Hades, el dios del inframundo, jamás imaginó que podría enamorarse de una mortal. Pero cuando sus ojos se encontraron con los de ella, todo cambió. A escondidas de los dioses, se casaron y esperaron juntos la llegada de su hijo.
Sin embargo, su amor despertó el temor de los dioses, quienes creyeron que aquella unión amenazaba el equilibrio del mundo. Engañaron a Hades para alejarlo y, mientras él estaba ausente, le arrebataron a su esposa y a su hijo antes de que pudiera conocerlo.
Consumido por el dolor y la sed de venganza, Hades juró hacer pagar a los responsables. Pero Perséfone, cegada por los celos, lanzó una maldición sobre los amantes: estarían destinados a encontrarse en cada nueva vida, solo para perderse una y otra vez.
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LA DISTANCIA ENTRE DOS ALMAS
Hades había enfrentado guerras que hicieron temblar los cimientos del mundo. Había contemplado la desesperación de los muertos y escuchado súplicas que habrían quebrado la voluntad de cualquier hombre.
Sin embargo, desde que Alison Benet había entrado en su vida, estaba descubriendo una clase de miedo para el que ninguna batalla lo había preparado.
El miedo a perder a alguien que todavía no le pertenecía por completo.
Aquella mañana, permaneció frente a la ventana de la habitación que había alquilado en el mundo mortal. El cielo estaba cubierto de nubes, y las calles comenzaban a llenarse de personas apresuradas, vendedores y carruajes que avanzaban entre el ruido de la ciudad.
Todo parecía igual.
Pero él ya no era el mismo.
Había pasado la noche recordando la conversación con Alison. Su mirada decepcionada cuando le pidió que confiara en ella. La forma en que había pronunciado el nombre de Perséfone, como si aquellas sílabas hubieran despertado algo escondido en algún rincón de su memoria.
Y, sobre todo, aquella pregunta que no había conseguido responder.
¿Por qué no podía contarle la verdad?
La respuesta era sencilla y aterradora.
Porque, si Alison descubría quién era realmente, quizá dejaría de mirarlo como al hombre con el que se reía en una plaza. Tal vez comenzaría a verlo como todos los demás: una figura temible, una obligación, un poder al que convenía temer.
O peor aún, podría convertirse en un objetivo para aquellos que deseaban utilizarlo.
Hades cerró los ojos.
—Debes alejarte de ella —murmuró para sí mismo.
Las palabras sonaron razonables hasta que imaginó no volver a escuchar su voz.
Entonces dejaron de serlo.
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Alison había despertado de mal humor.
No porque hubiera dormido mal, sino porque llevaba demasiado tiempo intentando comprender a un hombre que parecía dispuesto a entregarle pequeños pedazos de sí mismo para después esconderlos bajo siete cerraduras.
Hades podía ser atento, incluso dulce cuando olvidaba fingir indiferencia. La hacía reír cuando menos lo esperaba y la escuchaba de una manera que pocas personas habían hecho antes.
Pero también tenía una habilidad desesperante para convertir una pregunta sencilla en un misterio.
Y ella estaba cansándose de los misterios.
Mientras se recogía el cabello frente al espejo, recordó el encuentro con aquella mujer de sonrisa impecable. Perséfone.
No sabía qué tenía aquella desconocida que la incomodaba tanto. Quizá era la manera en que la observaba, como si estuviera esperando que Alison cometiera un error. O quizá era la seguridad con la que hablaba de Hades, como si tuviera derecho a decidir qué clase de hombre era y quién podía acercarse a él.
Alison apretó los labios.
—No necesito que nadie me diga de quién debo alejarme.
Tomó su abrigo y salió de casa.
Había decidido darle a Hades una oportunidad para hablar. Una sola. Si él volvía a responderle con evasivas, tendría que aceptar que quizá aquel hombre no estaba preparado para dejar entrar a nadie en su vida.
Y, aunque la idea le desagradaba más de lo que quería admitir, ella no iba a quedarse esperando eternamente.
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Hades llegó a la plaza cuando el sol comenzaba a abrirse paso entre las nubes.
Su mirada buscó automáticamente el banco donde había encontrado a Alison tantas veces. No estaba allí.
Miró hacia la fuente.
Tampoco.
