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Mi Ex CEO Me Compró Por Un Año

Mi Ex CEO Me Compró Por Un Año

Status: Terminada
Genre:Romance / CEO / Reencuentro / Romance oscuro / Completas
Popularitas:15.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Fabiana Luna

Clara Serrano juró que nunca volvería a caer por Adrián Fuentes.
Un año atrás, él le rompió el corazón, la dejó con una mentira clavada en el pecho y desapareció justo cuando ella más necesitaba una explicación.
Ahora Clara sólo quiere trabajar, cuidar a su madre y mantenerse lejos de los hombres peligrosamente guapos.
Pero el destino tiene pésimo sentido del humor.
En una consulta médica, vuelve a encontrarse con Adrián: el mismo rostro que no pudo olvidar, la misma voz que todavía le eriza la piel... y ahora también el poderoso CEO capaz de comprar medio mundo con tal de acercarse a ella.
Clara intenta huir.
Adrián no piensa soltarla.
Para protegerse y resolver sus propios problemas, Clara acepta firmar un contrato con él: un año juntos, beneficios claros y nada de enamorarse.
Pero Adrián no quiere una novia por contrato.
Quiere a Clara.
La que lo odia, lo provoca, lo reta y todavía tiembla cuando él la besa.
Entre celos, secretos, dinero, deseo y una verdad que ninguno de los dos ha terminado de confesar, Clara tendrá que decidir si Adrián Fuentes es el error más caro de su vida...
O el único hombre que siempre estuvo dispuesto a perderlo todo por ella.

NovelToon tiene autorización de Fabiana Luna para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 23

Capítulo 23

El agua empezó a caer en el baño.

El sonido era demasiado claro.

Demasiado íntimo.

Yo estaba de pie frente al lavabo, mirando el vapor subir poco a poco por el espejo, cuando de pronto recuperé el sentido común.

Eran apenas las siete de la noche.

¿Qué clase de persona se bañaba a las siete para luego meterse a la cama y hacer qué durante horas?

¿Dormir en seco?

¿Acostarse uno al lado del otro fingiendo que no había pasado nada mientras el cuerpo seguía recordando el agua caliente?

No.

Eso sonaba incómodo.

Y peligroso.

Sobre todo con Adrián detrás de mí, quitándose tranquilamente el reloj como si no supiera exactamente qué efecto tenía cuando se deshacía de una prenda sin prisa.

Yo tosí.

—Tengo hambre.

Adrián levantó la mirada.

—¿Ahora?

—Sí.

—Hace un minuto ibas a preparar el agua.

—El agua puede esperar.

Él me estudió con una sonrisa lenta.

—¿Estás escapando?

—Estoy priorizando mi salud digestiva.

—Ajá.

—Quiero comer.

—¿Qué quieres pedir?

Me giré hacia él.

—No quiero pedir.

Adrián dejó el reloj sobre la cómoda.

—Entonces...

Levanté la barbilla.

—Quiero comer algo hecho por ti.

La sonrisa se le borró por completo.

No por molestia.

Por sorpresa.

Y luego, como si alguien le hubiera encendido una luz por dentro, sus ojos cambiaron.

—¿Quieres que cocine para ti?

—Eso dije.

—¿Lo que sea?

—Algo comestible.

—Mis estándares han mejorado.

—Eso espero.

Hacía un año, cuando recién empezamos a vivir esa historia absurda en la que yo creía que él era un simple encargado de edificios y él fingía que no tenía detrás a una familia multimillonaria, ninguno de los dos sabía cocinar.

Yo podía sobrevivir con comida a domicilio sin problema.

Él, en cambio, un día apareció con una expresión demasiado seria y dijo que iba a aprender.

"Para que comas algo caliente cuando vuelvas cansada", me había dicho.

La primera vez casi me intoxica.

La segunda no fue mucho mejor.

La tercera ya parecía comida.

Y después, de alguna manera, empezó a saber a casa.

Me humedecí los labios sin darme cuenta.

Sí.

Lo extrañaba.

Extrañaba ese sabor.

Extrañaba sentarme afuera mientras él peleaba con el sartén.

Extrañaba verlo salir de la cocina con cara de niño esperando calificación.

No iba a admitirlo.

Pero lo extrañaba.

Adrián se acercó.

—¿Qué quieres comer?

