Una noche que no debía ocurrir. Un secreto que dura siete años. Y dos niños dispuestos a cambiarlo todo.
Ariana lo había perdido casi todo: el cariño de su padre, su lugar en casa, su sueño de estudiar. Lo único que le quedaba era su tenacidad. Hasta que una trampa cruel la arroja a los brazos de Edgar Alcázar, el presidente del imperio empresarial más poderoso del país, un hombre tan atractivo como glacial. Al amanecer, ella huye con un secreto que jamás imaginó llevar.
Siete años después, Ariana ha rehecho su vida lejos de todo, convertida en madre de unos gemelos que no son niños comunes: Rayan y Zayan son dos pequeños genios capaces de hackear cualquier sistema... y de trazar el plan maestro para encontrar al padre que nunca conocieron.
Cuando el destino vuelve a cruzar sus caminos, Edgar no piensa dejarla ir por segunda vez. Pero entre ellos se interponen viejas heridas, un comisario que la protegió en silencio durante años y una familia dispuesta a todo con tal de arrebatarle la herencia al heredero.
¿Podrá el amor sobrevivir a siete años de mentiras y a los secretos que aún no han salido a la luz?
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Capítulo 31
A la mañana siguiente, en San Isidro, la luz cálida del sol empezaba a iluminar la lavandería. Ariana y Larisa estaban muy ocupadas acomodando la ropa de los clientes, ya doblada con cuidado. La calma habitual del local se rompió de pronto cuando dos gemelos entraron corriendo con sendas loncheras en las manos.
—¡Mami! ¡Mira, el abuelo nos mandó muchísima comida rica con el señor chofer! —exclamó Zayan, feliz, dejando la lonchera sobre el mostrador de la caja.
—¡Sí, mami! Dice que el abuelo nos extraña, y además papá también nos hizo videollamada antes de irse a trabajar —añadió Rayan, con los ojos brillantes.
Ariana esbozó una sonrisa tenue mientras acariciaba el cabello de sus dos hijos.
—¿Ya les dieron las gracias al abuelo y a su papá?
—¡Claro que sí, mami! —respondieron los gemelos al unísono.
Larisa, que observaba la escena desde detrás del mostrador, no pudo evitar una sonrisa pícara.
—Miren, miren... A alguien ya la consienten todas las mañanas. Al rato el local va a estar repleto de flores del señor... digo, ¡del tío Edgar!
—¡Lara! No empieces —la cortó Ariana, con las mejillas de repente encendidas, fingiendo ocuparse en acomodar el montón de ropa para disimular el bochorno.
*
*
Mientras tanto, en la ciudad, el ambiente era justo lo contrario. Dentro de su imponente oficina, David escuchaba el informe de un hombre de chaqueta de cuero negro que permanecía inclinado frente a su escritorio.
—¿Y bien? ¿Ya encontraste información sobre los activos personales que Fernando tiene guardados? —preguntó David con frialdad, dándole una calada a su puro.
—Sí, señor David. Pero hay algo sospechoso que descubrimos —dijo el subalterno en voz baja—. Hace unos días, el señor Edgar y don Fernando hicieron un viaje secreto a las tierras altas del interior... más exactamente, al pueblo de San Isidro.
David detuvo la calada. Entornó los ojos, cargado de suspicacia.
—¿San Isidro? ¿Para qué irían dos hombres tan poderosos a un pueblo perdido como ese sin llevar una escolta en forma?
—Todavía lo estamos investigando, señor. Pero corre el rumor de que el señor Edgar tiene a alguien escondido allá.
¡Zas!
David golpeó con fuerza el escritorio de caoba, tan fuerte que la taza de café que había encima se tambaleó.
—¡Averígualo hasta el fondo! ¡Que no se te escape un solo detalle! Si Edgar oculta un gran secreto allá, ¡hay que atarlo de pies y manos antes de que pueda dar un paso más!
—¡Sí, señor David! ¡Enseguida me pongo en ello! —El subalterno hizo una reverencia respetuosa y salió a toda prisa de la oficina.
David se recostó en su sillón de cuero, esbozando una sonrisa taimada, cargada de intrigas perversas.
—Sea lo que sea que escondas, Edgar... voy a encontrarlo y a destruirlo antes de que alcances a disfrutarlo.
*
*
Para entonces, Ramiro ya había regresado a la ciudad para hacerse cargo de varios casos importantes en la Jefatura Central de Policía. Sin embargo, su atención principal nunca se apartaba del todo de San Isidro. A escondidas, Ramiro había encargado a su equipo especial instalar cámaras de seguridad ocultas en varios puntos alrededor de la lavandería y de la casa de la nana Meche, para garantizar la seguridad de Ariana y de los gemelos.
Al llegar la hora del almuerzo, la puerta de la oficina de Ramiro se abrió. Renata, su hermana menor, apareció con una bolsa que contenía una lonchera.
—Qué raro que me traigas de comer, Rena —dijo Ramiro, extrañado, mientras ordenaba unos documentos sobre el escritorio.
—Ay, hermano... Si te atiendo, mal; si no te atiendo, también mal. Nada más me dio lástima verte un poco más flaco. ¿No te cansa trabajar así todo el tiempo? ¡Por eso deberías buscarte esposa cuanto antes, para que alguien te cuide! —soltó Renata con toda soltura, acomodando la comida en la mesa.
