Un golpe familiar, una traición lleva a Maya Velini a la quiebra, literal casi a la calle. Pero un hombre más que peligroso le propone un trato. Un matrimonio, la Joven rica de apellido aristocrático lavaría la sangre de un mafioso salido de la nada. Dante Caruso
¿Quien gana? ¿Quien pierde?
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CAPÍTULO 32 LA INAUGURACIÓN Y LA CONSUMACIÓN
La noche de la inauguración llegó más rápido de lo que Maya esperaba.
La galería estaba impecable. Las paredes blancas lucían las obras seleccionadas con esmero: pinturas, esculturas, fotografías, instalaciones de artistas jóvenes que Maya había descubierto en talleres y estudios perdidos de la ciudad. Las luces, cuidadosamente reguladas, creaban una atmósfera íntima y sofisticada. En una mesa larga, cubierta con un mantel de lino, descansaban copas de champán y bandejas de canapés preparados por el chef privado de Dante.
Maya se vistió con un cuidado extremo. Un vestido largo, color ciruela, de seda líquida que le caía sobre el cuerpo como una caricia. El pelo suelto, ligeramente ondulado, cayendo sobre sus hombros desnudos. Joyas discretas: el collar de perlas que Dante le había prestado (y que ahora era suyo, aunque él nunca lo dijo) y unos pendientes de diamantes que le había regalado aquella mañana, sin ninguna ocasión especial.
—Estás hermosa —dijo Dante, apareciendo en la puerta de su habitación.
Maya se giró hacia él. También él se había arreglado: traje negro impecable, camisa blanca, corbata gris. La cicatriz de la ceja, bajo la luz de la lámpara, parecía menos amenazadora. Casi distinguida.
—Tú también —respondió ella—. Pero tú siempre estás bien vestido.
—Es la única manera de que la gente no me juzgue antes de conocerme.
Maya se acercó a él y le ajustó la corbata, aunque no hacía falta.
—Esta noche no te van a juzgar. Esta noche van a ver al esposo de la dueña de la galería. Y punto.
Dante sonrió.
—Como ordene, señora.
*_*
Los invitados empezaron a llegar pasadas las ocho.
Maya los recibía en la puerta con una sonrisa ensayada que, poco a poco, se volvió genuina. Porque ver la galería llena de gente, de comentarios, de miradas curiosas y dedos señalando las obras, le llenaba el pecho de una alegría que no recordaba haber sentido nunca.
Alessandro y Renata fueron los primeros. Su madre, recuperada aunque todavía frágil, llevaba un vestido azul pálido que le devolvía años de juventud. Caminaba del brazo de su esposo con paso firme, y cuando vio a Maya, sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Hija —dijo, abrazándola—. Esto es precioso. Tu abuela estaría orgullosa.
—Gracias, mamá.
Alessandro, más seco, asintió con un gesto.
—No está mal —dijo—. Para ser tu primer intento.
—Papá.
—Es un cumplido. En mi mundo, eso es un cumplido.
Detrás de ellos llegaron los primeros coleccionistas, los críticos de arte, los periodistas de sociales. Maya los fue recibiendo uno a uno, con la elegancia de quien ha crecido en los salones de la alta sociedad. Dante, a su lado, era la sombra perfecta: sonreía, saludaba, estrechaba manos, pero no hablaba más de lo necesario. Dejaba que Maya brillara. Y ella brillaba.
Fue cerca de las diez cuando Maya vio un rostro conocido entre la multitud.
Mateo.
No Mateo en persona, por supuesto. Su tío seguía prófugo, escondido en algún lugar que ni los hombres de Dante habían podido localizar. Pero su sombra estaba allí, en la forma de un hombre de traje gris que la miraba desde el fondo de la galería con una sonrisa helada. Un hombre que Maya reconoció: era el abogado de Mateo. El que había redactado los papeles para la traición. El que había ayudado a su tío a robarle todo a su padre.
Maya sintió que la sangre se le helaba. Dante, a su lado, notó el cambio al instante.
—¿Qué pasa? —susurró.
—Ese hombre —respondió Maya, sin mover los labios—. Es el abogado de Mateo.
Dante siguió su mirada. Su mandíbula se tensó.
—No hagas nada —dijo—. Déjamelo a mí.
—Dante…
—Confía en mí.
Maya confió. Pero no pudo evitar mirar de reojo mientras Dante se acercaba al hombre, le hablaba al oído algo que ella no pudo escuchar, y lo acompañaba hacia la salida. El abogado palideció. Tartamudeó algo. Dante le puso una mano en el hombro, un gesto que podría haber sido amistoso si no fuera porque los dedos de Dante se clavaban en la tela del traje con una fuerza que prometía dolor.
El hombre salió de la galería. Dante regresó al lado de Maya como si nada hubiera pasado.
—¿Qué le dijiste? —preguntó ella.
—Que si volvía a acercarse a ti, lo iba a lamentar. Y que le dijera a Mateo que esta ciudad es mía. Que se vaya antes de que lo encuentre.
—¿Y si no se va?
Dante la miró. En sus ojos grises, fríos, había una promesa silenciosa.
—Entonces lo encontraré yo.
*_*
El resto de la noche transcurrió sin incidentes. Los invitados se fueron uno a uno, los críticos elogiaron la selección, se vendieron tres cuadros y una escultura. Maya cerró la puerta de la galería pasada la medianoche, con el corazón lleno y el cuerpo agotado.
Dante estaba apoyado en la pared, mirándola.
—Fue un éxito —dijo.
—Fue un éxito —repitió Maya, como si no pudiera creerlo—. ¿Vendí tres cuadros?
—Cuatro. Compré uno yo.
—¿Cuál?
—La tormenta bonita. La de los azules y dorados.
Maya sonrió.
—Esa no estaba en venta.
—Todo está en venta. Solo hay que saber cuánto ofrecer.
Maya negó con la cabeza, riendo. Se acercó a él, apoyó las manos en su pecho, y lo miró a los ojos.
—Llévame a casa —dijo.
—Esta es tu casa —respondió Dante, señalando la galería.
—No. Mi casa es donde estás tú.
Dante la besó.
Y esta vez, el beso fue diferente.
No fue el beso breve de la mañana, ni el beso de gratitud de la noche anterior. Fue un beso largo, profundo, que empezó en los labios y bajó por el cuello, por la clavícula, por los hombros desnudos. Un beso que preguntaba y respondía al mismo tiempo.
—Maya —susurró Dante, con la voz ronca—. ¿Estás segura?
—Nunca había estado tan segura de nada —respondió ella, enredando los dedos en su pelo.
La descargué y la lei en el tiempo que duró el tiempo sin luz
Gracias