—Sorpréndeme.

—Eso suena a examen.

—Lo es.

—Entonces voy a sacar diez.

—Qué confianza.

—Contigo siempre estudio de más.

No respondí.

Le levanté la barbilla con un dedo, solo porque de repente me dio la gana molestarlo.

—¿Tan obediente?

Adrián tomó mi mano y besó la punta de mis dedos.

El gesto fue rápido, pero suficiente para mandarme un cosquilleo por el brazo.

—Soy el más obediente.

—No te creo.

—Lo soy cuando se trata de ti.

Luego, como si temiera que esa frase sonara demasiado perfecta, añadió:

—Bueno, intento serlo.

—¿Intentas?

—Tengo que dejarme una salida por si un día me pides que te deje ir.

La sonrisa se me apagó un poco.

Adrián no apartó los ojos.

—Todo lo demás lo intento. Eso no.

Qué tramposo.

Decía cosas así y luego esperaba que una siguiera fingiendo que el corazón no se movía.

—Sinvergüenza —murmuré.

Él sonrió otra vez, más tranquilo.

—¿Quieres grabarme y subirlo? "El misterioso presidente del Grupo Fuentes reducido a cocinero personal".

—No me tientes.

—Hazlo.

Sacó su celular y me lo puso en la mano.

—Pero grábame guapo.

Miré el celular.

Luego lo miré a él.

—Tú quieres que lo suba.

—Por supuesto.

—¿Qué pasó con el hombre misterioso que no deja fotos en internet?

—Ese hombre era soltero y tonto.

—Sigues siendo tonto.

—Pero ya no quiero parecer soltero.

Le devolví el celular contra el pecho.

—No voy a subir nada. Te daría demasiado gusto.

Adrián recibió el golpe del aparato como si hubiera recibido una caricia.

—Me conoces muy bien.

—Por desgracia.

—También me gusta eso.

—Vete a cocinar.

—Sí, mi señorita.

Se arremangó la camisa nueva al caminar hacia la cocina.

Yo lo seguí después de unos minutos, más por curiosidad que por ayuda.

La cocina era amplia, impecable, demasiado cara para parecer vivida. Pero cuando Adrián se plantó frente a la barra y empezó a revisar ingredientes, todo cambió un poco.

Dejó de parecer una cocina de revista.

Pareció nuestra vieja cocina.

Solo que ahora él era más alto en mi memoria, más ancho de espalda, más difícil de ignorar.

La barra le quedaba un poco baja. Tenía que inclinarse más de lo normal, y la tela de la camisa se tensaba en su espalda cada vez que alcanzaba algo.

Me acerqué.

—Puedo ayudarte.

—No.

—Puedo lavar verduras.

—Tampoco.

—No soy inútil.

Adrián dejó el cuchillo sobre la tabla y me empujó suavemente hacia la salida.

—Nunca dije eso. Pero cuando cocino para ti, tú esperas.

—¿Esa es una regla?

—Sí.

—No recuerdo haberla aprobado.

—La aprobaste hace un año, cuando dijiste que te gustaba verme trabajar.

Me quedé callada.

Eso sí lo había dicho.

Probablemente.

Con menos ropa de por medio.

Adrián bajó la voz.

—Ve a sentarte. Mira televisión, lee, haz lo que quieras. Yo te llamo.

—Me estás corriendo.

—Te estoy cuidando.

—Suena igual.

—Pero sabe distinto.

No pude evitar sonreír un poco.

Él lo vio.

Y por supuesto se puso insoportable.

—Sonreíste.

—No.

—Sí.

—Fue un espasmo.

—Muy bonito tu espasmo.

—Cocina.

Me fui antes de que siguiera diciendo tonterías.

En la sala encendí la televisión por costumbre, pero no duré ni cinco minutos.

Las series de moda parecían hechas por alguien que odiaba a las mujeres con buen gusto. Actores rígidos, diálogos pegajosos, caras que no sostenían un primer plano y supuestos galanes que me daban ganas de cambiar de canal.

Apagué la pantalla.

Preferí abrir una novela en el celular.

No sé cuánto tiempo pasó.

Me metí tanto en la lectura que no escuché cuando Adrián se acercó.

—¿Ahora lees novelas?

Su voz apareció detrás de mí.