Al oír a su hermana sacar de nuevo ese tema espinoso, Ramiro dejó escapar un suspiro brusco.
—Ya, déjalo, no hace falta volver a hablar de esposas.
—Ash... ¿Por qué siempre que sale ese tema te escapas, hermano? ¿Será que te rompieron el corazón porque el señor Edgar se acercó a Ariana? Pero no es seguro que ellos se gusten, ¿o sí? —insistió Renata.
—¿Quién dijo que no se gustan? —la cortó Ramiro con frialdad, mirándola de frente—. En la mirada de Ariana... hay amor por ese hombre. El padre biológico de Rayan y Zayan.
Ahora fue el turno de Renata de soltar un suspiro de pena al ver a su hermano.
—Si no se da lo de Ariana, todavía está Larisa, hermano. Ella tampoco se queda atrás: es igual de bonita y de buena. Tiene una carita dulce, muy de por aquí, y una piel morena preciosa.
Ramiro se rascó la cabeza, que no le picaba, cada vez más frustrado.
—Ya... ¡Ya! No vuelvas a tocar el tema. ¡Lo único que logras es dejarme con más dolor de cabeza! —dijo Ramiro, tomando la cuchara y abriendo la lonchera.
Toc, toc, toc.
Alguien tocó la puerta de la oficina desde afuera. Cuando el subteniente Rangel, subalterno de Ramiro, abrió, la figura de Edgar Alcázar, acompañado de Bruno, entró con una presencia imponente.
Ramiro se sobresaltó de golpe. Renata incluso se atragantó con su propia saliva al reconocer al CEO del Grupo Alcázar.
—E... ¡el señor Edgar...! —susurró Renata, tartamudeando, con los ojos muy abiertos.
Ramiro se puso de pie y clavó una mirada fría en Edgar, con un gesto de disgusto que no lograba ocultar.
—Con permiso, señor comisario. El señor Edgar Alcázar desea verlo; dice que es un asunto muy importante —reportó el subteniente Rangel.
Ramiro asintió, formal.
—Adelante, señor Edgar.
Renata, incomodísima, se cambió a toda prisa al sofá del rincón, encogiéndose y bajando la cabeza.
Ay, madre... ¿Qué hace aquí el señor Edgar? ¿Qué asunto tendrá con mi hermano? pensó Renata, angustiada, sintiendo la súbita tensión que llenaba la oficina de su hermano.
Edgar avanzó con paso firme hacia el escritorio de Ramiro. Las miradas de ambos hombres imponentes chocaron: una cargada con la fría determinación de un magnate de los negocios, la otra revestida con la severa cautela de un oficial de policía.
—Tome asiento, señor Edgar —dijo Ramiro, formal, señalando la silla frente a él.
Edgar se sentó erguido, mientras Bruno permanecía alerta a su lado. Sin perder tiempo en cortesías, Edgar fue directo al motivo de su visita.
—Vine expresamente a pedirle a la policía que reabra el caso de presunto homicidio premeditado y secuestro en el que está involucrado mi tío, David Alcázar —declaró Edgar con un tono frío y lleno de énfasis—. Quiero que ese hombre de doble cara se pudra en la cárcel por todos sus crímenes contra mi familia... sobre todo contra Ariana.
Al oír el nombre de Ariana salir de la boca de Edgar, la mandíbula de Ramiro se endureció aún más. Lo cierto era que él también ansiaba con toda su alma arrastrar a David ante el tribunal para saldar el sufrimiento que Ariana había cargado durante los últimos siete años. Pero su deber como autoridad le exigía mantenerse racional.
Ramiro recostó la espalda, dejó escapar un suspiro pesado y entrelazó los dedos sobre el escritorio.
—Señor Edgar, comprendo muy bien su rabia. Pero la ley no puede avanzar solo con emociones o suposiciones —respondió Ramiro, sereno pero cortante—. Nosotros, desde la policía, hemos intentado varias veces diseccionar de nuevo el expediente del caso. El problema de fondo es que las pruebas que tenemos ahora mismo son demasiado débiles para inculpar a alguien como David Alcázar.
Edgar frunció el ceño con fuerza.
—¿Pruebas débiles? ¡La propia Ariana es la testigo clave! ¡La secuestraron junto con la nana Meche!
—La declaración de una testigo, sin pruebas físicas ni documentos de respaldo auténticos, se desmorona facilísimo en un tribunal, señor Edgar —lo cortó Ramiro sin rodeos—. Tiene que recordar que su tío no es cualquiera. David cuenta con una red de padrinos entre gente muy influyente del mundo jurídico y de las instituciones del Estado. Si damos un paso sin pruebas verdaderamente sólidas, se va a escabullir con toda facilidad, e incluso va a contraatacar, poniendo en peligro la seguridad de Ariana.
Edgar apretó los puños sobre los muslos hasta que los nudillos se le pusieron blancos. Las palabras calculadas de Ramiro golpearon su conciencia, haciendo que la furia que le ardía en el pecho chocara poco a poco contra la cruda realidad de una ley complicada.
Continuará...