Una parte absurda de él sintió alivio. Si no la encontraba, podría convencerse de que aquella distancia era necesaria. Podría regresar a su habitación, preparar su partida y marcharse antes de que el vínculo entre ambos se volviera imposible de romper.
Entonces escuchó su voz.
—¿Me estás buscando o simplemente tienes la costumbre de mirar a todas partes como si alguien fuera a atacarte?
Hades se volvió.
Alison estaba detrás de él, con los brazos cruzados y una expresión que oscilaba entre la diversión y el reproche.
Por un instante, todas las razones que había reunido para alejarse desaparecieron.
—Te estaba buscando —admitió.
Ella alzó una ceja.
—Vaya. Una respuesta directa. Debería marcar este día en el calendario.
Hades casi sonrió.
Casi.
Alison lo notó.
—¿Qué ocurre? —preguntó, perdiendo parte de su ironía—. Desde ayer pareces estar despidiéndote de mí sin decirlo.
La sonrisa que él había intentado contener desapareció por completo.
—No estoy despidiéndome.
—Entonces mírame y dime que no estás pensando en marcharte.
Hades sostuvo sus ojos.
Podía mentirle. Había mentido durante siglos sobre cosas mucho más importantes. Bastaba con decirle que todo estaba bien, que no tenía motivos para preocuparse.
Pero Alison tenía una forma insoportable de hacer que las mentiras le supieran a ceniza.
—Estoy pensando en lo que sería mejor para ti —respondió finalmente.
Ella soltó una risa breve, sin alegría.
—Qué conveniente.
—Alison…
—No. Escúchame tú esta vez. No te he pedido que resuelvas mi vida ni que decidas por mí. Ni siquiera te he pedido que me cuentes cada secreto que has guardado desde que naciste. Solo quiero saber si puedo confiar en ti.
Hades bajó la mirada durante un segundo.
—Puedes confiar en que jamás desearía hacerte daño.
—Eso no responde a mi pregunta.
—Es la única respuesta que puedo darte ahora.
Alison lo observó en silencio.
La decepción de su rostro fue mucho más dolorosa que cualquier insulto.
—¿Sabes qué es lo peor? —dijo al fin—. Que no creo que seas un hombre cruel. Si lo creyera, todo sería mucho más sencillo.
Él sintió que aquellas palabras se hundían en su pecho.
—No quiero que tengas miedo de mí.
—Entonces deja de comportarte como si yo debiera tenerlo.
Alison se apartó un mechón de cabello de la cara y miró hacia la calle. Durante unos segundos pareció debatirse entre marcharse y decir algo más.
Finalmente, eligió lo segundo.
—Cuando estoy contigo, siento que puedo ser yo misma. No tengo que fingir que soy más obediente, más delicada o más sensata de lo que soy. Puedo discutir contigo, burlarme de tu cara de funeral y decir lo que pienso sin que intentes corregirme.
—Nunca intentaría cambiarte.
—Pero estás intentando decidir por mí.
Hades no encontró una respuesta.
Porque ella tenía razón.
Y reconocerlo no hacía que el peligro desapareciera.
—No sabes nada de las cosas que me rodean —dijo él, con una gravedad que no había querido mostrar.
—Entonces explícame.
—No es tan sencillo.
—Siempre dices lo mismo.
Alison dio un paso hacia él. No parecía enfadada ahora. Parecía herida, y eso lo obligó a mirarla de frente.
—No necesito que seas perfecto, Hades. No necesito que tengas todas las respuestas. Pero si vas a acercarte a mí, no puedes tratarme como si fuera demasiado frágil para escuchar la verdad.
Él quiso decirle que no era fragilidad lo que temía.
Era el poder de los dioses. La crueldad de los inmortales. La facilidad con la que una vida humana podía ser borrada de la existencia.
Quiso decirle que el mundo que ella conocía era apenas una pequeña parte de algo mucho más antiguo y peligroso.
Pero las palabras se quedaron atrapadas en su garganta.
—Dame tiempo —pidió.
Alison lo estudió largamente.
—Te lo daré. Pero no confundas mi paciencia con permiso para mantenerme siempre a oscuras.
Después comenzó a caminar.
Hades la siguió con la mirada, convencido de que debía dejarla marchar.
Sin embargo, cuando ella llegó al extremo de la plaza, se detuvo.
—¿Vienes o no?
Él parpadeó.
—¿Adónde?