Me sobresalté apenas.

—Siempre he leído.

—Antes veías más televisión.

—Antes la televisión tenía hombres más guapos.

El silencio que siguió fue muy interesante.

Levanté la mirada.

Adrián estaba serio.

Ridículamente serio.

—¿Qué significa eso?

—Que ahora veo un drama romántico y no sé si el protagonista me quiere enamorar o vender un seguro.

Él se sentó a mi lado.

—A ver.

—¿Para qué?

—Quiero saber contra quién compito.

—No compites.

—Mejor.

Abrí una serie cualquiera y le mostré una escena.

Adrián la vio con el ceño fruncido.

Su juicio fue inmediato.

—No.

—¿No qué?

—No hay comparación.

—Qué humilde.

—Estoy siendo objetivo.

—Ajá.

Se enderezó un poco.

—Entonces, si ya no te gustan los de la pantalla...

—No empieces.

—Puedes verme a mí.

Lo miré de arriba abajo, lenta, deliberadamente, solo para ver si se le bajaba lo presumido.

No se le bajó.

Se le subió.

—Eso hago —dije al fin—. A veces es menos triste que verlos a ellos.

Adrián se llevó una mano al pecho.

—Voy a tomar eso como un elogio.

—Haz lo que quieras.

—Lo haré.

Sus ojos brillaron con una idea que no dijo.

Y eso me preocupó.

No insistí porque en ese momento el olor de la comida llegó hasta mí y mi estómago decidió traicionarme.

La mesa quedó lista poco después.

No era un banquete ostentoso, sino algo mucho peor:

comida hecha con memoria.

Los platillos que me gustaban.

El punto exacto de picante.

La salsa que él antes tardó semanas en lograr.

El arroz como yo lo prefería.

No había forma de defenderse de eso.

Me senté fingiendo tranquilidad.

Adrián puso un plato frente a mí y luego tomó asiento... pero no frente a mí.

A mi lado.

Demasiado cerca.

—¿Quieres que te dé de comer?

Levanté la cabeza de inmediato.

—No.

—Ni siquiera lo pensaste.

—Porque sé lo que significa.

—Significa que quiero cuidarte.

—Significa que quieres sentarme encima y usar la comida como excusa.

Adrián parpadeó con una inocencia pésimamente actuada.

—Qué mal concepto tienes de mí.

—Qué buen historial tienes tú.

Su mirada bajó a mi cuello.

Yo supe exactamente qué estaba mirando.

Las marcas.

Algunas ya casi se iban.

Otras seguían ahí, tercas, como si su boca hubiera querido dejar pruebas para él mismo.

Adrián respiró hondo.

Luego, contra todo pronóstico, se levantó y se sentó enfrente.

Me quedé mirándolo.

—¿Qué?

—Nada.

—Parece que sospechas de mí.

—Sospecho.

—Hoy voy a portarme bien.

—Eso nunca anuncia nada bueno.

—Come.

Tomé el tenedor.

Él me puso comida en el plato.

—Prueba. Llevo un año sin hacerlo. Tal vez perdí práctica.

Un año.

La frase me detuvo.

Levanté la mirada.

—¿Un año sin cocinar?

—Sí.

—¿No cocinaste para tu prometida?

Adrián se quedó con el tenedor en el aire.

—¿Mi qué?

—Tu prometida de alianza familiar.

Su expresión pasó de desconcierto a una atención demasiado aguda.

—¿Cómo sabes eso?

—¿Qué importa?

—Importa.

—Investigué.

No iba a hacerme la santa.

Si tenía que vivir un año como su novia por contrato, al menos quería saber si iba a aparecer una mujer a aventarme una copa y llamarme amante.

—Claro que investigué —dije—. Aunque sea novia de contrato, no quiero que llegue la "oficial" a buscarme problemas.

La cara de Adrián se oscureció.

—No hay oficial.

—Eso dicen todos.

—Clara.

Su voz se puso seria.

—Hubo una propuesta de mi familia. De ellos. No mía.

Dejó el tenedor.

—Ni siquiera la conocí.

Lo miré sin decir nada.

Adrián continuó:

—Cuando me fui de casa y oculté mi identidad, fue porque mi familia me tenía asfixiado. Todo era el Grupo Fuentes, las reglas, el apellido, con quién debía casarme, cómo debía vivir. Quise respirar un poco. Por eso terminé fingiendo ser un encargado de edificios.

