Durante diecisiete años, Woo-jin ha vivido sin salir casi nunca de su propiedad, cumpliendo cada enseñanza y promesa que le dejó su padre antes de fallecer: cuida los huertos, prepara remedios con hierbas de la zona, mantiene las defensas y nunca revela que puede transformarse. Cree que el mundo sigue igual hasta que empieza a ver humo en el horizonte, encuentra animales muertos con marcas extrañas y descubre visitantes que no deberían estar ahí. Al abrir por fin la zona sellada del sótano, lee los informes completos: el virus de la Niebla Gris se extendió hace meses, la corporación Hanbiotech busca apoderarse de su investigación y él lleva todo este tiempo completamente aislado sin saberlo. Ahora deberá poner a prueba todo lo que aprendió, usar su secreto por primera vez y proteger su hogar con sus propias manos.
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Capítulo 17: El fuego que no se apaga
El camino por el que descendieron guiados por la cuerda de lino rojo era tan estrecho que apenas cabía un pie a la vez, tallado directamente en la roca viva hacía ya muchísimos años. El viento soplaba con fuerza contra sus rostros, trayendo consigo el frío cortante de las alturas y de vez en cuando ese olor metálico y amargo que ya aprendieron a temer: la Niebla Gris seguía extendiéndose, cubriendo los valles como un manto sucio y espeso. Woo-jin apretaba contra su pecho la pequeña brújula que el guardabosques le había entregado, su aguja no siempre apuntaba al norte, sino que señalaba hacia los lugares donde el aire seguía limpio, un regalo que valía más que cualquier tesoro en este mundo roto. Ji-won caminaba unos pasos más atrás, vigilando siempre el camino por donde venían, sin decir palabra, cargando también el peso de la pérdida de quien había sido un amigo de su compañero tantos años atrás.
Llevaban ya todo el día caminando sin detenerse para nada más que beber unos sorbos de agua, cuando al caer la tarde divisaron una columna de humo delgado y oscuro que salía desde el fondo de un pequeño bosque de abetos. No provenía de un fuego normal, sino de algo que ardía con una llama negra y difícil de apagar. Se acercaron con extrema precaución, ocultándose entre los matorrales, y vieron que junto al fuego había un hombre vestido con ropas de cuero grueso y guantes largos, que movía varas de madera y trozos de tela quemada con suma destreza. Junto a él había varias figuras inmóviles en el suelo: no estaban muertas del todo, ni tampoco se habían transformado por completo, parecían atrapadas entre un estado y otro.
—Si siguen escondidos mucho más tiempo, el humo los delatará igual —dijo el hombre sin levantar la vista, sabiendo perfectamente que eran observados—. No les haré daño si vienen con intenciones buenas.
Saliendo de su escondite, Woo-jin y Ji-won se acercaron despacio con las manos visibles para demostrar que no venían a atacar. El hombre se llamaba Choi Dae-jung, aunque no tenía parentesco con ellos, y era especialista en quemar y purificar los focos donde la Niebla se acumulaba con más fuerza y hacía que la tierra y los seres cambiaran de forma más rápida y violenta. Les explicó que ese fuego estaba alimentado con una mezcla de resinas y cenizas que solo él sabía preparar, capaz de mantener a raya el contagio por un tiempo limitado, y que esos seres en el suelo habían quedado así al intentar huir de la contaminación pero sin lograr salir a tiempo.
—He visto cosas que nadie creería —les contó mientras se sentaban un momento lejos del calor de las llamas—. He visto cómo algunos no solo cambian el cuerpo, sino que parecen recordar quiénes eran y lo que amaban, y usan eso para atraer a los demás hacia una trampa. A estos los llamo los Engañosos: imitan voces, lloros, pidiendo ayuda, y cuando bajas la guardia, atacan sin piedad. Lo único que no pueden soportar es ver la luz directa del fuego puro, entonces su apariencia falsa se les cae a pedazos.
Dae-jung les enseñó cómo preparar esa mezcla especial, dónde encontrar los ingredientes necesarios en estas montañas y cómo hacer que una pequeña antorcha pudiera protegerlos durante horas. También les mostró marcas talladas en los troncos de los árboles, aquellas que indicaban zonas totalmente perdidas donde ni siquiera el fuego podía hacer nada, lugares que debían rodear a cualquier costo. Woo-jin tomó nota de todo en su mente y en un pequeño cuaderno que llevaba consigo, agradeciendo profundamente que aún hubiera gente que dedicara su vida a detener el mal en lugar de esconderse o aprovecharse de la desgracia ajena.
Pero la tarea de limpiar ese lugar llamó la atención de más de lo que esperaban. Cuando la noche ya había caído por completo, empezaron a escuchar voces que venían de todas partes: la voz de la madre de Woo-jin que nunca conoció, la voz del padre de Ji-win pidiendo que volviera a su lado, la voz de los niños que ya habían perdido su camino. Todos suplicaban ayuda con tanta dulzura y tristeza que daban ganas de correr hacia ellos sin pensarlo dos veces.
—¡No se muevan ni un paso! —gritó Dae-jung mientras encendía varias antorchas de una vez—. Son ellos, los Engañosos. No dejen que sus palabras les toquen el corazón, porque no hay nada humano en ellos.
Las sombras empezaron a salir de entre los árboles, tomando formas de personas conocidas, pero al llegar cerca del resplandor del fuego, su apariencia se deshizo mostrando cuerpos retorcidos y bocas llenas de dientes afilados. Se abalanzaron hacia los tres, pero el fuego los hacía retroceder y gritar con un sonido desgarrador. Sin embargo, eran demasiados y empezaron a rodear el círculo de luz, lanzando ramas y piedras para apagar las llamas. Dae-jung vio que pronto romperían la defensa y empujó a los dos jóvenes hacia atrás, hacia un sendero que subía entre las rocas:
—Corran hacia arriba, allá la brisa es más fuerte y no podrán seguirlos tan lejos. Llévense todo lo que les he enseñado, usen el fuego donde puedan. Yo mantendré este fuego encendido el mayor tiempo posible para que no se acerquen a nadie más.
—No podemos dejarte aquí —dijo Woo-jin agarrándole del brazo—. Ven con nosotros, encontraremos una forma.
—Mi lugar es aquí, cuidando de que no se extienda más —respondió el hombre con una sonrisa tranquila—. Ahora vayan, antes de que sea demasiado tarde para todos.
Tuvieron que obedecerle y correr mientras escuchaban detrás de ellos cómo el fuego ardía con más fuerza y cómo los gritos de los seres se mezclaban con la voz firme del guardián del fuego. Cuando ya no pudieron escuchar nada más y estuvieron en un lugar seguro, Woo-jin encendió una pequeña antorcha siguiendo las instrucciones que acababa de aprender, y vio cómo la llama brillaba con fuerza y pureza. Otro alma valiente se había quedado atrás para que él pudiera seguir adelante, y su enseñanza quedaría viva en sus manos mientras tuviera fuerza para mantenerla encendida.
Caminaron el resto de la noche guiados por esa pequeña luz, sabiendo que aunque el mundo pareciera oscurecerse por completo, siempre habría algo que pudieran encender para no perderse.
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