—A caminar. No pienso desperdiciar mi mañana discutiendo contigo y después volver a casa sin haber hecho nada interesante.
Por primera vez en toda la mañana, Hades sonrió de verdad.
—Eres imposible.
—Y tú eres desesperante. Supongo que estamos a mano.
Él la alcanzó.
No se tomó de su mano. No intentó acercarse más de lo necesario. Pero caminó a su lado, y Alison no le pidió que se marchara.
Era poco.
Y, sin embargo, para Hades, aquel pequeño gesto comenzó a parecerse peligrosamente a la esperanza.
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A varias calles de allí, Perséfone observaba la ciudad desde el interior de un carruaje detenido junto a una tienda.
Había visto a Hades y Alison conversar en la plaza. No había escuchado cada palabra, pero conocía lo suficiente a su esposo para reconocer su expresión cuando algo lo atormentaba.
Él estaba dividido.
Y Alison, sin comprender siquiera la magnitud de lo que estaba ocurriendo, había conseguido que el dios del inframundo dudara de una decisión.
Perséfone apretó los dedos alrededor del abanico que llevaba en la mano.
Durante siglos había soportado la distancia de Hades. Había aprendido a convivir con los silencios, con las ausencias y con aquel reino sombrío que parecía reclamar una parte de él que nunca le pertenecía por completo.
Pero nunca había tenido que contemplarlo mirar a otra persona de aquella manera.
No era deseo pasajero. Tampoco parecía una simple distracción mortal.
Era atención.
Era ternura.
Era algo que él rara vez le había ofrecido a ella sin que mediara una discusión, una obligación o un recuerdo de lo que alguna vez habían sido.
—¿Qué tiene ella? —susurró.
La pregunta la irritó incluso antes de terminar de formularla.
Alison no tenía linaje divino. No pertenecía a una familia poderosa. No poseía un don extraordinario ni llevaba consigo un símbolo que explicara la fascinación de Hades.
Era una muchacha mortal.
Una vida breve.
Una criatura que desaparecería con el paso del tiempo, como todas las demás.
Y, aun así, Hades parecía dispuesto a desafiar su propia prudencia por ella.
Perséfone cerró el abanico de golpe.
Si aquella mujer era simplemente una mortal, podía ser apartada de su camino. No necesitaba una guerra ni un enfrentamiento abierto. Bastaba con hacer que Hades comprendiera cuánto podía perder si continuaba acercándose a ella.
Pero una duda, pequeña y desagradable, se abrió paso entre sus pensamientos.
¿Y si alejar a Alison no era suficiente?
¿Y si Hades ya la había elegido en su corazón?
Perséfone apartó la cortina y ordenó al cochero que continuara.
Todavía no haría nada.
Primero necesitaba comprender qué clase de vínculo estaba naciendo entre ellos. Y, si descubría que Alison era la causa de aquella transformación, encontraría una manera de detenerla.
Aunque tuviera que mancharse las manos.
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La tarde cayó lentamente sobre la ciudad.
Hades y Alison terminaron en una pequeña librería situada en una calle tranquila. Ella había insistido en entrar después de ver un volumen antiguo expuesto en el escaparate.
—No entiendo cómo puedes pasar tanto tiempo en una plaza mirando el agua y tan poco en una librería —comentó mientras recorría los estantes.
—No sabía que debía cumplir con un horario de lectura para impresionarte.
—No tienes que impresionarme. Ya me basta con que intentes seguirme el ritmo.
Alison sacó un libro y hojeó sus páginas. Hades se acercó para mirar el título, pero se quedó observando sus manos.
Eran manos humanas. Delicadas, con pequeñas marcas en los dedos y una mancha de tinta cerca de la muñeca.
Manos que podían sostener un libro, abrir una puerta o tocar su rostro sin saber que estaban rozando algo que los mortales habían temido durante generaciones.
Manos que algún día envejecerían.
El pensamiento le produjo una punzada de angustia.
—¿Hades?
Él levantó la cabeza.
—¿Sí?
—Te has quedado mirando mi mano como si acabara de convertirse en una serpiente.
—Estaba pensando.
—Eso explica muchas cosas, pero no esa.
Él soltó una risa baja.
Alison sonrió, satisfecha por haber conseguido arrancarle una reacción, y volvió al libro. Sin embargo, después de unos segundos, su expresión cambió.
—¿Crees que las personas pueden encontrarse por una razón? —preguntó.