La ironía era tan absurda que casi me reí.

El heredero del Grupo Fuentes escondido detrás de un uniforme sencillo.

Y yo, pensando que había encontrado a un hombre común, libre de esas guerras de dinero.

—Luego te conocí —dijo.

Su mirada se suavizó.

—Yo pensé ir despacio.

—Mentira.

—Es verdad.

—Tú coqueteabas como si te pagaran comisión.

—Porque tú eras rápida.

—¿Yo?

—Me llevaste a tu casa antes de que yo terminara de confesar que me gustabas.

Me atraganté con el aire.

—Eso no fue así.

—Fue exactamente así.

—Yo solo...

—Me secuestraste con consentimiento.

—Cállate.

Adrián sonrió, pero la sonrisa duró poco.

—Durante ese año contigo fui muy feliz. También intenté arreglar las cosas con mi familia. Quería que aceptaran mi decisión antes de contarte quién era.

—Porque pensaste que mentirme era mejor.

—Porque tenía miedo.

No se defendió.

Eso me molestó más que una excusa.

—Tenía miedo de que supieras mi apellido y te alejaras. Tenía miedo de que creyeras que todo entre nosotros era falso. Y justo cuando por fin logré que aflojaran...

Sus dedos se cerraron.

—Pasó lo de Julián.

El beso.

El accidente.

El año entero de ruina.

No tuve ganas de hablar.

Adrián tampoco apuró la explicación.

—La supuesta prometida apareció mientras yo estaba en el hospital —dijo al final—. Yo ni podía moverme. Mi familia usó esa excusa para hacer circular el rumor. Cuando recuperé el control, lo primero que hice fue cortar eso.

Me miró directamente.

—No hay nadie más. No la hubo. No la habrá.

La comida empezó a enfriarse entre nosotros.

Yo bajé los ojos.

—Bien.

—¿Bien?

—Sí.

—¿Eso es todo?

—¿Qué quieres que diga?

—Que estás celosa.

—Qué flojera.

—Que te importó.

—Me importaba no meterme en problemas.

—Clara.

—Adrián.

Él suspiró.

Luego, como si no pudiera evitarlo, soltó:

—Si tú quisieras, mañana mismo podríamos casarnos.

Levanté la cabeza.

—¿Perdón?

—Casarnos.

—¿Te golpeaste la cabeza?

—Estoy hablando en serio.

Y sí.

Lo estaba.

Eso era lo terrible.

—Ahora tengo el control de mi vida —dijo—. Nadie puede decidir con quién me caso. Nadie puede meterte por debajo de otra persona. Si tú dices que sí, mañana puedo hacer que todos sepan que eres mi esposa.

Mi corazón dio un golpe raro.

Demasiado fuerte.

Demasiado peligroso.

Así que hice lo único razonable:

lo ataqué.

—Sueñas bonito.

Adrián no se ofendió.

—Sí.

Me quedé callada.

Él apoyó la barbilla en una mano.

—Sueño contigo casándote conmigo desde hace mucho.

—Ni siquiera he aceptado volver contigo.

—Lo sé.

—¿Y ya quieres matrimonio?

—Quiero todo.

Su voz bajó.

—Pero puedo ir paso a paso.

Eso era lo que me daba miedo.

Que ahora sí pareciera capaz.

De esperar.

De cocinar.

De sentarse enfrente aunque quisiera tenerme en sus piernas.

De no golpear a Rogelio porque yo se lo pedía.

De usar su descaro como juego y su paciencia como promesa.

—Primero gánate la reconciliación —dije, fingiendo frialdad—. Luego hablamos de tus delirios.

Adrián bajó la mirada.

Por un segundo vi la decepción.

Después, de forma incomprensible, empezó a sonreír.

—¿Por qué sonríes?

—Porque dijiste "luego hablamos".

—Eso no significa nada.

—Significa que hay un luego.

—Qué habilidad tienes para escuchar lo que quieres.

—Es uno de mis talentos.

Y de pronto empezó a tararear.

Como si lo hubiera aceptado.

Como si no le hubiera dicho que no.

Como si mi resistencia fuera solo una puerta cerrada que ya sabía abrir con el tiempo.

