coronas.
A punto de ascender al trono de Arendor, la princesa Aria vive aterrorizada por dos grandes cargas: la abrumadora responsabilidad de gobernar a su pueblo tras la muerte de sus padres y un peligroso don milenario de magia de hielo que apenas puede controlar.
Buscando una tregua antes del día de su coronación, Aria se aventura de incógnito por las calles de la ciudad. Pero lo que debía ser una simple escapada la conduce a un rincón olvidado de Arendor y a los ojos de Erik, un misterioso y atractivo joven del norte que parece entender su soledad como nadie. Entre tardes furtivas en un banco de madera, caricias robadas y un beso desesperado en la penumbra, una chispa imprevista amenaza con consumir sus miedos.
Sin embargo, el destino guarda su propia revelación.
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CAPÍTULO 5: La Sombra de la Coronación y la Tormenta Interior
Al quinto día de sus encuentros furtivos, el clima en Arendor comenzó a cambiar violentamente, como si la propia naturaleza presagiara el choque de destinos que se avecinaba. Nubarrones densos y plomizos bajaban desde las cadenas montañosas del norte, y el viento del océano traía consigo un olor intenso a salitre y tormenta.
En el Gran Castillo de Piedra Blanca, los preparativos habían alcanzado un ritmo enloquecedor. Cientos de sirvientes pulían las barandillas de bronce, colocaban cortinajes de terciopelo azul y arreglaban arreglos florales que traían de las provincias del sur. Sin embargo, para Aria, cada adorno parecía una barra de hierro ajustándose alrededor de su cuello.
Durante la prueba final de la túnica de gala, la camarera mayor apretó demasiado el corsé de ballena. El dolor físico, combinado con la náusea del pánico, hizo que la magia de Aria reaccionara de forma violenta. En un parpadeo, el agua contenida en el jarrón de plata sobre la mesa auxiliar se congeló instantáneamente, resquebrajando la porcelana con un chasquido seco.
Las doncellas ahogaron un grito y retrocedieron aterrorizadas.
—¡Majestad! —exclamó la camarera mayor, mirando el hielo con los ojos desorbitados.
—Un... un descuido —mintió Aria, con la cara pálida y los labios temblando—. La brisa de la ventana estaba muy fría. Retírense. Por favor, déjenme sola.
Cuando las sirvientas abandonaron la habitación con miradas suspicaces y temerosas, Aria se dejó caer al suelo de rodillas, abrazándose a sí misma. La escarcha comenzaba a extenderse por las alfombras desde la punta de sus zapatillas. Sentía que se ahogaba. El control que tan arduamente había intentado mantener se desmoronaba a pasos agigantados.
Si pierdo el control durante la ceremonia... si el arzobispo o los lores ven esto... me encerrarán en una mazmorra o me ejecutarán por brujería, pensó con horror.
Desesperada, miró el reloj. Eran las cuatro y media de la tarde.
Ignorando el protocolo, sin cambiarse el pesado vestido de seda y cubriéndolo apresuradamente con la capa gris, Aria corrió por los pasadizos secretos. Necesitaba llegar al parque. Necesitaba la presencia de Erik como un hombre moribundo necesita el oxígeno.
Cuando cruzó la verja de hierro, la lluvia comenzaba a caer en finas gotas heladas. Erik estaba de pie bajo la frondosa copa del viejo roble, esperándola con el rostro desencajado por la preocupación. Al verla llegar corriendo, despeinada y con los ojos anegados en lágrimas, avanzó hacia ella sin dudarlo.
—¡Aria! —exclamó él, tomándola por los brazos—. ¿Qué ocurrió? Estás temblando.
—No puedo hacerlo, Erik... No puedo —sollozó ella, colapsando contra su pecho.
Erik no hizo preguntas. La rodeó inmediatamente con sus brazos poderosos, pegándola a su cuerpo y cubriéndola con su amplia casaca para protegerla de la lluvia y del viento. La calidez que emanaba de su pecho penetró a través de las capas de seda del vestido de Aria. El latido firme, pausado y constante del corazón de Erik resonó contra el oído de la princesa, actuando como un ancla en mitad de la tempestad.
Lentamente, milagrosamente, la escarcha invisible que quemaba las venas de Aria comenzó a amainar. El temblor de sus manos cesó.
—Respira, Aria —le susurró él al oído, acariciándole el cabello rubio con delicadeza infinita—. No estás sola. Sea lo que sea a lo que tengas que enfrentarte mañana, la fuerza está dentro de ti. Eres la mujer más valiente y pura que he conocido.
Aria alzó la mirada hacia él. Las gotas de lluvia brillaban en el cabello azabache del joven y corrían por sus pómulos marcados. Sus ojos azul glaciar la contemplaban con un amor tan profundo y devoto que el mundo entero pareció desaparecer alrededor de ellos.
En ese rincón olvidado del parque, rodeados por el murmullo de la lluvia y protegidos por las ramas del anciano roble, el tiempo se detuvo.