Hades se quedó inmóvil.
—¿Qué quieres decir?
Ella pasó una página sin mirarlo.
—No lo sé. A veces conoces a alguien y sientes que hay algo familiar en esa persona, aunque nunca la hayas visto antes. Como si una parte de ti la reconociera antes de que tu cabeza consiga entender por qué.
El aire pareció volverse más pesado.
Por un instante, Hades volvió a ver la sangre. El humo. Una mano extendida hacia él entre las sombras.
Y escuchó aquel grito.
El mismo grito que lo había despertado en mitad de la noche desde que conoció a Alison.
—¿Te ha ocurrido? —preguntó ella, levantando los ojos hacia él.
Hades tardó demasiado en responder.
—No lo sé.
Alison ladeó la cabeza.
—Esa es una respuesta extraña.
—Mi vida ha sido extraña durante mucho tiempo.
—Eso sí te lo creo.
Ella volvió a sonreír, pero la curiosidad no desapareció de su mirada.
Hades sintió el impulso de contarle todo. No el nombre de su reino ni los detalles de su poder, sino al menos una parte de la verdad: que había algo en ella que no lograba comprender, algo que despertaba recuerdos que no reconocía como propios.
Pero no podía explicarle lo que ni siquiera él entendía.
Así que hizo lo único que podía ofrecerle sin mentir por completo.
—Si alguna vez descubro por qué me siento así cuando estoy contigo, serás la primera en saberlo.
Alison lo observó con atención.
—Voy a recordar esa promesa.
—Lo imaginaba.
—Bien. Porque tengo una memoria excelente cuando alguien me debe una explicación.
Hades inclinó la cabeza, aceptando la amenaza con una solemnidad exagerada que la hizo reír.
Y por un breve momento, el mundo volvió a ser sencillo.
Solo eran dos personas en una librería, compartiendo una conversación que no necesitaba explicaciones divinas ni secretos antiguos.
Hades deseó quedarse allí para siempre.
Pero las cosas eternas rara vez se concedían sin exigir algo a cambio.
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Cuando acompañó a Alison hasta su casa, la noche ya había cubierto los tejados.
Ella se detuvo frente a la puerta y se volvió hacia él.
—Hoy has estado más callado de lo habitual.
—Estoy intentando aprender a no decir cosas equivocadas.
—Podrías empezar por decir más cosas verdaderas.
Él sonrió apenas.
—Lo intentaré.
Alison lo miró durante unos segundos, como si estuviera decidiendo si aquello era suficiente.
Finalmente, dio un paso hacia él y le acomodó el cuello del abrigo, que se había doblado durante el camino.
El gesto fue sencillo. Casi distraído.
Pero sus dedos rozaron la piel de su cuello, y Hades sintió que el corazón le golpeaba con una fuerza inesperada.
—Buenas noches, señor Cara de Funeral —susurró ella.
—Buenas noches, Alison.
Ella entró en la casa, pero antes de cerrar la puerta volvió a mirarlo.
—Y, Hades…
—¿Sí?
—No desaparezcas sin despedirte.
La puerta se cerró suavemente.
Él permaneció inmóvil frente a ella.
No podía prometerle que nunca se marcharía. No podía asegurarle que el mundo no acabaría reclamándolo de nuevo. Ni siquiera sabía cuánto tiempo podría permanecer lejos de su reino sin que los demás comenzaran a sospechar.
Pero sí sabía una cosa.
No quería que Alison se convirtiera en otra ausencia que tuviera que aprender a soportar.
Hades levantó la mirada hacia las estrellas.
Por primera vez en mucho tiempo, no pidió poder, venganza ni descanso.
Pidió tiempo.
Tiempo para comprender qué estaba ocurriendo. Tiempo para descubrir por qué aquella mortal despertaba en él emociones que creía enterradas. Tiempo para encontrar una manera de protegerla sin destruir aquello que apenas comenzaba a nacer entre ambos.
Muy lejos de allí, en un lugar que ningún mortal podía contemplar, una sombra se deslizó por las columnas de un palacio antiguo.
Y una voz femenina, fría como el mármol, pronunció su nombre.
—Hades.
El dios abrió los ojos.
Había llegado el momento de regresar.
Y, por primera vez, la idea de abandonar el mundo mortal le resultó más aterradora que cualquier amenaza del inframundo.