Tomé un bocado para no mirarlo.

El sabor me golpeó antes de que pudiera prepararme.

Era familiar.

Demasiado familiar.

La misma mezcla de sal, calor y cuidado de antes.

Adrián observaba mi cara con una concentración ridícula.

—¿Y?

Mastiqué despacio.

Podría haber mentido.

Podría haber dicho "regular".

Podría haber protegido mi orgullo con una crítica absurda.

Pero no lo hice.

—Está rico.

Él se quedó quieto.

—¿Rico?

—Sí.

—¿Muy rico?

—No abuses.

—¿Pero rico?

—Adrián.

Él sonrió como si acabara de ganar un contrato millonario.

—Me elogiaste.

—Fue una evaluación objetiva.

—Me elogiaste.

—Cocina bien y ya.

—Me elogiaste dos veces.

—Voy a dejar de comer.

—No, no, come.

Pero no dejó de sonreír.

Y yo no pude evitar pensar que, para un hombre que podía comprar casi cualquier cosa, algunas migajas de mí lo volvían absurdamente feliz.

Eso era peligroso.

Porque hacía que quisiera darle otra.

Y otra.

Comí más de lo planeado.

No solo porque tenía hambre.

Porque sabía a un año que se nos había quedado atorado en la garganta.

Cuando dejé el tenedor, Adrián lo notó al instante.

—¿Ya?

—Ya.

Se levantó y empezó a recoger, pero luego se detuvo.

—No podemos bañarnos justo después de comer.

Mi espalda se tensó.

Claro.

El baño.

Yo casi lo había olvidado.

Casi.

—Entonces no nos bañamos.

—No dije eso.

Adrián rodeó la mesa y se inclinó hacia mí.

—Dije que hay que esperar un poco.

—¿Y qué propones?

Sus ojos brillaron.

Ahí estaba la idea que había guardado desde lo de los actores feos.

—Vamos al gimnasio.

Lo miré como si hubiera hablado en otro idioma.

—¿Al qué?

—Al gimnasio.

—No conozco esa palabra.

—Te va a gustar.

—Lo dudo.

—No te voy a cansar.

Eso sí me hizo desconfiar.

—¿Cómo se va al gimnasio sin cansarse?

—Conmigo.

—Eso suena todavía peor.

—Confía.

—Esa palabra siempre antecede una desgracia.

Adrián extendió la mano.

—Solo un rato.

Yo estaba cansada.

No quería mover una pierna.

Pero él me miraba con esa mezcla de emoción contenida y malicia limpia que siempre me hacía cometer errores.

—Si me canso, me voy.

—Trato.

—Y no voy a hacer ejercicio.

—Trato.

—Ni una sentadilla.

—Prometido.

—Ni correr.

—Jamás permitiría semejante crueldad.

Puse mi mano en la suya.

Al segundo siguiente, Adrián me levantó en brazos.

—¿Qué haces?

—Dijiste que no querías cansarte.

—Puedo caminar.

—No hace falta.

—Te gusta demasiado cargarme.

—Sí.

Ni siquiera lo negó.

Me llevó por el pasillo como si la casa entera existiera para darle excusas de tocarme. Yo ya no protesté demasiado. A esas alturas mi dignidad estaba sentada en algún rincón, mirándome con decepción.

El gimnasio de la casa era enorme.

Demasiado.

Máquinas, pesas, espejos, una pared de cristal hacia la piscina interior.

Dinero.

Dinero por todas partes.

—No puedo creer que tengas esto en casa.

—Casi no lo uso.

—Entonces es peor.

Adrián me dejó sentada en una máquina acolchada, como si hubiera elegido mi trono.

—Tú quédate ahí.

—¿Y tú?

Él dio dos pasos hacia atrás.

Empezó a desabotonarse la camisa.

Un botón.

Luego otro.

Luego otro.

Mi cerebro tardó en reaccionar.

—¿Qué haces?

—Me preparo.

—¿Para qué?

—Para entrenar.

—No necesitas desnudarte para entrenar.

—Voy a sudar.

—Todavía no empiezas.

—Me gusta anticiparme.

Levanté una mano.

—Alto.

Adrián no se detuvo.

La camisa se abrió lo suficiente para mostrar el pecho.

Después los abdominales.

La línea firme del torso que bajaba hasta perderse bajo el pantalón.

