A pocos meses de haberse casado con Diego Alcázar, Valeria descubre que este, le es infiel con Camila, el supuesto amor de Diego. Ante tal descubrimiento, Valeria sale huyendo del hotel y es atropellada.
Al despertar descubre que ni su esposo, ni la familia de este, han ido a verla, y que fue un extraño quien la llevo al hospital y pago sus gastos. Tras el alta y al volver a casa descubre que su suegra ya ha sacado todas sus cosas y asegura que Camila es la mujer que si acepta para su hijo.
Es en ese momento de desesperación, le llega un mensaje y termina encontrándose con el hombre que la llevo al hospital, Santiago Alcázar, el medio hermano de Diego, quien le propone casarse con él a cambio de no cobrarle los gastos médicos que él pagó. ¿Cuáles son las intenciones de Santiago al pedirle matrimonio?
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Capítulo 22
Capítulo 022
El abogado de Lucía
—¿Ya le escribiste a Matías? —preguntó Lucía.
Su voz me arrancó de la ventana, de la marca invisible que Santiago había borrado de mi hombro y del beso que todavía me ardía en la boca. Parpadeé varias veces hasta volver al desastre real: Diego había hecho pública nuestra relación matrimonial y, en menos de un día, la historia se había volteado como tortilla mal hecha.
En redes ya no era la esposa engañada. Ahora era la señora rica que se había metido con el hermano mayor de su marido. Como Santiago me había presentado antes como su novia, a la gente le encantó cerrar el círculo con la palabra más sucia posible: incesto. Camila, pobre actriz humilde usada por todos. Diego, heredero confundido. Santiago, tiburón de Grupo Alcázar. Y yo, por supuesto, la niña de apellido Salcedo que jugaba con dos hombres de la misma familia.
—Mañana vas conmigo —le dije a Lucía—. Necesito hablar con Matías Rivas y contarle todo desde el principio.
Lucía se puso rígida.
—Yo no tengo por qué ir.
La jalé del brazo y la senté junto a mí en el sillón.
—Tienes treinta años, no quince. Si te gusta un hombre, vas a tener que respirar cerca de él algún día. No quiero verte a los sesenta, en una mecedora, arrepintiéndote de haber amado desde lejos.
—No estoy a su altura —murmuró.
Me dieron ganas de sacudirla.
—Lucía Andrade, eres heredera de Andrade Electronics, tienes una mente capaz de planear una guerra en tres movimientos y escribes escenas de romance que dejan a medio internet sin dormir. ¿En qué universo no estás a su altura?
Ella apoyó la frente en mi hombro.
—Si no hubieras estado conmigo todos estos años, ni siquiera me habría atrevido a irme de la casa de mi mamá.
Al día siguiente salimos temprano hacia Rivas & Asociados, un despacho elegante en Reforma donde todo olía a café caro, madera pulida y pleitos de millones. Lucía caminaba a mi lado como si fuera al paredón.
En recepción nos dijeron que no teníamos cita. Yo puse ambas manos sobre el mostrador.
—Dígale al licenciado Rivas que vino Valeria Salcedo, su compañera de generación. Y que si no me recibe, subo a arrancarle la corbata.
La recepcionista dudó, llamó y, por milagro o por miedo, nos dejó pasar.
Matías Rivas era igual a como lo recordaba Lucía en sus suspiros: camisa blanca impecable, lentes finos, voz tranquila. Nos miró a las dos.
—¿Compañera?
—Yo soy Valeria Salcedo. Vengo por una consulta de divorcio —dije de inmediato—. Ella es Lucía, mi mejor amiga.
Él miró a Lucía con una atención que no parecía casual.
—Ella sí es valiente.
Lucía se puso roja hasta las orejas. Antes de que se desmayara, expliqué el asunto. Matías no alcanzó a entrar en detalles. Tenía otra cita en cinco minutos.
—A las ocho —dijo—. En Sofía, Polanco. Ahí hablamos con calma.
Salimos del despacho con Lucía respirando como si hubiera sobrevivido a un asalto. En la banqueta, mientras yo la acusaba de ponerse inútil cada vez que Matías abría la boca, ella me acorraló con otra pregunta:
—¿Y tú desde cuándo dices que te gustan hombres como Santiago Alcázar?
—Eso lo dije para que dejaras de pensar que me gustaba Matías.
—Ajá. Claro.
—Lucía, por favor. A mí me gustan los hombres mandones y peligrosos. No abogados con cara de misa de domingo.
Una risa baja sonó detrás de nosotras.
En un coche estacionado, Matías estaba sentado junto a una mujer de vestido rojo. La mujer nos guiñó un ojo antes de arrancar. Matías alcanzó a mirarnos con una sonrisa mínima.
Lucía palideció como si acabara de firmar su sentencia.
Por la noche casi tuve que arrastrarla hasta Sofía. Nos sentaron en una mesa discreta, rodeada de arreglos secos que daban privacidad sin cerrar el espacio. Pedimos jugo, porque si Lucía tomaba una gota de alcohol iba a huir por la cocina.
—Hoy, por dignidad, salúdale como adulta —le dije.
Ella apretó el vaso.
—Cuando estemos en casa, vas a pagar por todo esto.
Yo sonreí con maldad.
—Señorita Andrade, dígame algo. Si algún día usted y Matías terminan juntos, ¿también va a ponerse así de frágil? Porque con ese cuerpo y esa debilidad emocional...
—¿Quién se va a poner frágil? —preguntó una voz detrás de mí.
Lucía dejó de respirar.