El muy descarado se movía lento.

Demasiado lento.

Como si cada segundo estuviera hecho para mi sufrimiento personal.

—Esto no es ejercicio —dije.

—Claro que sí.

—Es exhibicionismo.

—Es motivación visual.

—Para ti será.

—Para ti.

Me levanté.

O intenté hacerlo.

Porque en cuanto la camisa cayó de sus hombros, mi cuerpo decidió quedarse sentado.

No era justo.

Adrián no era justo.

Tenía los hombros anchos, la cintura marcada, la piel todavía con algunas señales mías. No era un cuerpo de revista sin historia. Era peor. Era un cuerpo que yo conocía.

Un cuerpo que me recordaba cosas.

Mis dedos en su espalda.

Su respiración entrecortada.

Su voz pidiéndome que lo mirara.

Tragué saliva.

Adrián lo vio.

Por supuesto que lo vio.

—¿Ya no te vas?

—Estoy evaluando la indecencia.

—¿Y?

—Muy alta.

—¿La calificación es buena?

—Para un sinvergüenza, excelente.

Él caminó hacia mí.

Despacio.

Cada paso era una provocación.

Yo debería haber mirado a otro lado.

No lo hice.

Mi vista bajó del pecho al abdomen, del abdomen a la cintura, y luego subió de golpe cuando escuché su risa.

—Pequeña pervertida.

—No me llames así.

—Pero me miras así.

—Tú te quitaste la camisa frente a mí.

—Porque quería que me miraras.

Se detuvo entre mis piernas, sin tocarme todavía.

El espacio entre nosotros se volvió insoportable.

—Adrián.

—¿Sí?

—Esto no era hacer ejercicio.

—Para mí sí.

—No has movido una pesa.

—Mi autocontrol está entrenando muchísimo.

Quise responder, pero él tomó una de mis manos.

La levantó hasta su pecho.

No la pegó.

La dejó a un centímetro.

Esperando.

Otra vez esperando.

Su mirada no se apartó de la mía.

—¿Quieres tocar?

Mi pulso se volvió un desastre.

—No.

—Mientes.

—No.

—Entonces quita la mano.

No la quité.

Adrián bajó la cabeza, acercando la boca a mi oído.

—Clara.

Su voz me rozó más que sus dedos.

—Si no quieres, me detengo.

Ese era el problema.

Que yo sí quería.

No porque él me empujara.

No porque me acorralara.

Sino porque estaba ahí, medio desnudo, descarado, obediente cuando importaba y absolutamente consciente de cómo hacerlo difícil.

Mis dedos tocaron su piel.

Apenas.

El músculo bajo mi palma se tensó.

Adrián cerró los ojos un segundo.

Como si ese contacto pequeño le hubiera costado más que cualquier beso.

—¿Contenta? —murmuró.

—Estoy comprobando si de verdad entrenas.

—Comprueba bien.

Mi mano bajó por su pecho hasta el abdomen.

Lento.

No porque quisiera provocarlo.

Bueno.

Quizá sí.

Adrián apoyó una mano en el respaldo de la máquina, a un lado de mi cabeza. La otra se quedó en su propio muslo, cerrada en un puño.

No me tocó.

Eso hacía todo peor.

—¿Por qué tan quieto? —pregunté.

Su risa salió ronca.

—Porque prometí portarme bien.

—¿Y eso incluye dejar que yo haga lo que quiera?

Sus ojos se abrieron.

El aire cambió.

—Incluye eso, si tú quieres.

Sentí el calor subirme al rostro.

Adrián bajó la mirada a mi mano, que seguía sobre su abdomen.

—¿Sigo siendo mejor que los de la televisión?

—No te emociones.

—Respóndeme.

—Sí.

La sonrisa que puso fue insoportable.

—¿Mucho mejor?

—Adrián.

—Dilo.

—Mucho mejor.

Él soltó el aire como si acabara de recibir un premio.

—Entonces puedo ser tu protagonista.

—Eres demasiado caro para una serie.

—Para ti soy gratis.

—Mentira. Me sales carísimo en paciencia.

Adrián tomó mi muñeca y giró la cara para besar la parte interna.

Ese beso fue más lento que los anteriores.

Más oscuro.

Me recorrió como una chispa.

—Págame con paciencia —dijo—. Yo pongo todo lo demás.

Su boca subió un poco por mi muñeca.

Un beso.

Otro.

Yo debería haber retirado la mano.

En lugar de eso, cerré los dedos sobre su hombro.

Adrián entendió la señal demasiado bien.

Se inclinó.

Sus labios rozaron los míos, apenas.

—¿Puedo?

No sé en qué momento dejé de respirar.

Asentí.

El beso llegó despacio.

Sin la prisa hambrienta de otras veces.

Primero suave.

Luego más profundo.

Adrián seguía sin invadirme, pero su cuerpo estaba tan cerca que el calor de su piel se me metía por la ropa. Yo tenía una mano en su pecho y la otra en su nuca, y cada vez que sus labios se movían contra los míos, mis dedos se cerraban un poco más.

Él hizo un sonido bajo.

Eso me golpeó directo al estómago.

Me separé apenas.

—Dijiste que íbamos a esperar para bañarnos.

—Estamos esperando.

—Esto no parece esperar.

—Créeme —susurró contra mi boca—, esto es esperar.

No supe si reír o morderlo.

Tal vez las dos.

Adrián apoyó su frente contra la mía.

—Todavía puedo detenerme.

—No dije que te detuvieras.

Sus dedos, por fin, tocaron mi cintura.

Con cuidado.

Como si la frase le hubiera dado permiso solo para respirar un poco más cerca.

—Entonces dime qué sí puedo hacer.

La pregunta me dejó sin defensas.

Porque no era una orden.

No era un juego de poder.

Era él, pidiéndome el mapa.

Y yo, que llevaba demasiado tiempo fingiendo que no quería llegar al mismo lugar.

Pasé los dedos por la línea de su abdomen una vez más.

—Por ahora...

Adrián no parpadeó.

—Por ahora, qué.

Me incliné hacia él y rocé con los labios la comisura de su boca.

—Sigue entrenando tu autocontrol.

Sus ojos se oscurecieron.

—Clara.

Me levanté de la máquina, obligándolo a retroceder apenas.

—Dijiste que podías portarte bien.

—Puedo.

—Entonces demuéstralo.

Recogí su camisa del piso y se la lancé al pecho.

Adrián la atrapó, pero no se la puso.

Se quedó mirándome como si acabara de declarar una guerra.

—¿Y después?

—Después veremos si mereces bañarte conmigo.

Su sonrisa apareció lenta.

Peligrosa.

—Voy a merecerlo.

—Eso está por verse.

Di media vuelta y caminé hacia la puerta.

No avancé ni tres pasos antes de sentirlo detrás de mí.

No me tocó.

Solo caminó cerca.

Demasiado cerca.

—Clara.

—¿Qué?

—Cuando entremos al baño...

Me detuve.

—Ni lo digas.

Su risa bajó hasta mi nuca.

—Solo iba a decir que voy a pedir permiso para todo.

Me mordí el interior de la mejilla.

—Más te vale.

—Y si me dices que pare, paro.

Giré apenas la cabeza.

Adrián estaba serio otra vez.

El contraste casi me acabó.

Ese hombre podía ser una provocación andante, sí.

Pero también sabía hacer que el deseo no se sintiera como una trampa.

—Lo sé —dije.

Su expresión se suavizó.

Luego, como era él, no pudo evitar arruinar la ternura con descaro.

—Pero si no me dices que pare...

—Adrián.

—Ya, ya.

Le apunté con un dedo.

—Camisa.

—¿Tengo que ponérmela?

—Sí.

—¿Aunque te guste más sin ella?

—Sobre todo por eso.

Adrián se la puso riéndose.

Y yo caminé de vuelta al pasillo con el pulso alterado, sabiendo perfectamente que había querido ganar tiempo con la cena.

Pero lo único que había logrado era darle a Adrián una nueva forma de ponerme contra las cuerdas.

Primero cocinó como antes.

Luego habló de matrimonio como si no le temblara el mundo.

Y ahora caminaba detrás de mí, con la camisa mal abotonada y la promesa de portarse bien convertida en la amenaza más caliente de la noche.

El baño seguía esperándonos.

Y esta vez, ya no tenía una excusa lista.

1
Delia
Me gustó la novela desde el comienzo, felicitaciones
Delia
😭😭😭
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